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Que los hay, los hay

Recorrido literario

Que los hay, los hay

Por Diana Beláustegui, Casilda Chazarreta, Mariano Quirós, Juan Sasturain

Cuando un mito o una creencia se transforma en leyenda, aparece el relato. Lo inexplicable y sobrenatural puede encarnar en la forma de personajes monstruosos. En este recorrido, un reencuentro con el terror y el misterio en la voz de cuatro escritores. Vale decir, que terminamos todxs cantando en la oscuridad del monte, la chacarera de la Telesita. 


El señor del monte – Mariano Quirós (Sachayoj)

Vinimos a Buenos Aires escapando del señor del monte. La vida en el pueblo se nos había vuelto insoportable. La gente decía cosas, nos miraba cada vez más raro, y con Lucre a punto de parir no nos hacía gracia la idea del mal de ojo.

    Años buscando un hijo y, ahora que llegaba el momento, no podíamos disfrutarlo.

A Lucre nunca le habían gustado ni la ciudad ni el carácter de los porteños. “Por Dios —decía—: no paran de hablar”. Pero se sentía culpable y no puso reparos cuando le hablé de mudanza.

—Lo que te parezca mejor —me dijo, con el mismo gesto ensimismado que arrastraba desde hacía meses. Desde su encuentro con el hombre del monte, para decirlo con propiedad.

A mí tampoco me gustaba Buenos Aires, pero no tanto por los porteños como por el ritmo que la ciudad impone. Acostumbrado a las distancias pueblerinas, a los tiempos muertos que permiten una contemplación, por así decirlo, más profunda, más concentrada, del paisaje, me vi de pronto abrumado. La urgencia, el escándalo permanente, la mezcla de malos olores... 

Estuve a punto de echarme atrás, de hablar con Lucre y decirle que había sido un error, que mucho más prefería hacerle frente a una criatura del monte y a lo que dijeran los vecinos, que a una ciudad de comportamiento tan inestable. Pero creo que, finalmente, me adapté. O algo por el estilo.
Gracias a un conocido de Lucre —conocido de su padre, en realidad— conseguí que me asignaran suplencias en tres colegios secundarios. Daba clases de Lengua y Literatura y muy pronto entendí que los alumnos odiarían cualquier cosa que les propusiera. Cualquier actividad, cualquier lectura, la entendían como meras interrupciones a sus rutinas, marcadas por asuntos que me resultaban inaccesibles.

Más de una vez cometí la ingenuidad de prohibirles, por ejemplo, el uso del celular. Que levantaran la vista, les decía, que la vida ofrece mucho más que alienación. Así, en vez de optar por la sana indiferencia, no hice más que ganarme el desprecio de cada uno. Lo entendí —o lo terminé de entender— el día que alguien, uno de ellos, tal vez una de ellas, se robó mi propio celular.

—Por favor —les dije, una vez que acusé el impacto por la ausencia del aparatejo en el bolsillo de mi saco—, por favor, si alguno sabe dónde está mi celular, que me avise.

Como respuesta obtuve, en principio, un profundo silencio; pero al cabo de unos segundos pude ver alguna que otra sonrisa socarrona y no pasó mucho que Lili —una gordita de lo más charlatana— empezó a decir que bueno, que tal vez ahora yo aprendería a no meterme donde no me llamaban.

Pasé por alto semejante insolencia por la preocupación que me causaba Lucre, sola en casa y sin poder avisarme cualquier contingencia.
Después de analizarlo a fondo, decidimos con Lucre que apenas cobrara mi primer sueldo compraría un nuevo teléfono. No quise armar escándalo en el colegio, que un posible revuelo acabara complicando mi situación laboral.

El asunto era Lucre, que con el embarazo en su tramo final no levantaba cabeza. Cada vez que se lo preguntaba, me decía que no, que su ánimo era el mejor y que no había problema alguno. Pero bastaba que me distrajera, que me apartara apenas, para que se sumergiera en un silencio alarmante. Se sostenía la panza, cada vez más enorme y oronda, y clavaba la vista en el techo o en algún punto perdido en la pared. También era evidente el descuido en el aseo, el repentino desinterés por la vestimenta.

