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El agua como medio queer

Lecturas para empezar

El agua como medio queer

Por Julia Armfield

Una declaración de intenciones, una hoja de ruta, una convicción que busca seguidores, es un manifiesto. Puede ser de grandes causas y de pequeñas también. Cinco escritorxs hacen públicas sus luchas cotidianas.

*Traducción: Gabriela Adamo

Cuando me pidieron que escribiera un breve manifiesto que trate sobre alguna de mis pasiones, empecé a pensar en lo que aprendí mientras escribía mi última novela; también en temas y preocupaciones que inundan mi escritura en general y que fueron dando color a mi carrera de escritora. Pensando en eso, fue apareciendo un tema principal: la imagen recurrente de la mujer queer y el agua, el modo en el que el océano y la pileta insisten en aparecer en mi escritura, a la par de imágenes de mujeres queer ubicadas junto al mar, nadando, luchando, ahogándose, inmersas en un esfuerzo que las aleja o las acerca de la tierra.

Notando esta preocupación, empecé a buscar antecedentes: los textos en los que me inspiré y los relatos queer que se forman y re-forman en torno a este tipo de temas e imágenes, una y otra vez. Cuanto más pienso en esto, más lo veo: desde el paisaje costero del clásico Tipping the Velvet de Sarah Waters hasta el papel crucial de los cuerpos en el agua en películas como My Summer of Love. El motivo, me di cuenta enseguida, se abre paso en una serie de clásicos queer contemporáneos, desde los océanos y las piletas en la trilogía de Céline Sciamma hasta los barcos que surcan la superficie en las novelas Devotion, de Hannah Kent, y The Gracekeepers, de Kirsty Logan, y en el precioso y abrumador debut de Lauren Hadaway, The Novice. Es un tema que tal vez haya llegado a auto-perpetuarse: la sinonimia entre queerness y el agua como algo dado, una combinación que habla por sí misma. Pienso que es algo común, sobre todo cuando existimos dentro de una comunidad que tiene sus propias tradiciones literarias. La cuestión es que, en tanto lesbiana, seguro que absorbí una buena parte de esos relatos que yuxtaponen mujeres queer con agua y, por lo tanto, es bastante probable que yo también escriba sobre eso o que mi inspiración corra por esos caminos. Al fin y al cabo, desde Fire Island hasta la escritura de Joan Nestle y sus escenas de cruising junto al mar, las imágenes del agua forman una parte clave de nuestra herencia cultural y, hasta cierto punto, fluyen –a sabiendas– por mucho de lo que las escritoras queer contemporáneas elegimos decir.

Por esta razón, mi manifiesto será artístico y, en síntesis, dice lo siguiente: que el agua puede ser entendida como un medio ficcional fundamentalmente queer, un prisma a través del cual las figuras de las mujeres queer se pueden refractar y ser entendidas con más claridad.

Desde la perspectiva de la estructura narrativa, el océano puede darle su pulso a un relato. La banda de sonido de olas que rompen en Portrait of a Lady on Fire, de Sciamma, y en Ammonite, de Francis Lee, es parte del ritmo de esas películas y marca con la inevitabilidad de las mareas a sus romances centrales. Del mismo modo, en Dryland –la hosca y sublime novela de Sars Jaffe, que trata sobre la natación competitiva en escuelas secundarias–, el nado relajado de Julie, la protagonista, marca un ritmo contra el cual resaltan el flirteo, el enamoramiento y el no-salir-del-closet con los que parece luchar el núcleo de la historia. Mientras tanto, en la película The Novice –que trata sobre remo competitivo en la universidad–, los movimientos obsesivos de Isabelle Fuhrman le otorgan un ritmo doloroso, como de martillazos; un pulso destructivo en el que la relación principal de la película –una relación queer– finalmente se hunde. En ambos casos, la sensación es tanto la de un impulso que empuja inevitablemente hacia adelante como la de una idea generalizada de lucha; la idea de arrojarse de cabeza en algo o a través de algo, ya se trate de remar en un bote o lanzarse al mar. Pienso que es una imagen muy interesante para invocar una y otra vez si se la superpone específicamente con personajes queer, porque habla de la cuestión, no necesariamente de lucha, pero sí del esfuerzo requerido para abrirse camino, de la idea de remar o nadar en contra de lo que pueden estar esperando o deseando de ti. En sintonía con esta idea, hay otra película dirigida por Celine Sicamma, llamada Water Lilies, que trata de chicas adolescentes y nado sincronizado. Despliega esta idea del esfuerzo de una forma fascinante, presentándole a la audiencia las imágenes contradictorias de la femineidad rígida del nado sincronizado, tal como se ve en la superficie, versus la actividad furiosa que se requiere por debajo para mantenerla. Entonces, otra vez esta sensación de esfuerzo: la energía que hace falta para mantener una fachada de mujer aceptable, pero también una idea de dualidad, de ser una cosa y otra, un disfraz aceptado y algo más, que creo interpela una parte tan central de la experiencia queer.

