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Los clichés

Cruce epistolar

Los clichés

Por Francisco Bitar, Andrés Navarro

Nuestro primer acercamiento -a un lugar, a una persona, a un libro-, muchas veces está signado por imágenes preconcebidas y cargadas de prejuicios. Dos autores, uno santiagueño y otro santafesino, intentan deconstruir el cliché que manejan con respecto al otro en este cruce epistolar que comenzó semanas antes del festival.

Querido Andrés, otra vez estamos acá, invitados a hablar sobre las remotas tierras que nos tienen por, digamos, sus cronistas, para labrar la imagen de una aldea en la que el mundo fuera capaz de reflejarse.
Como no tengo mucho más para decir sobre la mía, te propongo (si quisieras, como se dice, recoger el guante) intercambiar impresiones acerca de un tema sobre el que pensé hasta la tortura en otro momento y creo de alguna manera zanjado, pero sobre el cual me parece importante dejar un testimonio. Aprovecho, en todo caso, la ocasión y, con tu permiso, lo digo con todas las letras: ¿se puede cambiar de vida viviendo siempre en el mismo lugar?
Esto asumiendo que el cambio hacia una vida propia fuera importante y hasta necesario. Crecidos e incluso formados bajo el imperio del psicoanálisis, respondemos que sí: hasta que el gran tránsito no se produzca andaremos de una flor a la otra del mundo de las apariencias, pero mientras nosotros nos veamos como hadas o mariposas, el resto del mundo verá en nosotros cucarachas voladoras que se estrellan contra la pared.
En todo caso, hay que decir en favor de Freud y su pandilla que algo de verdad habría en sus formulaciones, porque una vez sembrada en nosotros la duda de lo que realmente somos, el empuje hacia el otro lado parece irresistible. Esto es así incluso cuando el proyecto de convertirnos en nosotros mismos suele decepcionarnos: lanzados a alcanzarla, nunca estamos del todo seguros de haber tocado la orilla opuesta. Y eso porque el otro que éramos al principio suele volver para arruinar nuestras conquistas subjetivas y hacernos sentir miserables otra vez.
Desde luego, se trata también de un problema literario o, en todo caso, de uno que viene de la literatura, desde que nuestros héroes (tanto personajes como escritores) son antes que nada los que testimonian ese tránsito. Y bien, puestos a pensar en el asunto de si se puede o no ser otro sin cambiar de lugar, diría que son dos los modelos literarios y que, como es habitual, vienen de la poesía. Adivinaste: son Rimbaud y Baudelaire. Uno lo deja todo y se pierde en la nada; el otro, se queda y, en lugar de fundirse con el horizonte en los límites del mundo, se pierde en la multitud. Lo cierto es que ambos representan para mí un incordio parecido y, de cualquier manera, una imposibilidad: uno se ha internado en África y otro en la gran ciudad, y lo cierto es que ninguna de las dos cosas aparecen muy a la mano de una ciudad pequeña como Santa Fe o, para ser más precisos, de mi casa. Esto revela quizá la naturaleza en el fondo indolente de los narradores contra los salvajes poetas, y yo la reivindico desde mi puesto en la cueva de la que tanto me cuesta alejarme (aunque también Larkin decía, y algún día lo voy a poner en una remera, que él no tendría problemas de almorzar en China si esa misma tarde pudiera estar de vuelta en Hull).
