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Memoria, presente y escritura

Cruce epistolar

Memoria, presente y escritura

Por Félix Buzzone y Nona Fernández

Dos autores, que se intercambiaron cartas durante meses, se interrogan, a cada lado de la cordillera, por el lugar de la memoria, el presente, la dictadura y sus ecos en la escritura. 

​Santiago de Chile, 10 de Agosto de 2014.

Querido Félix, inauguro este experimento epistolar asumiendo el vértigo de no conocernos personalmente. Incluso iba a mirar una foto tuya por internet para ponerle cara a mi interlocutor, pero me frené para hacerme mi propia idea de ti según lo que conversemos. Así lo junto con las lecturas de tus libros y el resultado del rompecabezas lo termino de armar cuando nos conozcamos. O más bien cuando nos veamos, porque entiendo, a partir de estas palabras estamos comenzando a conocernos.
A Chejov, por ejemplo, nunca lo vi, pero creo que lo conozco bien. Vivimos en épocas y territorios diametralmente distantes, pero hay puentes de conexión que me llevaron hasta él desde siempre. Aquella atmósfera agobiante e inquietante de las últimas décadas de la Rusia Zarista en la que vivió me resulta profundamente familiar y concreta gracias a sus lecturas. Nunca he pisado Moscú, pero siento el mismo hechizo de Masha, Olga o Irina por volver ahí. Nunca he visto el río Neva, pero creo recordar algún paseo por su ribera. No he estado en el Palacio de Invierno de los zares, nunca fui a los Montes Urales o a la Isla de Sajalín, confieso que nunca he leído un libro de historia rusa, pero el testimonio que he recibido a través de la literatura me hace tener la experiencia que los libros me transmiten.
¿Qué es escribir sino dar una especie de testimonio? Testimonio de una época, de una experiencia, de una memoria. Me gusta entender la escritura desde ese lugar, desde el lugar de las huellas. Señales que quedan en el cuerpo y en la biografía como enigmas a descifrar con el tiempo. Si nos pensamos como engranajes de una gran máquina, o como capítulos de una historia más grande, cada relato personal con el que aportemos otorga más carne y más sangre a ese relato general que a veces corre el peligro de encriptarse en museos, en historias oficiales, en versiones unívocas y clausuradas. La literatura entrega siempre esas “otras versiones”. Versiones bizarras, oscuras, delirantes, secretas, personales. Pero ojo, espero que no se me mal entienda, no creo que sea responsabilidad de la literatura hacer el documental de su época. De hecho no le endilgo a la escritura ninguna responsabilidad, para mí es un acto libre y gozoso. Lo que digo es que la literatura funciona como un espejo, lo quiera o no. Es una condición inherente a ella. La literatura se maneja ahí en el mismo lugar donde se tejen los sueños. Su material es la realidad y su proyección es la que cada autor le otorga. Cada texto es unasombradel momento en el que fue escrito. Hay autores más o menos conectados con su época, (personalmente me gustan los que escriben con la ventana abierta, mirando a la calle, comprometidos con el afuera, intentando hacer la conexión con algo más allá que su ombligo), pero incluso los que no lo hacen de manera explícita, de igual forma respiran algún aliento en el que es posible interpretar y leer un momento histórico y social determinado. Somos piezas de un todo, y nuestras imágenes y relatos van configurando el imaginario de un inconsciente colectivo.
Personalmente mis obsesiones escriturales se han ido desplegando en el intento de armar un rompecabezas que nunca estuvo muy claro. La Historia reciente de Chile se ha ido narrando con dificultad. Vivimos durante mucho tiempo en una democracia que pactó el silencio y la desmemoria para poder concretarse, entonces el  discurso social de dar vuelta la página y de no conocer el detalle de lo ocurrido caló hondo en el ADN chileno. Ese vacío, ese hoyo negro, me motivó desde el inicio a escribir. Intentar llenarlo desde un lugar personal ha sido la tónica desde mis primeros libros. Investigar, husmear, jugar con esos materiales, volverlos míos, darles una óptica nueva, menos solemne, menos oficial, y volver a ese pasado una y otra vez, para poder entender nuestro presente y así lograr vaticinar el futuro.
Bueno, ya he delirado bastante. No sé si respondí a la pregunta de Hernán, pero espero haberla bordeado por lo menos. Querido Félix, te dejo la línea abierta para ver por dónde deliras tú y así me voy armando mi versión de ti a partir de las huellas que me envíes.
Abrazos y besos desde un frío y oscuro domingo santiaguino.

N.

