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Auto - biografía

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Auto - biografía

Por Cristian Palacios

Filbita 2018: Las historias que nos cuentan
(AUTO) BIOGRAFÍAS APÓCRIFAS
Contar el cuento de quiénes somos no es lo mismo que escribir una biografía. ¿O sí? El autor leyó en el festival este texto escrito a partir de la propuesta de contar sus propias vidas, pero en una biografía apócrifa.

Mi nombre es Cristian Palacios. Tengo 116 años. No los parezco, porque soy un superhéroe. Mis papeles dicen que nací en Buenos Aires, en 1978. Pero es mentira. En realidad nací en un pequeño planeta azul dominado por un emperador maligno y lleno de verrugas cuyo nombre es impronunciable para los terrestres. Por impresionante que parezca, tengo veinte dedos, repartidos a razón de cinco por cada extremidad. Tengo además cuatro extremidades, un tronco y una cara convenientemente ubicada en mitad de la cabeza. Comparto estas cualidades con un montón de gente y eso me hace emocionar hasta las lágrimas. Me subyuga (no tengo la menor idea de qué significa la palabra “subyugar” pero me encanta utilizarla). En mi planeta nacer no es tan fácil. No sé acá en la tierra, ustedes me cuentan, pero allá nadie nace más que dos o tres veces en la vida. Yo nací cuatro y la última vez me dio tanto miedo que no creo que vuelva a repetir la experiencia. Morir en cambio, he muerto como diecisiete. Y todas las veces las pasé bomba. Además de alienígena y superhéroe soy escritor. Supongo que por eso estoy acá sentado. O es eso o me tendieron una trampa. Lo sabremos al final de la lectura. Mis archienemigos son muy poderosos y siempre andan buscando la forma de quitarme del medio. Enemigos tengo muchísimos, pero archienemigos tengo solo cuatro. Un pescado verde que vomita gomitas de gelatina. Un pulpo mecánico que toma clases de manejo por correspondencia. Una viejita malísima que pellizca de forma muy dolorosa. Y un hermano gemelo tremendamente irritante. Si uno busca mi nombre en Google descubre que además de alienígena, superhéroe y escritor soy un futbolista uruguayo. También soy dramaturgo, investigador, doctor en lingüística, profesor de latín, actor, director de teatro e inquilino. Ahora soy papá. Supongo que todavía no he dejado de ser hijo. Por un tiempo largo fui nieto y por un tiempo breve, bisnieto. Pero no me acuerdo. También fui novio, ex-novio, compañero de banco, funcionario público y convicto por un crimen espantoso en mi planeta de origen. Pero les juro que fue un accidente. A los catorce años me contagié de rabia verde. Es una variedad autóctona de la rabia prístina o rabia póstuma que se da casi exclusivamente en seres humanos. Yo no soy un ser humano, pero me la contagié igual. Qué rabia. La rabia verde me hace temblar de ira ante los embotellamientos de tránsito, los impuestos excesivamente caros y las pequeñas injusticias que se cometen contra los malos de las telenovelas. Frente a las grandes injusticias, en cambio, no siento rabia sino tristeza. Una tristeza incurable que me hace sollozar a gritos en los pasillos de las municipalidades o en los ascensores en desuso de las catedrales. Qué triste me ponen las grandes injusticias. Una vez un doctor quiso curarme de las dos cosas. De la rabia y de la tristeza. Pero me opuse terminantemente. La rabia puede ser muy molesta y la tristeza muy dolorosa, pero sin ellas yo no sería yo, aunque no sepa bien qué quiere decir ser yo en estas circunstancias. Pero estoy seguro de que no quiero ir por el mundo sin mi rabia y sin mi tristeza. Les tomé cariño. Mi ocupación predilecta es domesticar agujeros negros. Es un pasatiempo algo costoso porque a la gran mayoría se los encuentra en los microcentros de las galaxias, donde colapsa el tráfico en las horas pico debido a la profusión de enanas blancas y soles incandescentes. Pero es divertidísimo. Una vez que se ha domesticado el primer agujero negro resulta muy difícil parar. Eso sí, es importante soltarlos después. Ya conocen el dicho: si amas a un agujero negro, déjalo libre. Si vuelve a ti sin aniquilar la entera sustancia del espacio y el tiempo a tu alrededor, es tuyo. Si no, nunca lo fue. 

Ya voy a ir terminando porque todavía no sé si esta invitación es real o es una trampa. Y eso me pone muy ansioso. Como ven, no soy un tipo demasiado interesante. Mis futuros biógrafos tendrán que inventarse un montón de mentiras, si es que quieren vender libros. Ahora soy papá. Déjenme contarles algo de eso, porque hasta el día que fui papá siempre había sido hijo. Ahora lo sigo siendo, pero un poquito menos. Con esto termino. Ser papá es principalmente romper en llanto ante las más grandes tonterías. Es como nacer y morir, todo junto, muchas veces en un mismo día. Es como caer interminablemente por una serie de toboganes espiralados que comienzan en el punto exacto en donde el otro termina. Es como tener al tiempo a tus espaldas tomándote el hombro con una mano mientras te susurra al oído, con aires de suficiencia, “te lo dije”. Mi hija también es una superhéroe. Creo que es extraterrestre. Ella nace todo el tiempo, todo lo que se le da la gana y no le da nada de miedo. Cuando la veo me vienen ganas de nacer otra vez, yo también, unas cuantas veces. Para morirse ya habrá tiempo. Ya tendremos tiempo, ella y yo, para morirnos, en el futuro, todo lo que se nos de la gana. 

Buenos Aires, Filbita 2018

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