El tercero de los modelos, también literario en tanto se trata de una historia extraordinaria, me lo confesó hace poco la señorita Cortapalos. Fue durante el examen de ingreso de este año al traductorado de inglés, en el que nos vimos obligados a hablar en voz baja y durante dos largas horas.   
Debo decir que la señorita cortapalos siempre lleva una sonrisa convincente que a veces se convierte en una carcajada contenida o directamente en una risotada. Cuando esto ocurre y ella se ve obligada a inclinarse hacia adelante por la fuerza del chiste, su flequillo deja ver una larga cicatriz que empieza por encima del ojo, cruza su frente  y se confunde más arriba con la raya del pelo.
Muchas historias circulan en la sala de profesores acerca de esa cicatriz, y como ella y yo habíamos tocado todos los temas posibles (clima, tarifazos, la mejor manera de cocinar un morrón), y ella lo había mencionado en alguna parte como al pasar, yo se lo pregunté de manera amable pero de frente: ¿cómo había sido lo del accidente? 
Esta cicatriz, dijo ella llevando su pelo hacia atrás y soltándolo de inmediato para que volviera a caer.
Esta cicatriz me cambió la vida.
Todos los fines de semana, entre los treinta y los cuarenta años, la señorita Cortapalos viajó en auto las siete horas de ruta que la separaban de Resistencia. Allí administraba un salón, el Vinny, con treinta y un mesas de billar donde cada jugador comía muy poco pero bebía toneladas de cerveza. Había heredado la llave tras la muerte de su marido, y como el Vinny trabajaba muy bien y ella debía alimentar a tres hijos, renunció a sus horas de jueves y viernes primero, para retirarse del todo de la docencia después.
Una noche, de vuelta de Resistencia por última vez en su vida, la señorita Cortapalos tuvo la sensación de que un pájaro nocturno bajaba hasta posarse en el techo de su auto. Ella aminoró la velocidad y cerró los ojos, como un reflejo defensivo: cuando los abrió, su cabeza estaba abierta al medio y cubierta de sangre, y el auto cruzado de la mano contraria de la ruta, la que llevaba de vuelta a Resistencia.
Lo que sigue, la señorita Cortapalos es capaz de reconstruirlo gracias al relato de su hijo, que entonces tenía doce años, viajaba en el asiento trasero y se despertó a causa  del trompo. El chico se puso al volante y trató de imitar los movimientos que tantas veces había visto hacer a su padre y luego a su madre, los de girar la llave y avanzar, pero ni siquiera fue capaz de poner en marcha el auto. Esto lo obligó a bajarse y hacer señas a los autos que pasaban, con el único contratiempo de que, en aquella noche fría, él y su madre parecián ser los únicos seres vivos en el norte de Santa Fe y, para el caso, en el planeta entero.
Mientras tanto, el hijo hizo un bollo primero con su remera y después con la gamuza del auto para contener la sangre que manaba y manaba de la cabeza de su madre. También evitó que ella, en su inconsciencia, asomara el cuerpo para vomitar: cada vez que la señorita Cortapalos se inclinaba, la herida parecía ensancharse y el chorro de sangre engordaba.
Al cabo de dos horas, un camión los subió, llegaron al hospital de San Justo y de allí, ya en ambulancia, al hospital Cullen en Santa Fe. 
El neurocirujano fue quien la despertó, a los gritos. ¿Ninguno de los enfermeros que la depositaba ahora en su mesa de trabajo había sido capaz de suturar la herida? ¿Nadie en San Justo sabía lo que era una infección? Y después al hijo: ¿qué había pasado?  