Le compré flores, un ramito de fresias. Lo miró con desdén, le costó encontrar fuerzas para sonreírme.

—Están preciosas —dijo, pero noté el hastío en el tono de voz, las ganas de tenerme lejos.

A la mañana siguiente, antes de salir rumbo al colegio, encontré el ramo sobre la mesada de la cocina, aplastado por una bolsa de papas.

Temí que la estela maliciosa del señor del monte nos hubiera seguido hasta Buenos Aires.
A los alumnos, de pronto, les caía bien. Les gustó que no hiciera denuncias por el tema del celular. Ahora me buscaban charla, se reían de mi pacatería, alguno —Roger, un evidente vándalo que usaba buzos con capucha— se atrevió a darme consejos. Qué lugares de la ciudad visitar, en qué barrios había que cuidarse. 

—Yo te puedo conseguir un arma —me dijo. 

Me costó convencerlo de que no me hacía falta, que prefería que me roben, incluso que me dieran una paliza, antes que usar un arma.

Una tarde de aquellas, al final de una clase, Roger y otros cuatro me invitaron a tomar una cerveza. Por supuesto, les dije que no, que yo era su profesor, no su amigo. Entonces se sumaron Lili, la gordita charlatana, y Blanca Morales, quizá la chica más hermosa de aquel curso, una trigueña que obligaba a mirar el suelo cuando la tenías enfrente. Que los acompañara, me pidió Blanca, que era nomás cosa de unos minutos, como mucho una hora, que así podríamos afianzar la relación alumnos-profesor. 

No lo dijo en esos términos, desde luego; usó esa jerga tan traída de los pelos en la que se manejaban ellos. Lo bueno, lo que sentí como un dato positivo, fue que entendí casi todo.
Aun con la certeza de que cometía un error, acabé por aceptar el convite. Nos instalamos ahí nomás, a una cuadra del colegio, en un barsucho de mala muerte, lleno de malas caras y olor a cucaracha. Como adentro no había mesas ni sillas disponibles, nos acomodamos, de pie, junto a un gran ventanal, sobre la vereda. En la escasa distancia que había entre el kiosco y el colegio, ya podía apreciarse el deterioro en el paisaje; viviendas que no eran más que entramados de chapa y ladrillo a la vista, cúmulos de barro, un cableado excesivo y a todas luces clandestino.

Roger y Melgar —otro de los vándalos que tenía por alumno— aparecieron con dos botellas de cerveza y me apartaron de mi observación. Bebimos directamente del pico.

El cansancio y la tensión de las últimas semanas se me fueron aflojando entre trago y trago. Me permití un par de chistes bastante subidos de tono, que fueron celebrados por mis alumnos —aunque la charlatana Lili se ocupó de aclararme que ahí, en ese lugar, ellos no eran mis alumnos— acaso con entusiasmo desmedido.

Íbamos por la botella número ocho —las conté bien, al menos hasta donde pude— cuando Blanca me tomó de un brazo y, con delicadeza y cierto disimulo, me apartó unos metros del resto.

—Te gusta Buenos Aires —me preguntó.

Me puse nervioso, de pronto sentía calor, y contesté con balbuceos. Primero dije que sí, que era una ciudad hermosa, pero de inmediato me puse hablar del caos urbano, de contaminación ambiental, del peligro en las calles, cosas en las que no creía del todo.

Blanca me contestó con una sonrisa y me rozó una mano con sus dedos suaves. Fue apenas eso, un roce, que alcanzó para que un cosquilleo me recorriera la columna de arriba abajo, ida y vuelta.

—Tenés que tranquilzarte —dijo después, la voz melosa y un poco juguetona—: si está todo bien.

Miré la hora en mi reloj: las siete de la tarde. A esa hora yo debería estar llegando a casa. Pero entonces apareció Roger, aunque ya no con cerveza.

—¿Te animás con una jarra loca? —me preguntó.
Fue al segundo sorbo —porque me prometí que no serían tragos, sino apenas sorbos— que empecé hablar del señor del monte. Roger no había querido decirme en qué consistía su “jarra loca”, pero por el color y el aroma le adiviné algún vino de mala calidad rebajado con jugos y aumentado vaya uno a saber con qué.