Esta idea de que te conocen y a la vez no te conocen aparece con fuerza a través de las invocaciones ficcionales del agua y de los paisajes acuosos; creo que, a menudo, en la ficción queer el agua aparece como una especie de conducto hacia un yo más auténtico. En los primeros tramos de Ammonite, por ejemplo, cuando el personaje de Saoirse Ronan es arrojado al Atlántico helado como una cura y ella se enferma gravemente, pareciera que el agua actuó como algo terrible; pero más tarde queda a la vista que este comienzo húmedo resultó ser el camino hacia algún tipo de despertar, porque la pone directamente en el camino de la mujer de la que se enamorará. La segunda vez que vemos al mismo personaje entrando al mar, está irreconocible: podemos decir que es una versión más auténtica de sí misma. Del mismo modo, en Dryland el agua es un lugar en el que July, la protagonista que está a punto de aceptar su sexualidad, toma conciencia de una verdad cada vez más evidente. En The Gloaming, de Kirsty Logan, y en About a Girl, de Sarah McCarry, las piletas y el océano también funcionan como una especie de bautismo: cuerpos de agua a los que hay que ingresar o que deben ser atravesados para que las protagonistas puedan convertirse más plenamente en ellas mismas. Visto desde este ángulo, tiene sentido que tantos de lo que pueden ser considerados relatos de formación lesbiana –desde las novelas de Sarah Waters hasta la espantosa serie televisiva inglesa Sugar Rush (que todas nosotras miramos a mediados de la década del 2000)– transcurran al borde del océano, en la costa. Construyen la idea de que hay una verdad fundamental sobre una misma que, tal vez, está ahí nomás, chocando suavemente contra tus pies.

Esta sensación de posibilidad es especialmente fuerte en Portrait of a Lady on Fire, de Sciamma, una película en la que dos mujeres se enamoran mientras el océano las rodea por todos lados. Casi la primera imagen que tenemos de la artista Marianne, interpretada por Noémie Merlant, es cuando ella se arroja del bote de remo para rescatar sus telas de las aguas. Llega a una costa desconocida, destinada a conocer a la luminosa Héloise, interpretada por Adele Haenel, que es el sujeto de su misión secreta. Lo que sigue es un romance en el que Marianne y Heloise son tanto una cosa como la otra: mujeres de su época y mujeres enamoradas, con Marianne haciéndose pasar por acompañante y pintando a Heloise en sereto, siempre rodeadas de agua. Es un océano que representa tanto la belleza como el peligro, la fachada de la superficie y el caos del amor que está debajo. Heloise juega con la noción del agua; en un momento, corre hacia el borde del acantilado pero se detiene justo a tiempo. “Soñé años con hacer esto”, dice. “¿Morir?”, pregunta Marianne, y Heloise responde, “Correr”. Es una escena que recordaremos más tarde, cuando Heloise finalmente decide entrar al océano y dejar que Marianne la mire mientras intenta descifrar si sabe o no nadar. Aquí, el océano vuelve a ser una presencia constante, algo con lo que se juega todo el tiempo, a lo que se teme, se acepta, de lo que se aleja, igual que la relación entre las dos mujeres y la conciencia más general del deseo queer. Pienso que este tema surge muchas veces en producciones del estilo: el agua como una especie de amenaza o promesa, la idea de eso que se sabe sobre una misma, sobre sus propias profundidades, y el punto hasta el cual puede o no aceptarlo.

Mientras escribía Our Wives Under the Sea, creo que –de manera inconsciente o no– tenía registro de todo esto: la idea de lo que sabes y lo que no sabes, la idea del esfuerzo y del trabajo y de la inmersión en búsqueda de un yo más auténtico. Me interesaba especialmente el agua en tanto espacio liminal, un lugar en el que se podía ser una cosa y otra. Me sentí muy inspirada por The Shipping News, de Annie Proulx –una novela que se ocupa al menos un poco de lo queer femenino–, y por la imagen convocada en ese texto de un fenómeno llamado “sea lung”, algo así como “pulmón del mar”. Se trata de un suceso natural, semi-mítico, en el que la temperatura del océano cae con tanta rapidez que el agua arrojada a la superficie se congela y forma una especie de plataformas flotantes, es decir, el agua es al mismo tiempo sólida y no sólida. Usé esa imagen en mi novela; hice que mis personajes vieran un “pulmón de mar”, porque me pareció que hablaba con mucha elocuencia del sentido poroso de la existencia queer, del modo en el que nosotras, en tanto mujeres queer, debemos ser cosas distintas para personas distintas: nuestras parejas, nuestros padres, el mundo entero. En mi novela, un personaje mira el “pulmón de mar” y dice: “Apreté mi mano libre contra mi pecho y me pregunté qué tan sólido podría ser eso, qué tan concreta podía ser, de verdad, cualquier parte de mí. Allí, al borde, pude sentirlo. El frío del aire, ansiando convertirse en otra cosa”.
Repasando esa imagen hoy, creo (o espero) que también sirva para ilustrar la pluralidad de la experiencia queer, la forma en que una identidad, en tanto lesbiana, se puede refractar. Esto, creo, es lo que me llevo luego de pensar sobre la idea de las mujeres queer y el agua: los principios combinados de complejidad, secretismo y oportunidad que representan. En The Shipping News, cuando el agua no está congelada, se la describe como una puerta que se abre y se cierra, la idea de algo esperanzador, de algo que quiere dejarte entrar. Esta idea, me parece, se complementa con la escritura de Joan Nestle sobre el cruising de lesbianas junto al océano. Con esto en mente, quisiera terminar con un pasaje que, para mí, transmite los ideales de los que estuve hablando: el sentido del amor y la posibilidad, de libertad y deseo, siempre rodeados de agua: 

“Sabía que al final de aquella hegemonía residencial estaba el océano, al que amaba arrojarme, que se volvía de color púrpura al final de la tarde, que me hacía sentir limpia y joven y fuerte, lista para una noche de amor, mi piel viva de sal, suficientemente limpia para la lengua de mi amante, mi cuerpo preparado para darle a ella toda la plenitud que había recibido del mar”.

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