  

Lo sabrían después, por la evidencia encontrada en el interior del auto: la patente salteña de un camión que iba en sentido contrario se había soltado de la trompa para trazar una curva alta en el aire y caer de filo sobre el auto de la señorita Cortapalos. El vidrio del parabrisas, salvo por la ranura, similar a la de una urna electoral, estaba intacto, la chapa había pasado limpia hasta el interior. Pero había impactado en la cabeza de la señorita Cortpalos hasta perforar el cráneo y rozar el tejido cerebral.
¿A dónde ibas, señorita Cortapalos?, preguntó el neurocirujano, ahora con voz dulce.
A Santa Fe, respondió ella.
Santa Fe, dijo el médico, y agregó, antes de que ella volviera a la inconsciencia:
Hacé de cuenta que ya llegaste a esa hermosa ciudad.

Carta de Andrés a Francisco

Querido Francisco, tamaño tema propones. Cambiar de vida viviendo en el mismo lugar.  ¿Cambiar de vida, cambiando también de cuerpo? Eso nos llevaría de plano a la ciencia ficción, aunque no sé por cuánto tiempo. O al horror. Pienso inmediatamente en la solución de Kafka: ese bicho que llegamos a sentir que somos, vuelto realidad, ¡y sin movernos de la cama! Una fiesta de goce, si te sigo el juego del psicoanálisis. 

Aquí el cambio de vida se presenta como una suerte de fatalidad, que creo es la contracara de lo que propones. ¡Perdón! Me estaba olvidando del relato de la señorita Cortapalos. (Cortapalos le decíamos a un bicho de esos con mandíbulas importantes)

¿Será que la vida rutinaria que llevamos, ya es el resultado de un cambio de vida? Los bichos de la burocracia. Los bichos del papeleo. Los bichos de los impuestos. Los bichos de las tarjetas de crédito. ¿Éramos mariposas y nos transformamos en bichos? Sólo el humano puede hacer tal transformación de los significados. 

¿En qué nos podemos transformar ahora?  

Me acuerdo de un cuento de Etgar Keret sobre segundas oportunidades. Lo fui a buscar a mi biblioteca y no lo encontré. Imagino que alguien no me lo devolvió. De todos modos lo encontré en internet. Una empresa ofrece el servicio de vivir lo no elegido, luego de la muerte. Ante una encrucijada de la vida, uno contrata el servicio, elije vivir una de las opciones, y la otra te la proporciona la empresa, de modo virtual, manteniéndote vivo el cerebro. Por supuesto que llega el momento en que la segunda no alcanza y la empresa propone una tercera oportunidad.  

La literatura nos propone vivir otras vidas, las empresas también. La literatura nos propone ficción, las empresas… y, es más jodido, porque proponen cambios reales. A propósito, cuando mencionaste a Freud y su pandilla, no pude evitar pensar en don gato y su pandilla, y de ahí a imaginar memes con tintes políticos, pero mejor no irse tanto. Cambiemos: tremenda palabra, enorme eficacia. Vivimos empujados al cambio permanente. Desde que Dios se retiró de la escena lo único que hacemos es cambiar. Me acuerdo que tengo que cambiar la óptica derecha de mi auto  (se rompió el plástico, pero el plástico sólo no venden, hay que cambiarla entera). Las llantas también… en fin. 

También tengo una cuestión, que en algún momento la pensé mucho, y que me la hizo recordar tu mención al dúo  Rimbaud – Baudelaire. Yo pienso en los hermanos Lamborghini: uno se muere joven y el otro se muere de viejo. Morirse joven, para algunos, pareciera un camino directo a una cierta consagración. O salvación, o elevación. No lidiar más con este mundo. Vivo con intensidad, me destruyo la vida, y dejo una obra genial. O construyo mi obra mientras vivo. Mientras voy asociándome a la idea, no de la genialidad, sino del oficio. ¿La obra como construcción o como genialidad? Tal mi falso dilema.

La genialidad vinculada al don, a lo divino, a lo inmanejable, a lo inentendible. La construcción como lo que se busca voluntariamente, con la razón, lo que se pretende controlar. En un mundo sin Dios estamos empujados a querer controlarlo todo. Sin embargo se sigue muriendo gente joven. 

Bueno, dejo aquí mi mescolanza.   

¡Ah! En estos últimos días de marzo, llovizna en Santiago, comenzamos a sacar los abrigos livianos y mi calefón no está calentando. 