—El chiste es tomar —dijo Roger—: lo que hay adentro no importa.

El asunto es que, fuese lo que fuese aquello que acompañaba al vino, le daba un sabor tramposo. Demasiado dulce, más bien grotesco. Tuve, en principio, muchas ganas de dormir, de echarme aunque más no sea una cabeceadita. Hasta me vino la ocurrencia de pedirle a alguno —a Roger, a Blanca, a cualquiera— que me hiciera una guardia mínima mientras me daba ese gusto.

Pero bastó que Blanca me preguntara por qué, si la pasaba tan mal en Buenos Aires, me había instalado en la ciudad. Fue entonces, antes de empezar hablar, que me eché el segundo sorbo. Y después le conté, a ella y a los otros, sobre el señor del monte. Le dicen Sacháyoj, dije, y no es estrictamente un hombre: es más bien una criatura, una mezcla de hombre —pero de un hombre borracho— con zorro. Un engendro que camina sobre sus dos patas traseras. Y se decía en el pueblo que este tal Sacháyoj se estaba comiendo el ganado. Que habían aparecido unos cuantos terneros destrozados en los campos. En algún momento alguien habló de ajustes de cuentas entre estancieros, pero al cabo fueron apareciendo testigos que decían haber visto al Sacháyoj en los alrededores. Tanto así que se armaron patrullas de paisanos que andaban al acecho, detrás del señor del monte. 

Les conté, además, de Lucre. Que salía todas las tardes a caminar por el parque que cruza el pueblo. Un parque precioso, espeso, cubierto de árboles. Se escucha estridente el canto de los pájaros; un poco más suave, allá abajo, el andar del río. Y en las tardes de verano, el alarido de las chicharras. Que quizá fueron aquellos ruidos, dije, los que camuflaron los gritos de Lucre. Al menos eso había dicho ella: que gritó. Después vinieron las noches sin dormir, la mirada perdida, las pocas ganas de ver gente. Y por último el embarazo.

Una carcajada de la gorda Lili cortó mi relato. Miré la hora: casi eran las diez de la noche. Me pasé una mano por la cara, como para despabilarme, y sin decir adiós emprendí el regreso a casa.   
Llegué justo a tiempo para el último subte. Agradecí el andén semivacío, que no hubiera nadie para verme en ese estado. Me recosté en la pared y desde allí fui siguiendo con la mirada el camino de las vías, cómo se perdían en el boquete que escupe los trenes. Fue cosa de un segundo, quizá menos, un simple ramalazo de luz, pero cuando alcé la vista de las vías me topé de frente con la cara enloquecida del Sacháyoj.

No hay manera, me dije, de escapar de criatura semejante.

Pensé en Lucre y en el futuro que se nos venía encima. La ciudad, un hijo... Era imprescindible que comprara urgente un celular.

Conversación en la Catedral - MULE. Por Juan Sasturain 

Atardece en gris y amarillo sucio. Las sombras borronean la plaza central de la vieja Santiago, repentinamente desierta. La tormenta acaso mentirosa y el viento incipiente que levanta el polvo, tierra cálida acumulada por meses de sequía, empujan a la gente a sus casas, van vaciando las calles. Corridas. Estrépito de puertas y ventanas de madera dura colgadas de perezosas bisagras. El cable del pararrayos golpea el costado de la torre de la catedral, hace girar y gemir la veleta oxidada.   

El joven padre Camilo, parado en lo alto de la escalinata del templo, respira hondo y parpadea. Tras las últimas y monótonas confesiones del día, ha salido a tomar aire, respirar cualquier otra cosa que no sea el olor a trapo viejo, flores marchitas, pecados rancios y sebo derretido. Pero dura poco afuera. Una racha de viento y tierra primero lo obliga a cubrirse los ojos y después lo devuelve al interior de la iglesia. Es hora de cerrar.

Adentro, el atardecer apenas llega a colorear los vitrales; las pocas velas encendidas y vacilantes recortan las inclinadas figuras dispersas en las primeras filas de bancos, raleada congregación de media docena de viejas viudas y vírgenes rezadoras que recita su novena. 

