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mayo 5, 2017

Filba Nacional Bariloche 2017, Textos | Filba |

Por Sylvia Molloy

Se llega a un lugar sin haber partido
de otro, sin llegar.
Silvina Ocampo, Invenciones del recuerdo                                                        IMG-20170407-WA0046

Hace un tiempo me llamó alguien que preparaba una entrada biográfica sobre mí para un diccionario. Me pedía dos datos: uno, que le confirmara mi fecha de nacimiento, el otro, que le explicara una frase que había encontrado un par de veces en contratapas de mis libros: “Una vez por año viaja a la Argentina”. ¿Por qué motivo viajaba? quería saber. ¿Daba yo algún seminario regularmente en Buenos Aires? ¿Tenía una afiliación (fue el término que empleó) fija con alguna institución argentina? Le dije que no, que eran viajes …¿viajes qué? Sin saber bien qué decirle dije “viajes libres”, como quien dice “tema libre” en las composiciones escolares, queriendo decir (ya un poco molesta por la expresión poco feliz y por tener que dar razones a un desconocido) que no respondían a ninguna obligación precisa. Me puse de pésimo humor; sentía que no había respondido “bien”. Pero sobre todo me quedé desconcertada, tratando de barajar ideas y sentimientos que la pregunta había suscitado, nociones como libertad, obligación, y sobre todo esa afiliación que traía consigo, necesariamente, la idea de filiación.

De hecho, mi relación con  la Argentina fue durante mucho tiempo trabajo de hija; aún hoy es, en cierta medida, asunto de familia. Cuando me fui por primera vez, en 1958, lo hice pensando que volvería a casa de mis padres. Después de todo iba simplemente a cursar una licenciatura en Francia. Pero cuando regresé dejé esa casa. El período que pasé en la Argentina entonces, en los años sesenta, se me aparece como mágico en el recuerdo. Tuvo la intensidad de un descubrimiento tardío y estimulante de lo que antes de irme no había sabido reconocer del todo: la práctica de la literatura, de la politica, de los afectos, con opciones que serían decisivas. Y sin embargo me volví a ir en el 67, no porque me sintiera incómoda (pese al comienzo de un período político nefasto) sino porque de algún modo ya me había marchado y, oscuramente, lo sabía. Sergio Chejfec suele citar una frase de Leonardo Sciascia: “Quien ha cometido el error de irse, no puede cometer el error de volver”. No sé si en mi caso cometí un error al volver de aquel primer viaje, pero sé que intuía una nueva partida.

Esa segunda vez me fui menos convencida de que iba a volver. Acepté un puesto de tres años en Estados Unidos y a pesar de asegurarme de antemano que podría renunciar al cabo de un año si la experiencia no resultaba, viajé con la mayor parte de mis libros, lo cual era casi viajar con la casa a cuestas. La mayoría eran libros franceses, lo cual me valio el minucioso escrutinio de un vista de aduana, convencido de que una edición francesa de Tristes tropiques, en un idioma que no comprendía, con un retrato de un indio tupí en la cubierta, y proveniente de América latina, era claramente un libro subversivo. Fue la primera vez que sentí que ser otro podía volverse algo peligroso. Pero por suerte el vista de aduana se distrajo, encantado con un pisapapel con una mariposa tropical disecada que encontró entre mis libros que le mostró a un compañero, look, Bill, what the girl has in her suitcase. Sin más entré al país, bajo el signo del realismo mágico. Me quedé un año; luego otro; me fui quedando. El viaje dejó de ser viaje; se transformó en vida, aunque esto lo reconocería mucho después.

Vivir afuera es sin duda liberador: uno no se siente responsable del “aquí” porque las verdaderas obligaciones supuestamente están “allá”.  Debo decir que experimenté con creces el “lujo moral,”  para usar una expresión que le he oido a María Negroni, que, salvo en circunstancias ineludibles – la protesta de la guerra de Vietnam, pongamos por caso – me permitía hacerme a un lado. Yo argentina. La expresión cobraba una literalidad y una lógica impecables: como extranjera no me correspondía intervenir, era como estar en casa ajena. Pero insidiosamente aparecían en el “aquí” aséptico del destierro otro tipo de obligaciones, impuestas por el nuevo contexto cultural. Ser otro, en cualquier grupo que se quiere homogéneo, significa también representar a ese otro, no sólo encarnar una diferencia sino tener que explicarla, volverla aceptable. Del otro anónimo que uno aspira a ser se pasa a ocupar el lugar del native informant (expresión de la que no da cuenta la traducción habitual: agente cultural), es decir un “informante” llamado a traducir su cultura para que el otro la entienda. Sólo que, como suele pasar con las traducciones (al igual que con las encuestas antropológicas), al informante se le pide que confirme lo que ya se cree saber. Así me encontré más de una vez intentando “explicar” la literatura argentina a quienes sólo veían realismo mágico al sur del Río Grande, o tratando de persuadir a quienes me quisieran escuchar (en general muy pocos) que Juan L. Ortiz era una voz tan rica como la de Pablo Neruda. La mariposa tropical resultaba un salvoconducto insidioso, de doble filo.