Carta de Francisco a Andres

Querido Andrés, al cabo de unos días fresquitos que seguro coincidieron con los tuyos, volvieron a Santa Fe el aire pesado y las altas temperaturas (como Cheever, escribo esto en cazoncillos), y, con ellos, también el concierto de insectos que habíamos olvidado y cuya presencia ahora nos descorazona: las horrorosas chicharras, las hormigas que regresan a la mesada con energías renovadas, las polillas que saltan a la luz desde los bolsillos de nuestra ropa y otros bichos más extraños (nuevos o en mutación) entre los que destacan unos alguaciles de palo blanco y cabeza azul iguales a fósforos de telo. Este último ejemplar parece un acierto de la naturaleza, pero, por una atracción difícil de entender, no tardan en subir hasta la moldura donde quedan enganchados a las rebarbas de tela de araña. Son lindos pero duran poco.
Pero hay también otra clase de bestias que con el calor salen de sus madrigueras: los que van en bicicleta en modo hipnosis, los reyes de la sociabilidad que no pueden soltar el celular para agarrar el volante, los que tiran latas de cerveza por la ventanilla con el auto en movimiento (anoche uno de ellos paró su Gol blanco y me preguntó si yo sabía adónde estaban los controles de tránsito). Todo esto amortiguado por un fondo de tambores tribales. Son los murgueros que, sin importar que el carnaval ya hubiera pasado, sacan sus instrumentos de la funda y vuelven a practicar. Lo de ellos es un eterno ensayo, desde que ejecutan siempre el mismo ritmo perturbador y en ningún momento se preocupan por ensamblarse o entrar en escena. 
En todo caso, el pronóstico anuncia lluvia para la madrugada del primer lunes de abril, lo que quizá lave las calles y arrastre hasta el desagüe estas impurezas. El otoño, como un tire y afloje entre el verano y el invierno, promueve en el campo de la meteoreología una nueva entrega de la vieja guerra, esta vez entre el clima de la estupidez y el clima del recogimiento y la reflexión.
Suponemos que hacia mayo o junio prevalecerá el frío, y la guerrra entrará en un compás de espera o, directamente, en un repliegue, debido al claro dominio de una de las partes sobre la otra. Pero en Santa Fe, nunca se sabe: estamos a tal punto habituados a los veranos largos, que el invierno nos parece apenas una sustracción, la de unos días robados al triunfo definitivo de la estupidez. 
Todo lo anterior parece un ataque o una difamación, pero lo digo a puro título introductorio, lo que me justifica en dos sentidos. Uno, el retórico: la meteorológica no sólo es una rutina en la charla diaria sino que sirve también como fórmula de expansión en la correspondencia epistolar, un artilugio para tomar envión, pero también para encontrar en los preliminares el hilo del tema. Quienes pretenden desenmascararla, haciéndola pasar por un cliché, ¿cómo empiezan sus conversaciones, hablando de la diferencia entre esencia y sustancia? El otro de los sentidos es, sí, temático, e ingresa a esta altura como un matiz o una aclaración de lo anterior. No creo que la estupidez sea soberanía exclusiva de los santafesinos, en cuya configuración incide el clima irritante de trópico sin mar. Hace falta viajar a las capitales de cualquier lugar del mundo para entender que los nativos no se destacan por la sensatez o, al menos, por su don de gente: en el mejor de los casos trasmutan la estupidez de las provincias por versiones más sofisticadas de la tontería. El provincianismo, creo, no está dado por el lugar de nacimiento o de residencia sino por una especie de índice de mezquindad: tanto en las capitales como en las provincias, el provinciano es el rumiante, el que oculta, el que se olvida a propósito cuando podría invitarte, el que pone a prueba tu paciencia, etc. El disparador de este índice, como habrás observado, suele ser el miedo, y las cantidades insufladas hoy en el hombre de a pie son astronómicas. 
Santa Fe se presenta así como un lugar tan lindo como cualquier otro. Esto solo, la percepción del mundo como un lugar uniformemente ladino, valdría como respuesta suficiente al asunto de la carta anterior, el de las fórmulas para cambiar de vida sin moverse del lugar. Pero en tu carta mencionás algo que complejiza el asunto: el de cómo nuestra vida, la que vivimos, está habitada (o plagada o violentada), por otra a la que podríamos o deberíamos acceder, con lo que nuestra experiencia diaria sería en realidad una especie de cerco que deberíamos romper o saltar para acceder a la vida verdadera. Este punto, creo, ilumina nuestras reflexiones, pero lo hace con una luz negra, de modo que hace falta una tinta especial, una incripción negativa, para conocer sus implicancias. Al encender esa luz, se lee: el camino no tomado.