De pronto hay un guiño celeste de repentina claridad, suena un trueno bajo abordonado y su rumor se confunde con el ruido carrasposo del roce de la pesada puerta sobre las gastadas baldosas en damero. El joven padre Camilo empuja con el hombro y con no confesado fastidio. Y ya cierra la puerta y el día, cuando percibe cierta resistencia.

Un pie.

Una vieja. Una vieja más.

-Perdone, padre. Tengo que hablar con usted.

Una voz opaca, sin matices.

-¿Se quiere confesar?

-Soy la tía de Rita.

El joven padre Camilo queda rígido. Abre apenas un poquito más y ahí le ve la media cara arrugada bajo el pañuelo negro.

-¿Qué quiere?

La vieja se asoma del todo, los ojos negros hundidos y sin pupilas, desmesuradamente abiertos. Cuando abre la boca tiene otra voz, habla desde otro lado:

-Rita volvió.
Poco más de un año atrás, en ese mismo confesionario de madera oscura y pudorosa que está ahí, el cura Camilo y la pequeña Rita, la novia del conscripto que se iba a casar cuando la demorada baja, se habían tocado por primera vez. Apenas los dedos; apenas las yemas de los dedos sobre la cara mojada de lágrimas tras la inevitable, increíble mutua confesión. Después hubo otras manos, otros labios, otros vértigos clandestinos de sotana rasgada y botones arrancados, ojales sin sentido, promesas sin sentido, pesares a plazo fijo, amenazas y un feroz aborto en extramuros. Después, el tren y la nada. Tierra y más tierra interesada sobre asunto. Sin embargo, las fisuras inevitables, las noticias equívocas, la leyenda y el rumor corrosivo como la tormenta inevitable.

Y ahora esto. Ahora esa vieja ahí, con la novedad impertinente. Con la autoridad y la certeza:

-Rita volvió y usté, sucio curita, tiene que hacer algo. Si no, quién.

El insulto, dejado caer como al descuido, no lo toca: 

-No entiendo.

-Va a entender.

Entran –la vieja lo hace entrar, en realidad- y se sientan a un costado del banco final, donde hay más sombra en las sombras.

-Es así, pobrecita: tardó, pero ya empezó a aparecer. Y está muy furiosa, curita. Hay quien la vio en el camino del monte, la semana pasada y con luna: plantada arriba de una peña, se paró de patas antes de cruzarse al galope haciendo sonar las cadenas. Un fuego en los ojos, y tan bonita igual, dijo el tropero Arias, que ni se animó a acercarse. 

-Pero…

-Nada: qué iba a hacer Arias con el mero rebenque y el chucho que tenía. Ni un cuchillo a la cintura, pa tusarle las crines. Resoplaba, dice; echaba un aliento de azufre por las narices, curita, y dejó el pasto quemado, la marca en la piedra dejó, dice, cuenta…

-¿De qué habla?

Lo sabe pero pregunta igual. Necesita oírlo:

-La mulánima, curita. Estaba escrito.

Suena un nuevo trueno y los ojos y el dedo de la vieja lo buscan, lo siguen en el aire cargado de electricidad de la iglesia.

-Viene para acá. Esta noche viene para acá.

El vello se eriza bajo la liviana sotana del padre Camilo.

-Y yo sé todo, curita. El soldadito murió en el sur y sin mojar. Quedás vos. A vos te abrió las piernas, pobrecita. Pobrecita la Rita, sin confesión.

-Vayasé.

-Preparate.

-Vayasé, vieja bruja.

-Yo me voy pero ella viene: te va a quemar, sucio curita.
Ni siquiera oye el ruido de la puerta. Ni siquiera advierte el final del monótono riego de las oraciones, el saludo quedo de las dueñas del santo rosario en retirada por la puerta lateral.

Atraviesa la sacristía como una sombra, se mete en su cuarto y cierra la puerta. Trata de rezar pero se acuerda de las tetas de la Rita. La Rita tendida boca abajo en esa misma cama. Se agarra la cabeza, manotea el rosario como un náufrago. El viejo párroco –postrado por la gota- lo tiene que llamar tres veces, golpearle la pared desde el dormitorio contiguo para que le alcance las pastillas y un vaso de agua.