***

Don Torcuato, 18 de agosto de 2014
Querida Nona

Perfecto, conozcámonos. Ya veremos el resultado.
No leí mucho a Chejov. Sí tengo muy presente un cuento de él. “Una bromita”. Ese donde un narrador algo perverso cuenta cómo inicia a una chica temerosa en el arte de bajar en trineo por la montaña. Esta iniciación, claro, parece más bien la iniciación a otra cosa; pero este señor sólo cuenta lo del trineo y que, en el momento culminante de cada bajada, siempre le dice “te amo” a su chica asustada. Ella nunca sabe si las palabras las dice él o si las trae el viento. Y él juega con esa ambigüedad, y nunca la resuelve. Hacia el final, él recuerda aquellas palabras como un bromita que no sabe bien por qué le hacía a aquella chica cada vez que hacían lo que hacían.
Y la bromita, curiosamente, en ese final, se vuelve algo serio. No porque este señor diga que lo es. De hecho, dice que era “una bromita”. Pero como en el final se cuenta el destino de ambos personajes (como si el cuento fuera una pequeña porción del destino completo de ambos) esa “bromita” cobra otro tono, mucho más grave. Es el amor que ella sentía. Es el amor que él no se animaba a confesar. Es el disfraz del amor. Las palabras que lo nombran, pero que él no entiende por qué las dice y ella no entiende de dónde vienen. Es el amor que está en ellos mismos, pero no alcanza a manifestarse. Él lo nombra, ella lo escucha. Y esas parecen ser todas las posibilidades para ese amor. Y el drama es que ese amor siempre se mueve, se escapa, y nadie lo puede atrapar, aunque lo diga, o lo escuche, o lo sienta.
Creo que algo parecido pasa en todas las empresas literarias. Ese desplazamiento que vos llamás delirio. De la broma a lo grave. Y de lo grave al no saber de qué estamos hablando. Últimamente detecto mucho este pasaje de la broma a lo grave en todas partes.
En “El nadador”, de Cheever, la gracia de Neddy, de salir a nadar por las piletas del condado y volver a casa así, a nado, en un momento también cobra gravedad. Y entonces él se pregunta precisamente eso: ¿cuándo esta broma se volvió algo grave? Y entonces se cuela el pasado, y el recuerdo difuso de ese pasado, que por otro lado nunca se termina de saber si es un pasado de cosas que pasaron o de cosas que están pasando vertiginosamente mientras Neddy avanza, pileta tras pileta.
Pero teníamos que hablar de las dictaduras, ¿no?
Bueno, a eso iba, porque en este barro de los desplazamientos siempre recuerdo Estrella distante, de Bolaño.
Esa novela me parece muy mala y muy buena. La primera vez que la leí me pareció estar leyendo un expediente, una declaración judicial, un acta judicial. Tiene esa cosa tan llana y sórdida, ¿no? Eso me molestaba muchísimo, y me generaba un rechazo inmenso esa escritura. Pero después, dentro de esa sordidez, está esa historia de desplazamientos permanentes donde el ex represor se va reconvirtiendo en una y otra cosa, de una forma muy imprevisible, pero a la vez muy realista. Al revés que esas novelas de Daniel Guebel, El terrorista y El perseguido, que apelan más a la parodia para proponer personajes así de esquivos y cargados históricamente. Y el deseo de encontrarlo y masacrarlo, por parte del narrador de Bolaño, es una especie de deseo también corrido de lugar. ¿Qué relación tienen esos dos? ¿Hay un síndrome de Estocolmo perpetuo entre este represor y el que lo persigue, en cierta forma también su víctima? Una novela que trabaja sobre algo que hasta donde yo sé no sucedió, que es eso de la venganza, de golpe es también una novela sobre esa relación entre perseguidor y perseguido. ¿Qué los une?
La literatura puede ser ese espejo que vos decís. Lo que no sé es qué cosa refleja. En todo caso deforma. Si la literatura refleja como espejo se muere, se convierte en lo que no es. El lenguaje siempre pervierte, es lo único que puede hacer. No puede dar cuenta de las cosas. Es, aún en casos así, ombligo de sí misma. Verla como testimonio en cambio sí, eso lo entiendo mucho mejor, pero un testimonio rarísimo. Testimonio en el sentido en que un sueño puede ser testimonio de algo. De hecho, esta misma novela de Bolaño, Estrella distante, propone algo así en el comienzo. Como si lo que narrara no fuera tanto una historia (o la Historia) sino la pesadilla de esa historia (o la pesadilla de la Historia).
Bueno, eso por ahora, querida Nona.
Mi suburbio hoy estuvo templado y primaveral (aunque los árboles siguen sin hojas, no deja de ser invierno) y con mucha gente a los gritos y a los saltos en la plaza que hay frente a casa.
Beso!