En un ensayo muy conocido, Walter Benjamin habló de dos tipos de narrador que se parecen bastante a los modelos que propusimos antes, el de Rimbaud y Baudelaire. Según Banjamin a cada uno de ellos le corresponde también un género de vida distinto: de un lado, el que viene de lejos y del otro el que, comiendo bien, permanece en el país y conoce sus historias y tradiciones. Uno es el agricultor sedentario, el otro el marino mercante. Son tipos absolutos, aclara Benjamin, y, sin profundizar del todo, advierte que es necesario compenetrarse en cada caso para obtener una idea cabal del asunto. Quizá sea una oportunidad para poner a jugar nuestra experiencia como narradores con los tipos propuestos por Benjamin.
En representación de quienes permanecen en su lugar, diría que el modelo de agricultor sedentario no se aviene punto por punto a la manera en que pienso mi posición y la de mis mayores, y no solamente porque no sabría qué hacer con mis manos en un contexto tecnológico anterior a los teclados de computadora. Quiero decir, si bien adhiero a los términos generales del planteo, no estoy muy seguro de comulgar con los términos específicos, en especial aquellos concernientes a las “historias y tradiciones” de un lugar determinado. Crecer en un biotopo literario como el del litoral argentino, donde sus especímenes produjeron parte de la literatura más radical del siglo XX, significa no solamente abominar de todo folclorismo sino además adherir sin tregua al apotegma, que por viejo no deja de hablarnos, de ser absolutamente modernos. Si lo tradujéramos a los términos de Benjamin, diríamos que, en efecto, en el litoral un modelo de escritor está habitado por otro: el narrador sedentario, en tanto aquel que sueña todavía con irse lejos, es también el que está habitado por esa lejanía. Si lo dijéramos en términos estilísticos, un idioma que no es en nada ajeno a Benjamin, diríamos que se trata de una lejanía formal: si bien hablamos del mundo a la mano, lo hacemos con palabras de otro mundo, de uno por venir. La posibilidad ser otro se ha instalado en nuestro lenguaje, y quizá no haya otra manera de acercarnos a la escritura.
Pero no quiero dejar pasar la ocasión de referirnos al mismo problema desde otra perspectiva, porque a la posibilidad de ser otro en el espacio quizá le quepa también la posibilidad de ser otro en el tiempo. No se trataría de un asunto para nada menor, porque en él los agricultores sedentarios encontraríamos por fin nuestra redención.
Durante mucho tiempo estuve pensando en estos versos de George Oppen, que creo entran en el radar de nuestras preocupaciones: there is nothing I know/ that I haven´t already knew when I was twenty. Puede ser que la cita sea incorrecta; si bien encontré el extraordinario volumen con sus poemas, lo que ya debería darme por satisfecho, no pude encontrar el poema en que lo dice y tampoco aparece en las búsquedas de Google. Pero si no lo soñé y aun así la cita es equivocada, lo es por muy poco. No hay nada que sepa hoy que no supiera ya cuando tenía veinte. 
Sin duda, son versos terribles. ¿No ha pasado nada en la vida del poeta o es que incluso cuando el tiempo ha hecho su trabajo (Oppen se casó, tuvo una hermosa hija, fue perseguido por comunista, recibió primero la admiración de sus pares y luego la de los lectores), incluso así, nada nuevo ocurrió en su vida desde la juventud? ¿Significa esto que los otros sesenta años que transcurrieron hasta su muerte fueron vanos? ¿Qué nos dicen estos versos respecto de la edad adulta y de la vejez?
Se nos podría objetar que hablamos de un caso puntual, el de un hombre con una determinada historia y con unas determinadas cualidades para interpretarla. Pero recordemos que se trata de un poeta, de uno extraordinario, y que como tal representa lo mejor de la especie: si lo que nos diferencia de otras biologías es el lenguaje, y si el poeta es su mayor artesano, entonces se trata de un caso excelso, de lo más alto que ha dado la humanidad.
Y bien, este poeta nos dice que en la primera parte de la vida ya sabemos todo lo que hay que saber. Creo que es cierto, que hacia los veinte el hilo se termina y recibimos el ovillo de lo que es y en parte será nuestra experiencia. Pero lo recibimos enredado, hecho una galleta, y debemos pasar el resto de nuestra vida intentando ordenarlo, lo que, claro, ni aunque vivamos mil años ocurrirá del todo. Entretanto, en el mejor de los casos, seguiremos viviendo, y aquel mundo protoptípico encontrará en el presente maneras de contrastarse. Ser padre, por ejemplo, puede resultar también una larga peregrinación de vuelta a la infancia y a la juventud, además de un prodigio de amor.
Dejar de ser joven, sobre todo en épocas en que no se puede ser otra cosa, puede resultar difícil. Una de las razones es que hay en la juventud, o en la propaganda de la juventud, la fantasía de que todos los caminos están abiertos y, por lo tanto, es posible acceder, como en ningún otro momento, a esa otra vida de la que hablábamos antes, la verdadera, la que presiona con más o menos fuerza en nuestro interior pero nunca deja de habitarnos. Si hay un momento para romper el cerco de nuestras pálidas vidas, nos dicen las publicidades de celular, es ahora, y por ahora, nos referimos a la juventud. Adultos abstenerse. 