Casi la derrama, del temblor.

-¿Qué te pasa, Camilo? ¿Viste al Malo?

Agita la cabeza, se apoya en el marco de la puerta, quiere ir a encerrarse ya.

-¿Necesita algo más, padre?

-Llamó el doctor Ibarra, de parte de la mujer del viejo Chávez. El viejo no pasa de esta noche y yo le prometí la extremaunción. No me puedo mover. Andá vos, por favor. Agarrá la bicicleta, ¿sabés dónde es?

Sabe, claro que sabe: detrás de la cancha de fútbol, donde empieza el monte.

Un nuevo trueno hace vacilar la luz de la lamparita sobre la cabeza calva del párroco sentado en la cama estrecha.

-Qué noche se nos viene –dice espiando por la ventana-. Andate ahora antes de que se largue… No vaya a ser que se nos muera el viejo. En la valijita tenés todo.

El joven padre Camilo está blanco como la pared pintada a la cal, se pasa la manga por la cara transpirada.

-Ché, ¿vos estás bien?

Sale de la habitación como puede, tropezando con nada y sin contestar.
Recoge todo lo necesario, se pone la gorra y la campera sobre la sotana, se cuelga el rosario de cuentas del cuello murmurando una jaculatoria, sale al patio trasero ya a oscuras, sin atreverse a mirar el cielo encapotado y, antes de subirse a la bicicleta -una Raleig inglesa negra y sólida, de mujer, con farolito a dínamo y canasta delante del manubrio rígido en la que apoya la valijita- duda un momento.

Entonces vuelve sobre sus pasos y entra a la cocina. Abre el cajón de los pocos cubiertos y elige un cuchillo, el de cabo de asta de ciervo con vaina de cuero y, abriendo la sotana, se lo mete en la cintura. 
Con las primeras gotas y entre relámpagos arranca titubeando, comienza a pedalear. Pero no irá muy lejos. Apenas está llegando a la esquina cuando el rayo que recoge la torre de la catedral revienta y corre entre chispazos por la pared hasta clavarse en la tierra a pocos metros. Un humito gris, un olor acre.

Desde el suelo –nunca sabrá cómo terminó ahí- mientras la rueda de la bicicleta caída a su lado gira hasta detenerse y el farolito ilumina el telón de agua contra las sombras, el sucio curita tiene la mirada clavada en su propio puño, lejos del rosario, crispado sobre el cuchillo desenvainado.

Arriba, algo –acaso la veleta- gime y se queja en el viento.

LA CREACIÓN. Por Diana Beláustegui

Era indispensable hacer las ofrendas para atraer al demonio, caso contrario el baño sería solo un baño y los ajustes realizados… al puro pedo. 

La bañera estaba cubierta de tierra de cementerio. 

Las paredes manchadas con sangre de cabra y las velas rojas ubicadas en lugares estratégicos le daban al ambiente un aura de película gore clase B. El habitáculo parecía un mal chiste y no el acondicionamiento necesario para crear una salamanca en el muy elegante departamento de un séptimo piso en pleno centro de la ciudad.

El monte era casi inexistente y había que tener ingenio para crear el nicho adecuado que albergue la deidad indicada.

A ellos no les importaba la blancura de los ángeles sino la belleza de la podredumbre en su estado más corrupto.

El terror del caos había quedado dormido en el escepticismo de lo urbano y como nietos de brujas, era su deber casi atávico, recobrarlo y resucitarlo.

Sus tres primogénitos dormían en una de las habitaciones, la tierra de la bañera debía ser nutrida con la sangre de los infantes.

La danza del horror comenzó a las 3 de la madrugada cuando las cuerdas vocales se negaron a emitir cualquier sonido que pudiera delatar el nacimiento del engendro a partir del desmembramiento de los niños.

Los sujetos A, B y C se dirigieron a la habitación.

A tenía el hacha en las manos y cuando la levantó para tomar impulso dudó dos segundos, sujeto B le dio un codazo, sujeto C suspiró impaciente.

