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De isla en isla

Filbita

De isla en isla

Por Ronald Tolman

Filbita 2016: Literatura y migraciones
RECIÉN LLEGADOS
En este texto, el autor comparte historias familiares, miradas y sentimientos de infancia alrededor de alguien que llega, alguien que parte, o alguien que inició un viaje que dio inicio a nuevos relatos.

Frente a la costa de los Países Bajos hay dos islas, Vlieland y Terschelling. Allí vivían dos niños, cada uno en su propia isla. El niño que vivía en Terschelling se llamaba Hillarius y cuando creció decidió ser soldado. Era mi padre y era el abuelo de Marije. Jan Jacob, el niño que vivía en un pueblito en la isla de Vlieland; cuando creció decidió ser marinero y poeta. 

Hace algo así como unos cien años, a Jan Jacob le gustaba caminar por la playa en la isla de Vlieland y quedarse mirando los barcos que navegaban en el horizonte. Él sentía un enorme deseo de convertirse en un gran poeta. En la otra isla, en Terschelling, había un faro muy alto que no tenía nada especial pero que despertaba en Jan Jacob una gran curiosidad. Era como si el faro cuidara de todos los habitantes de la isla. Al parecer, los había estado cuidando noche y día desde hacía unos cuatrocientos años.  

En la misma época en que Jan Jacob andaba deambulando por la isla de Vlieland, en Terschelling, en una casita al pie del Brandaris (porque así se llamaba el faro), nacía un niño a quien llamaron Hillarius en honor de un marinero que nunca había vuelto de su última travesía.  

Los barcos a vela y a vapor cruzaban el canal que separaba las dos islas para llegar al puerto de Amsterdam. Hasta el día de hoy, cientos de barcos pesqueros y grandes buques van y vienen por el canal. El mar es tan turbulento y peligroso en esa región que los isleños no se atreven a cruzarlo y no se conocen unos con otros. Jan Jacob jamás vio el Brandaris de cerca, y Hillarius jamás caminó por la playa de Vlieland. 

Los días de tormenta, Jan Jacob metía poemas en botellas vacías y las lanzaba al mar. Una vez recibió una carta de una chica que decía que se iba a guardar la botella y el poema para siempre. Hillarius nunca encontró ninguna botella. 

En el pueblo en el que creció, Hillarius era un niño muy feliz que escuchaba el rugido de mar a través de una gran caracola que se apretaba contra la oreja. Un día, por fin lo dejaron subir a la torre. Subiendo detrás del viejo guardián del faro contó doscientos veinticinco peldaños de la escalera caracol. Cuando llegó hasta arriba de todo vio una bombilla de luz gigantesca; era la luz que encendía el guardián cuando caía la noche. Nunca hubo una noche en toda su infancia que no estuviera iluminada por esa luz. 

A través de un telescopio de bronce brillante, el pequeño Hillarius observó con un ojo los barcos en el horizonte; luego fue moviendo lentamente el instrumento por el agua enfurecida hasta el otro lado; vio la playa, algunos pocos barcos en el muelle, una aldea y un faro pequeño y muy rojo. Siguió moviendo el telescopio y por primera vez en la vida vio la costa del continente. Había pueblitos por todas partes y entre ellos se podían ver las torres puntiagudas de las iglesias. Con las dos manos, el viejo encendió un interruptor y la lámpara del faro se iluminó con una luz enceguecedora. Cuatro faroles barrían la isla y el mar. Hillarius se quedó dormido bajo una manta de caballo áspera con la que el guardián lo había abrigado. 

¿Y qué hay de Jan Jacob, el niño que se la pasaba mirando el mar? Jan Jacob Slauerhoff fue médico en un barco y también fue un poeta neerlandés muy famoso. Un hombre que provenía del norte de Europa y que navegó por todos los mares. De Portugal a China, África y Argentina. Algunos dicen que era feliz; otros dicen todo lo contrario. Jan Jacob sentía que ningún lugar era su casa. Algunos de sus poemas fueron traducidos al portugués e interpretados en versiones bellísimas de fado y tango por la cantante Cristina Branco: “Cristina Branco canta Slauerhoff, el descubridor”. Uno de sus poemas más famosos es “WONINGLOOZE” (“Sin hogar”).
Sin Hogar

(Jan Jacob Slauerhoff, versión de la traducción al inglés de A. Z. Foreman)

Mi único hogar es mi poesía.

Añoro su única tibieza, 

no hay otro refugio en mi vida.

En la tormenta me alberga cual tienda. 
Mi único hogar es mi poesía. 

Donde sea que yo esté,

en la selva, en la ciudad  en el páramo, en la llovizna

esas puertas siempre encontraré.
El final llegará algún día,

antes del atardecer mis proezas perderán su luz 

y en vano pedirán esas viejas palabras dulces

con las que alguna vez construí el escrito, 

y la tierra me guardará en mi descanso  mientras yo me reverencio ante el frío

espacio en el que mi tumba revienta y se abre a la negritud. 

¿Y Hillarius? Esa mañana bajó los cientos de escalones de piedra. Cuando llegó a su casa, la casita cerca del faro, puso sobre la mesa una vieja lámpara que el guardián le había regalado.

Cuando creció, Hillarius dejó la isla y se fue a vivir al continente que había descubierto a través del telescopio. La lámpara lo acompañó a todas las casas donde vivió. A veces colgada del techo; otras, junto a una ventana por donde la atravesaba la luz del sol. La lámpara siempre estaba ahí, aunque él nunca pudo explicar por qué. 

Heredé la lámpara de mi padre Hillarius y siempre la puse en todos los estudios que tuve. La lámpara nunca estuvo mucho tiempo en un placard o en un baúl. 

Hay autores que no pueden trabajar si no tienen una manzana pudriéndose en el escritorio. Algunos solo escriben con el olor a cedro de un lápiz con la punta recién afilada. Otros escritores son borrachos o fuman un cigarrillo tras otro. Jan Jacob Slauerhoff escribió los poemas más bellos en el medio del océano, recostado en su cucheta. Yo recomiendo que lo mejor es una lámpara de faro. 

Esa lámpara ahora está colgada en el taller de mi hija Marije, donde, desde atrás, ilumina su trabajo. 

Por supuesto que no es que necesitemos la lámpara del faro para tener luz, pero ha estado en nuestra familia por casi cien años. En el taller de Marije, cerca de la bombilla gigantesca del faro de Terschelling, su hijo de ocho años dibuja y escribe poemas para acompañar esos dibujos. Se llama Mees y La casa del árbol, el primer libro que su madre creó junto a su abuelo, está dedicado a él, Mees Cornelius Hillarius. 
  
Traducción de Lucila Cordone

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