Félix

***

Santiago de Chile, Ñuñoa, 29 de Agosto de 2014

Querido Félix, me gustó eso de hablar de bromas. De dictaduras y bromas, o malos chistes o chistes negros. O puro delirio, cómo bien dices se podría llamar ese desplazamiento inquietante entre lo divertido y lo grave. Entre la broma y la crudeza. Qué se yo. Recuerdo el relato de una mujer que conocí hace varios años. Ella y su familia eran militantes de izquierda y post golpe militar se quedaron fondeados en una casona de un barrio central de Santiago. La casona tenía grandes ventanas que daban a la calle y otras a un patio por el que se veían las casas colindantes. No era un buen lugar para esconderse, pero no tuvieron mucho donde elegir, así es que se quedaron con un grupo de compañeros ahí, esperando ver qué pasaba. Eran cerca de quince personas, todas entre veinte y cuarenta años, y para no ser vistos desde afuera por ninguna de las ventanas, que entiendo no debían tener buenas cortinas, organizaron un sistema de vida a ras de suelo. Todo ocurría a estrictos cincuenta centímetros de altura. No más. Así cocinaban, comían, dormían. Se desplazaban por la casa reptando y sólo en lugares estratégicos podían estirar las piernas y levantarse. En esos lugares no había visibilidad desde ningún ángulo externo, entonces se turnaban para usarlos y hasta se peleaban por los minutos que pasaban ahí. Cambiaban minutos de pie por cigarros o por comida. La mujer me contó que desarrollaron habilidades físicas importantes de tanto reptar y andar agachados, pero que sufrían de calambres musculares bastante seguido y que esos dolores se volvieron una costumbre grupal, sobretodo por las noches cuando se quejaban en coro. Mientras ella me contaba todo esto con una absoluta seriedad, obvio, yo no podía evitar reírme. Por supuesto que no quería herir susceptibilidades, pero cada detalle que ella agregaba al relato me daba más risa. Imaginarme a esa gente caminando agachadita por los pasillos, haciendo sus cosas como enanitos, peleándose por pararse en el clóset, viviendo así durante meses, me parecía una tremenda locura. Bueno, todo era una tremenda locura en ese tiempo. El fin de la historia llega con un allanamiento y con la detención de todos. No sé los hombres, pero las mujeres fueron a dar a Villa Grimaldi, un centro de detención y exterminio bien feroz. Ahí la broma se pone seria.
Recuerdo también el relato de una de las madres de los ajusticiados de Lonquén. Lonquén fue un caso importante porque los cuerpos de esos asesinados, que aparecieron por ahí por el 78, fueron los primeros que se encontraron. A partir de ellos se entendió que toda la gente detenida que no aparecía por ninguna parte podía estar muerta. Fue una constatación feroz. Pero recuerdo que una de las madres contaba que la noche de la detención de su hijo, ahí en Isla de Maipo, un pueblito cercano a Santiago, llegó un carabinero a la casa a buscarlo. El carabinero era un conocido, un joven igual que su hijo, amigo de la infancia del mismo pueblo. La madre le dijo al carabinero que el hijo no estaba, pero que ya regresaría y le ofreció una taza de té y un bizcocho para que lo esperara. Juntos estuvieron conversando cerca de una hora hasta que el hijo llegó. Cuando lo hizo, saludó al carabinero, conversaron un poco y luego éste le pidió que lo acompañara a la comisaría porque lo tenía que detener. El hijo miró a su amigo desconcertado con la propuesta y le preguntó si era un chiste. Así, tal cuál. ¿Es un chiste?, le dijo. ¿Me estás hueviando? Y el carabinero le dijo que no. Y se lo llevó. Y la madre nunca más vio a su hijo hasta que apareció enterrado en el horno de una mina de cal años después. Un mal chiste, sin duda. La escena de una de esas pesadillas de las que tú hablas.  
Félix, querido. Hablé poco de literatura y más de horrores. Pero supongo que todo eso es lo que nos convoca. Horrores, pesadillas, reflejos deformados, testimonios, sueños y chistes. Chistes buenos, chistes malos, chistes crueles. Bromas macabras ¿no? Te dejo un beso grande a la espera de leerte otra vez. Desde un Santiasco brumoso y oscuro.

N.