  

Es mentira que la vida es corta y es mentira que la vida es una sola, aunque nuestros años mozos fueran cosa del pasado. Vivimos al menos dos veces, una durante nuestra infancia y nuestra juventud, y otra, de vuelta, desandando la anterior. De una a la otra hay suficente para seguir soñando sueños felices, angustiantes y enigmáticos, y, desde ya, para seguir escribiendo. De una a la otra hay también una curva cerrada, en la que nuestros propios padres se mueren, y es necesario mantener el volante firme y los ojos en el camino para no terminar derrapando. Porque ahora los padres somos nosotros y debemos curtirnos en esa loca condición.
Te abraza,
Francisco.

Carta de Andrés a Francisco

  Querido Francisco: San Francisco de Asís fue el colegio en el que cursé mis estudios de jardín a secundaria. Está ubicado en el parque Aguirre. Francisco de Aguirre fue el fundador de Santiago, pero quiero contarte sobre el otro. Francisco vivía en Asís, lo mandaron a las cruzadas y desertó porque respondió a otro mandato, el de Dios; le pedía que restaure su iglesia, o algo así. Francisco entendió literal y se puso a reconstruir una iglesia destruida que había por ahí. La voz volvió y le hizo alguna aclaración; se trataba de la gente, de los cristianos. Pero también lo entendió medio literal, porque se despojó de sus bienes materiales y se dedicó a servir al otro. Se destrozó la vida y murió joven.

Queda el nombre. Queda una obra que se difunde. Queda un edificio escolar en el parque Aguirre de mi ciudad, que es uno de los más viejos de la provincia. Del s XVIII creo. Entrar ahí, es entrar en esa historia. Transitar por esos pasillos y esas aulas, es hacer propia esa historia, esos saberes. De modo que lo que aprendo al entrar en ese edificio a los 5 años, es lo que sabía Francisco de Asís. Es mi vida pasada. Como la de todos lo que transitan por ahí.

Acaso este rodeo no sea más que un intento por evitar el cliché del clima. Pues bien, no lo esquivemos, venimos con un hermoso clima en Santiago. Cálido durante el día, fresco por las noches. La duración de esto, como lo que me cuentas de tu ciudad, también es un misterio. En mayo puede volver un calor insoportable y después otro  llamado “frente frío” y tendremos que sacar otra vez los abrigos. Todavía me acuerdo de los curas franciscanos y de esas sotanas marrones como lonas. El calor de solo verlos.  

Hablamos de los cambios de vida, de lugar, de tiempo, de los caminos no elegidos, de las vidas dentro de una vida, y ahora agrego las vidas pasadas.

