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Nacidos y criados

Mezcladito

Nacidos y criados

Por Vera Giaconi

¿Cuánto moldea la cuna, la tierra de la infancia, a la escritura? Irse o quedarse para escribir: esa es la cuestión. En Bariloche, exilio elegido por muchos, invitamos a algunas escritoras a reflexionar sobre estas interrogantes en torno al contexto y su influencia en el proceso creativo. 

Cuando tenía nueve meses, le pasaron el dato a mi viejo de que lo andaban buscando y se vino escapado a Buenos Aires, sin saber que huía de una dictadura para meterse en otra. Mi mamá lo siguió pocos días después. Eran dos chicos de veintipocos años, y decidieron que para resolver más rápido cuestiones como conseguir casa y trabajo, lo mejor era dejarme. Por un tiempo (la discusión sobre si fueron semanas o meses sigue dando coletazos), viví con mis abuelos maternos en Mercedes, el pueblito donde se había criado mamá y de donde se llevarían, poco después, a mi tío, que fue un preso político por más de seis años en la cárcel Libertad.



Cuando mi mamá volvió a buscarme, yo ya hablaba. Era una bebé parlante.



A veces me pasa, cuando estoy en una reunión, en un bar o en la calle, y veo a un bebé al que le calculo unos diez meses, con ese aspecto de muñecos que tienen antes de empezar a parecerse a personas en miniatura, y me los imagino hablando, diciendo palabras y frases, me parece terrorífico. Ningún chico debería hablar antes de que le crezca el pelo, de que se le deshinchen un poco las mejillas, de que pueda caminar y usar ropa como la de los adultos. Un bebé que habla da susto.



Y yo fui un pequeño monstruo, que se agarró del lenguaje antes de tiempo porque demasiado pronto necesitó decir con claridad alguna cosa. Qué cosa, no lo sé, aunque lo imagino. Lo que sí sé es que, desde entonces, mi relación con la palabra fue no sólo precoz, sino intensa y de una atención exagerada.



Al principio fue hablar, hablar y hablar. Está lleno de relatos donde lo que causa gracia, orgullo o perplejidad, es que yo hablara tanto. Y entonces empezaron a aparecer las cartas, es decir, la palabra escrita. Las cartas que llegaban de Uruguay y las que se mandaban al otro lado del río. Las que permitieron ir construyendo vínculos hechos de pequeñas informaciones y mucho amor con los que estaban lejos.



Aprendí a leer y a escribir con ansiedad. No quería dictar mis cartas a otro sino escribirlas yo misma, también quería leer cada frase que estaba dedicada a mí en las cartas que me tenían de destinataria y en las que recibían mis padres. Es que las cartas fueron para mí la primera forma de leer y de contar historias. Porque ¿quién dice la verdad en una carta, cuando la función que se espera que cumplan, al menos en aquella época y en ese contexto, es la de dejar a todos tranquilos, la de aliviar las tristezas de la distancia, la de construir un mundo y una vida que no se comparten pero que se desea compartir?



Las cartas eran cuentos con principios y finales felices, todas.



Pero cada una, además, si se leía con atención, mostraba el mundo verdadero de quien la había escrito, las preocupaciones reales que estaban detrás de la fachada de informativo optimista y la clase de vínculo que habríamos podido tener si hubiéramos vivido todos en el mismo tiempo y lugar.

Las de mi abuelo materno, por ejemplo, describían la rutina de un montón de animales que vivían en su ascensor (cuando al fin pudimos volver a Uruguay, descubrí sin rencor que vivía en un tercer piso por escalera). Las de mi abuela materna, que empezaba a sufrir de Alzheimer, eran retacitos de cariño en letra enrulada y fina, que se colaban en los márgenes de las largas parrafadas de su marido. Las de mi abuela paterna estaban llenas de preguntas por la escuela, la salud, y por la calidad de las bombachas, camisones o pañuelos que me había regalado en sus visitas. Las que les hacían escribir a mis primas tenían frases hechas que seguro les dictaba mi tía. Y las de mi tío preso describían paseos por la playa, asados y festejos que alguna vez podríamos compartir y siempre dedicaba un momento a repasar los cambios que había descubierto en las últimas fotos que le habían hecho llegar de mi hermano y de mí.

Si en un principio lo que me despertó al lenguaje fue un reflejo, una intuición de ese bebé-monstruo-parlante que necesitaba decir vaya uno a saber qué y por qué, lo que siguió fue deliberado. Porque la palabra escrita me resultó no sólo poderosa, sino casi mágica. Tiene aliados como la puntuación, que es su propia forma de respirar, no puede ser interrumpida ni alterada ni interpretada antes de tiempo, y a la vez puede ser completada con los deseos, intenciones o necesidades de quien lee, volviendo el diálogo más lento, sí, más complejo, pero también más intenso y profundo. Y cuando entendí esto, y pude ver cómo con papel y lápiz se podían construir realidades y personalidades, alimentar o raspar vínculos, abrir o romper un corazón, y en especial contar historias que perduran, quise conocer mejor y mejor a las palabras que lo hacen posible y quise aprender a usarlas.

Cuando empecé a escribir mis propias historias, ya sin un destinatario ni a la espera de meterlas en un sobre para hacerlas cruzar el río, encontré lo que me rescató de un dilema que no habría tenido solución: ¿de dónde soy? Extranjera en Uruguay por haberme criado en la Argentina, extranjera en la Argentina por haber nacido en Uruguay, la escritura fue mi territorio neutral. O mejor, fue y sigue siendo MI territorio. Un territorio escabroso, incómodo a veces, que me desborda o me llena de preocupaciones que no sé resolver, que me puede dejar muy sola o rodeada por las mejores compañías, confuso, pero el mío. Porque es el único lugar donde me hago preguntas sobre todo, pero no me hago demasiadas preguntas sobre mí.

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