***

Don Torcuato, 11 de septiembre de 2014
Querida Nona:

Son impactantes las anécdotas. Las cosas flotaban alegres y de golpe son absorbidas por un agujero negro, que en este caso es el agujero negro de la Historia. Y cuánto más perturbadoras se ponen cuando se trata de historias así, reales. Ahí ya ni siquiera dan ganas de ponerse a pensar en la insignificancia, la flotabilidad, el humor, todo se hunde precipitada y trágicamente y dan muchas ganas de llorar.
Pero ahora me gustaría apoyarme en otro escalón. Uno que está en la misma escalera pero quizá un poco más arriba. Desde ahí se ve cómo todo se va al pozo. O cómo todo se fue al pozo. Y uno quedó afectado, lógico, pero solo lo vio, lo palpó, y quedó bastante marcado, sí, pero también quedó bastante indemne. La idea del sobreviviente blando, elástico. No el que fue aplastado por la Historia, sino el que fue soplado por la Historia, donde la Historia está marcada pero a la vez un poco corrida de lugar, porque en realidad esa Historia pasó, no está más, se convirtió en otra cosa. Entonces pienso en que en esas circunstancias el chiste puede volver, y lo denso puede volverse broma, otra vez.
Hace poco el fiscal cordobés Facundo Trottame pasó los testimonios que hay sobre el caso de mi papá.
Te resumo.
Luego de varios días de cautiverio y tormentos habituales lo cuelgan de un árbol, cabeza abajo, lo picanean en el cuerpo, en la cabeza, y terminan la cosa planchándole la cara.Para hacerlo usan, precisamente, una plancha, y le queman la cara hasta el hueso. Después lo bajan, lo estaquean en el piso y lo dejan morir al sol. Como es un día de mucho calor, el cuerpo se infecta y se agusana rápido.
Ese era mi papá y esa es la última foto, que nadie le sacó, pero que creo que se puede ver bastante bien. Es todo muy tremendo y muy macabro. Y lo podemos saber, en el sentido de que ahora es algo público, después de casi 40 años.
Ese fin de semana lo pasó rodeado de pensamientos horrendos y con esa imagen estremecedora de mi papá sin cara y estaqueado, de película clase B, saltándome una y otra vez en cada rincón de mi casa.
El lunes me toca ir al penal de Marcos Paz, al pabellón de detenidos por delitos de lesa humanidad. Es por un trabajo que estoy haciendo. No es la primera vez que voy. Acompaño a Aníbal Guevara, que tiene a su padre preso ahí. Aníbal lleva pan árabe, palta, tomate y mayonesa. Apenas nos sentamos empieza a preparar sándwiches para su papá, y pronto los compartimos con otros presos y otros visitantes, todos reunidos alrededor de una mesa con mantel de hule floreado. Es muy tierno ver a Aníbal preparándole esos sándwiches al papá, ¿no? Parece un chiste, y en cierta forma lo es.
Esa misma tarde me encuentro en un bar con Mónica Zwaig, que me ayuda bastante con todo este trabajo.
–Estuve pensando varias cosas –le digo a Mónica después de contarle lo que me enteré de mi papá, lo impresionante de su cara planchada.
Ella está completamente acostumbrada a escuchar cosas como esas así que no hay problema. Después, en tono algo gracioso, por los nervios o porque en efecto me resulta gracioso, no lo tengo del todo claro, le digo:
–¿Y sabés de qué me di cuenta?, de que en casa nunca usamos la plancha, nunca planchamos la ropa, ¿entendés?
Mónica se estira la remera y esconde su cara abajo, y se mata de risa.
–Y algo más–le digo-, ¿cómo se dice en francés “hacer la plancha”, eso de flotar panza arriba en el agua? –le pregunto esto porque Mónica es francesa, y quizá en Francia esta expresión no se use, o se diga simplemente “flotar”, como en Chile, ¿no?
–Igual, se dice igual –dice.
–Bueno, nunca pude “hacer la plancha” –digo-, siempre me hundo.
Ella vuelve a estirar su remera y a esconderse abajo. Ahora ya parece tentada, y yo también me río bastante.
Últimamente se habla mucho de esa tesis de la Historia que se repite, que primero es tragedia y luego (ahora) farsa. Una forma de desacreditar el presente. Pero no es exactamente esto lo que pasa ahora, me parece. Las cosas cambian, sí, pero siguen siendo igual de tremendas y trágicas que siempre. Ahora, con relación a los otros hechos, a los que pasaron, lo que creo que sí sobrevuela es más una posibilidad de percibirlos en forma distinta. No es que se hayan vuelto farsa. Es más bien como si pudiéramos repasarlos de otra manera, en forma de broma, quiero decir, y sentir que alguien que no sabemos quién es se ríe de nosotros, y que también nosotros podemos reírnos de nosotros mismos.¿Y no es así como aquellos hechos se pueden volver importantes para nosotros, y productivos? Es como si se pudieran desprender y flotar,otra vez, y como si pudiéramos jugar con ellos, de alguna forma, como si no pesaran tanto.
Esto pensaba y esto pensaba que podía hacer la literatura con ellos, para hablar de literatura, un poco.
Bueno, te dejo un beso después de un tormentón que hubo ayer y que inundó todo por acá.

Félix.

***

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