Y es que cuando Dios manejaba nuestros destinos, la cosa era más fácil; la vida era prestada y había que devolverla. Con esa letra nos criamos los santiagueños por bastante tiempo.  Entonces el tipo te ordenaba si ibas a ser pastor o agricultor y qué sacrificio le ibas a entregar, y la vida estaba resuelta. ¡Ah!, y el padre era siempre él en última instancia.

Era comprensible que Francisco entendiese todo literal, porque era todo claro. Porque se podía equivocar y existía algo maravilloso llamado perdón, que te lo otorgaba el de arriba, por supuesto.

Ahora bien, como dije en la carta anterior, cuando Dios se apartó para ocuparse de, vaya a saber qué seres, o de él mismo, no sé. Cuando él se apartó las cosas se pusieron bastante fuleras. ¡Ahora todo depende de nosotros! La vida ya no es una, pueden ser múltiples y nadie sabe cómo se le hace. Cómo ser padres. Y en esas andamos, ¿no?

Aquí entro en un chiché existencial de maestra de escuela primaria: ¿qué habría hecho Francisco de Asís de vivir en esta época? ¿Habría respondido al Gran llamado? Porque de hacerlo iría derecho al psiquiátrico. O por ahí conseguía una carrera política ascendente. ¿Vivimos una época del todo puede pasar? Y otro cliché: ¿la realidad supera a la ficción?

En tu carta hablabas de un modelo de narrador habitado por el otro. Me gusta eso. El sedentario habitado por la lejanía, y viceversa me atrevo a decir. El que se va y añora el pago, que sería la bandera del santiagueño. Como Francisco.

Narrar hoy sería hacerlo siendo habitado por otros, por múltiples. Las distancias y los tiempos van perdiendo sentido. Puedo estar en el centro y al margen de la escena al mismo tiempo. No podemos esperar la gran obra de esta época sino una multiplicidad y una proliferación de obras. Con cruces de formas, de soportes, de géneros. No solo abundan los talleres literarios, sino que en el último tiempo aparecieron los talleres de edición y encuadernación. Y aquí nos tienen en un cruce epistolar, y no sé si antes había escrito la palabra epistolar, pero lo estamos haciendo.

Pero lo estamos haciendo, podría ser la frase no dicha, ante una amenaza de excomunión de ningún lado.

Por eso empiezan a reaparecer los antiguos dioses. A reclamar sus territorios. Una vez, de chico, me acuerdo, fui a comprar algo al almacén de a la vuelta de mi casa como a las once de la noche, y vi lo que parecía un caballo blanco, pero que no era un caballo, y estoy casi seguro de que tenía cadenas. Y digo casi porque las seguridades están rotas, como esas cadenas de lo que, en todo caso, fue una yegua, según lo que dice la leyenda.

La Mayu Maman regularmente se lleva algún pescador al fondo del Dulce. Y no hace mucho se llevó un porteño que andaba refrescándose en sus aguas. Bienhaiga que no van a respetar las señalizaciones. Río traicionero es, saben decir.

Y ni te quiero contar del enanito fantasma que nos tuvo aterrorizados por última vez allá por mediados de la década del noventa del siglo pasado. No se podía andar tranquilo por las calles por el miedo a que te agarre y te haga cagar.

Al noventa y cinco por ciento de los bebés que nacen en Santiago los ojean en sus primeros meses. Por lo que hay que recurrir a un curandero o curandera para solucionar ese problema, como tantos otros.

Los pequeños dioses todavía andan, transitan nuestras calles. En el centro de Santiago, al frente de la biblioteca 9 de Julio, hay una casa en ruinas que cuando paso, no miro para adentro, por las dudas. Estamos habitados por esos dioses. Somos esos dioses. Pequeños dioses paganos.

El joven Khayyam le preguntó a un anciano por los que se habían ido, “no volverán, le dijo, bebe tu vino”.

Te mando un abrazo.

Y nos vemos pronto.

Andrés. 









 

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