-Pegale fuerte para que no le duela –susurraron desde atrás y los tres giraron tan rápido que el hacha describió una maniobra confusa y se clavó en el cuerpo de B mientras C chillaba orinándose encima.

Sujeto A ni siquiera intentó sacar el hacha de la carne equivocada, las manos le temblaban ante la presencia de la hembra que los miraba desde la puerta.

La mujer medía aproximadamente dos metros, estaba desnuda, sucia y el hedor que se alzaba les recordaba que estaban haciendo cosas para las que tal vez no estaban preparados. La hembra olía a muerte y era un olor que les evocaba imágenes de sus propios cuerpos en avanzado estado de descomposición.

Ella le guiñó un ojo al sujeto A mientras B se desangraba en el piso y C seguía descargando la vejiga como si ésta hubiese contenido 4 litros de meados.

El cabello negro y enmarañado le llegaba hasta las rodillas y cuando sonreía mostraba dientecitos amarillentos que se movían inquietos como si fuesen parásitos enamorados de sus encías.

La hembra levantó los brazos orgullosa y sentenció.

-y dije sea la oscuridad y fue la oscuridad. Y vi que la oscuridad era buena para procrear.

Las luces se apagaran tras un parpadeo de duda y quedaron abandonados al infierno mientras escuchaban ruidos acuosos y pasitos que corrían alrededor, rozándoles las piernas, clavando garritas en los talones.

¿Cómo te explico el horror que se puede sentir en las tripas cuando la oscuridad te oculta lo que te roza y quiere comerte?

¿Cómo te explico el terror en la incertidumbre?

-Dale que tengo hambre, dale que me debes un sacrificio –le susurran en el oído al sujeto A y siente cuando los dientes de la hembra le hace cosquillas en la piel, no se anima a retroceder por temor a pisar las crías de la mujer que imagina que son los que corretean por todos lados llenando el habitáculo de risitas histéricas. 

Sujeto C aun se orina en un rincón de la pieza y siente que los riñones se exprimen en una agonía dolorosa. En la oscuridad no logra ver que el líquido pasó de ser amarillo a naranja oscuro.

Sujeto B ya no respira.

Sujeto A tantea el aire, quiere encontrar la cama donde duermen los 3 primogénitos para terminar con el trabajo y que la salamanca pueda quedar establecida para que otros se animen a invocarla porque él ya ha tenido demasiado y se quiere ir a rezar un padrenuestro donde haya dioses machos más empáticos y piadosos.

-Dale, dale que tengo hambre –le insiste y siente cuando le escupe en el cuello y la saliva se convierten en miles de patitas que se cuelan por el cabello y comienzan a hacerle nido en la cabeza. 

La escucha respirar, está tan cerca que la piel puede percibir el frío que desprende el otro cuerpo.

Quiere recuperar la movilidad de sus músculos pero están atenazados ante el horror de su presencia.

Hay ruiditos de líquido cayendo, de quiebres. Evisceraciones. Mentalmente imagina las tripas resbalando y los huesos siendo separados a través de sus articulaciones.

El habitáculo huele a sangre y la escucha masticar.

¿Qué mastica? ¿Qué come? ¿Logrará saciar su hambre? ¿Existe alguna posibilidad de salir vivo?

Las luces se prenden y está ella frente a él, tiene un bracito pequeño en una bandeja plateada y se lo ofrece.

-Ahora esta es mi casa y vos mi invitado, te toca comer primero, después sigo yo –le dice mientras se limpia la boca llena de sangre con la palma de la mano.

Le planta la bandeja bajo la nariz y lo obliga con la mirada, la mujer tiene el horror en cada gesto y se puede adivinar el infierno en el iris de esos ojos muertos.

Sujeto A toma el bracito que aun tiene pedazos de tela de la remerita que supo tener y el primer bocado le produce un dolor punzante en su propio brazo, grita y ella aprovecha para obligarlo a comer más, morder más, la agonía de las mordidas, de la carne lacerada, del hambre que no cesa, de la glotonería que se abre paso y lo lleva a un punto insano de placer ante el dolor.

