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La inundación

Bitácora

La inundación

Por Selva Almada

Luego de cuatro días de actividades, el Festival se despidió con una lectura colectiva de textos escritos a partir de recorridos por diversos puntos de la ciudad de Santa Fe

El río fue engordando, dice, y yo me imagino a un animal cebado, a una bestia enojada o asustada hinchando el lomo.

A la mañana temprano, dice, empezó a escuchar las primeras noticias de la crecida por la radio. Empezó a llamarle la atención, dice, a preocuparlo.

Cuando clareó el agua tapaba la vereda de su casa, dice. Igual nada raro, siempre que llueve mucho pasa. Pero al rato ya estaba en la puerta, dice. Y al mediodía tapaba los dinteles. Y él, su madre y su hermana fueron echados de la casa por el agua.



Para la tardecita, todo bajo agua, agua por donde mires, agua hasta donde llega la vista. La inundación tragándose barrios enteros. La mayoría pobres, el chaperío flotando, los electrodomésticos flotando, las mascotas, los soretes. Algunos pocos asistiendo al espectáculo horrible desde las terrazas de cemento, lo único en pie y más o menos seco. Allí, entre tanta agua, quién diría que es una terraza. Más bien una vereda y gente sentada en sillas playeras, protegiendo las pocas cacharpas que pudieron rescatar. Porque a la noche y aun en la tragedia, los rateros acechan. Nunca mejor puesto el nombre: rateros, pobres en desgracia contra otros pobres en la misma desgracia. Noche cerrada y sin estrellas. La inundación, un espejo negro. El cielo otro espejo negro. La noche, un solo crespón.

Vi pasar caballos, vi pasar lavarropas, vi pasar una estufa, vi pasar un auto, vi pasar basura, vi pasar esos dos tanques que vos ves ahora ahí, enormísimos, los llevaba el agua tan tranquilamente como si fuesen, los tanques, apenas dos boyitas, dice. Y vi pasar un hombre muerto flotando, dice. No era un cristiano, era un chacho, mujer, dice el marido que lo vio todo junto con ella. No era un cristiano, repite para convencerla y convencerse, era un chancho. Era un hombre, lo porfía ella. Era un chancho, dice él, bajito, moviendo la cabeza.

Y en la cancha de Colón, esas rejas que ves al frente, dice, de ahí se agarró una mujer cuando se le dio vuelta el bote en plena noche. Venía la mujer con su bebé, dice, pero la corriente se lo arrancó al chico de los brazos y lo fueron a encontrar al otro día, dice. Ella, prendida de las rejas como se prenden los hinchas del tejido, toda la noche bramando, pobrecita.

Pienso, ahora cuando hay partido, entre el griterío y los cantos de la hinchada, ¿se colará de vez en cuando el llanto de la madre?

Gobiernos, dice; cuarenta años, dice; corrupción, dice; desvío de fondos, dice; el pobrerío expulsado a la periferia, dice; plan sistemático, dice; quedamos cada vez menos, dice; todos los martes damos vuelta a la plaza principal, dice, porque martes era cuando empezó la inundación. Rabia, dice; injusticia, dice; indemnizaciones miserables, muertos no declarados, la construcción de una pista de tc 2000 con la plata destinada a los inundados. Dice y no se cansa de decir y seguro que decirlo todo el tiempo es lo único que lo mantiene en pie.

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