Más de una vez me he hecho la pregunta, imposible de contestar: ¿Qué y cómo hubiera sido de haberme quedado en la Argentina? Y la otra pregunta que acaso sí me atreva a contestar, más sencilla: ¿Hubiera escrito? Tiendo a pensar que no,  que para mí la escritura surge precisamente del desplazamiento y de la pérdida: pérdida de un punto de partida, de un lugar de origen, en suma de una casa irrecuperable. Para mí es la casa donde me crie, más o menos reinventada por el olvido y el recuerdo, vuelta matriz de relatos. En mi último viaje a la Argentina fui, como es mi costumbre, a verla. Más de una vez he fantaseado que entraba en ella, que reconocía los cuartos (me parecían más chicos de lo que recordaba), buscaba algo – un detalle trivial, una insignificancia – que desencadenara algún relato perdido y me permitiera estar de nuevo “como en mi casa”. En esta ocasión se dio esa posibilidad; o más bien se dio a medias. Alguien salía de la casa y me dejó entrar. La casa, aclaro, ha sido ampliada, se han agregado cuartos donde antes había jardín. Con perversidad tan exquisita como inconsciente, la persona me hizo entrar en esos cuartos agregados, del todo nuevos para mí, para luego – invocando una cita y el hecho de que se le hacía tarde – privarme de ver el resto de la casa, la que yo creo recordar. Detrás de una puerta cerrada adiviné la vieja cocina pero no hubo tiempo de verla. Fue como si no hubiera entrado. Podía decir que había vuelto a casa, aunque paradójicamente ya no hubiera casa. De esa visita sólo me han quedado espacios ajenos, espacios no cómodos,  pero no importa. Sé que a lo largo los recuerdos viejos – es decir aquellos a los que acudo con más frecuencia – se sobrepondrán a las construcciones nuevas. Pero también sé que no volveré más a esa casa.

Pienso que el haberme criado bilingüe, casi trilingüe, instauró muy pronto en mí, mucho antes de salir de la Argentina, la sensación de extrañeza, ese “no estar del todo” (la expresión es de  Felisberto Hernández) que para mí se daba sobre todo en el nivel de la lengua. Ser bilingüe es hablar sabiendo que lo que se dice está siempre siendo dicho en otro lado, en muchos lados. Esta conciencia de la inherente rareza de toda comunicación, este saber que lo que se dice es desde siempre ajeno, que el hablar siempre implica insuficiencia y sobre todo doblez (siempre hay otra manera de decirlo), es característica de cualquier lenguaje pero, en la ansiedad de establecer contacto, lo olvidamos. Recuerdo que hace mucho, antes de mi primera salida de la Argentina, encontré en un texto de Valery Larbaud, escritor olvidable y olvidado pero notable traductor, una frase memorable. En un lista de recomendaciones literarias anotaba Larbaud como mandato para  todo escritor: “Donner un air étranger à ce qu’on écrit”. El consejo me pareció brillante, porque transformaba lo que yo percibía como falla en ventaja, a veces incómoda, pero ventaja al fin. Me daba permiso, también, de escribir “en traducción”, como Edgardo Cozarinsky su primer libro, y como lo hice yo también, al comienzo, para lanzarme a la escritura en español.

A las preguntas de si pienso volver o, más contundente, de por qué no vuelvo, que se me hacen con cierta frecuencia, digo que elaboro ficciones personales de regreso, ficciones que incluso se transforman en novelas. Esas ficciones dependen fuertemente del lugar, tanto geográfico como psíquico, desde donde se elaboran. Allí prenden, pero crecen de maneras diversas. No es lo mismo elaborar una “patria” fantasmática desde París (fue en caso de En breve cárcel) que elaborarla desde New York, como en El común olvido. Lo cotidiano siempre deja su marca, también cuando se está “afuera”: establece sus costumbres, condiciona la memoria, se entreteje con el recuerdo, permite inventar lo familiar. Es así como en distintos momentos, desde distintas latitudes – y desde luego desde distintas bibliotecas – uno echa mano del país que necesita, y ese país esta compuesto de recuerdos varios, de fabulaciones a partir de esos recuerdos, de lecturas que uno convoca del archivo, pero también y sobretodo de deseos y de traumas presentes. Digo trauma porque creo que en esos momentos la necesidad de rearmar un lugar de origen es muy fuerte. Yo recuerdo (y ya lo he contado) que en los días que siguieron al ataque a las torres gemelas me visitaban como nunca recuerdos de Buenos Aires. Hasta un perro que oía ladrar por las tardes en un departamento cercano me recordaba un perro que ladraba en la casa detrás de la nuestra en Olivos, cuando yo era chica. Desde entonces me ha quedado la memoria irremediablemente contaminada, y acepto esa contaminación. Fue a partir de esa experiencia que empecé a escribir, de manera sostenida, los relatos más o menos autobiográficos de Varia imaginación. Esa es, por ahora, mi manera de volver.

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