Grita, come, llora, traga, se atraganta he ahí el sacrificio de sangre que el demonio necesitaba para parir los invitados a la salamanca, la mujer se pone en cuclillas y puja, de sus entrañas salen víboras, sapos, escuerzos, arañas. La vida, hermosa y salvaje salta, fluye, se arrastra y corre.

Utiliza la sangre del hombre que se come como ablución divina.

Lo deja en un rincón para que se siga nutriendo de su propio cuerpo.

Los niños se quejan, están por despertar. La hembra, uno a uno, los alza y los deposita en el corredor, a la salida del departamento maldito.

Mira de reojo al sujeto A que lame sus propias falanges.

Se va hacia la bañera cubierta de tierra y se recuesta a descansar, un enano está sentado sobre un escuerzo y fabrica un instrumento. Sonríe satisfecha. Hay escenas que de tan hermosas deberían ser santas. 

El departamento 104 del séptimo piso permanece aun sin habitar, la gente no se anima a comprarlo, alquilarlo, mirarlo, rozarlo y eso que durante las noches, a partir de las 3 de la madrugada, los violines y los tambores suenan produciendo acordes que hipnotizan, enamoran, enloquecen. 

La Telesita, por Casilda Chazarreta 

La Telesita había sido hija única de padres muy ricos. Murieron los dos y como la niña era inocente, ella empezó a dar todo, todo lo que tenía. Las prendas de oro, de plata, la hacienda que ella tenía de la que buscaran, todo se le fue. Y empezó a cantar y bailar. Por ahí le entró. No quedó bien de la cabeza cuando murieron los padres y se fue al monte. A veces llegaba a las casas y le daban de comer. La Telesita era como adivina. Cuando decían en tal parte va a haber un baile, ella ya lo sabía y allá se iba. En las trincheras, como llaman en los pagos lo que rodea el patio para las fiestas, ahí en esa basura que se amontonaba, ahí amanecía la Telesita. Todo el mundo le tenía lástima. Cuando terminaba el baile ya salía cantando esa chacarera que cantaba. Y siempre estaba en los montes. Murió quemada, ardida. Se arrimó a un tronco que había estado quemando porque le hacía frío. Se acostó allí y el fuego siguió marchando y se quemó todo. La recogió una señora que era vecina de nosotros, Doña Fernanda Escobar, que ya era vieja. Ella la llevó a su monumento y la sepultó. Y empezó a hacerle las promesas. Una vez había tenido un chancho para carnear y una noche se lo roban del corral. Ella dice:
- No, mi chancho va a salir. Telesita, te ofrezco un baile. Voy a tomar siete copas de caña y voy a cantar siete chacareras si me lo haces aparecer.



(Berta Elena Vidal de Battini / Perla Montiveros de Mollo, Leyendas de nuestra tierra. Ediciones del Sol 

 

 

 


LA TELESITA 

Chacarera

Música: Andrés Chazarreta 

Letra: Agustín Carabajal 

 

Telesita, la manga mota 

tus ropitas están rotas

por la costa del Salado 

tus pasos van extraviados. 

 

No preguntes por tu amor 

por que nunca lo hallarás 

un consuelo a tu dolor 

en el baile buscarás. 

 

Por esos campos de Dios 

te lleva tu corazón 

sin saber que tu danzar 

es tan solo una ilusión. 

 

Rezabaile del querer 

con su música llamó 

pies desnudos bajo 

el sol la Telesita llegó. 

 

Y así te verán bailando 

loca en cada amanecer 

como prendida la danza 

muy adentro de tu ser. 

 

Ay! Telésfora Castillo 

tus ojos no tienen brillo 

lo has perdido tras del monte 

o buscando el horizonte. 

 

Con un bombo sonador 

y un violín sentimental 

un cieguito al encordao 

el baile va comenzar. 

 

Tu esperanza se perdió 

déle baila y bailar 

lleva tu pecho un dolor 

pero no sabes llorar. 

 

Pobre niña que un fogón 

tu cuerpito calcinó 

y en la noche de los tiempos 

todo el pueblo te lloró.  

 

Y así te verán bailando 

loca en cada amanecer 

como prendida la danza 

muy adentro de tu ser.





 

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