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“Mi montaña”

abril 24, 2017

Filba Nacional Bariloche 2017, Textos | Filba |

Para abrir el festival, los autores fueron invitados a escribir sobre las montañas personales que han tenido que escalar. Les compartimos los textos de Luisa Peluffo y Julián López.

 Montañas- Apertura AR-15

¿Por qué de chica se me dio por robar?
Por Luisa Peluffo

La idea no fue calculada. Un día, con mi mejor amiga, entramos a curiosear en una librería. Todavía estamos en la escuela primaria, tenemos once, doce años. De pronto nos miramos y sin ninguna dificultad nos llevamos un libro.

Después de aquella primera vez  probamos en otras librerías. Mientras una agarra el libro, la otra cubre y hace de campana.

Elegimos por las tapas. Nos gustan las de la colección Zane Grey que muestran varones recios de boca sensual y mujeres con las ropas desgarradas. Lo mejor es una foto del mismísimo Zane Grey – eso creemos nosotras – sonriendo espléndido en la esquina superior derecha de los libros de la colección. Las historias son aburridas y todas iguales. Y robar parece facilísimo.

Como el dibujo se me da, al terminar la primaria mis padres me inscriben en la Academia Nacional de Bellas Artes “Manuel Belgrano”. Entonces se podía ingresar habiendo cursado solamente la primaria. “La Belgrano” funciona en un viejo y descascarado palacete amarillento de la calle Cerrito.  Pero yo no voy a cursar allí. No. Mis padres no quieren porque es una escuela mixta y me anotan juiciosamente en el primer año del Instituto para Señoritas, incorporado a Bellas Artes, “Herminda H. de Costa”, otra alicaída mansión en Santa Fé y Bulnes.

Yo no sé si quiero ser artista, por el momento mi sueño es tener un quiosco de golosinas. Todas las tardes, cuando salgo del “hermindachedecosta” y vuelvo a casa caminando por Santa Fé, paso delante de muchos. Entonces de la escuela a casa pruebo con los quioscos.

Todavía  no he cumplido trece años y tengo a mi favor una imagen de niñita confiable y una técnica elemental: le señalo al vendedor alguna cosa detrás suyo, preguntándole el precio. Entonces me da la espalda y yo agarro a ciegas cualquier golosina de la bandeja. Cuando se da vuelta y me dice el precio, le contesto:

– No gracias, no me alcanza –  y me voy despacio para no despertar sospechas, mientras mi mano acaricia en el bolsillo del guardapolvo el tesoro apenas entrevisto.

Nunca me pescaron.

Pero después pasó lo de Nieves y los cigarrillos. Nieves era una señora que llegaba todas las semanas a casa y nos traía un gran paquete de ropa limpia y planchada sobre la cabeza. Tenía olor a ropa lavada a mano y secada al sol y cuando se reía su pecho se agitaba y sonaba como un fuelle.

También traía un bolso lleno de cigarrillos importados. Su hijo trabajaba en un barco y los conseguía para que ella los revendiera.

Por esa época ya he probado cigarrillos a escondidas. No me parece algo tan especial, pero me siento re canchera  fumando aunque después tenga que lavarme los dientes para que no me pesquen. Fumo Saratoga. Son cigarrillos sin filtro (no había con filtro) y vienen en un inolvidable atado color verde con una etiqueta colorada en el centro. Pero no tienen nada que hacer al lado de los Chesterfield del bolso de Nieves: blancos, brillantes, con letras rojas y doradas bajo la envoltura de celofán.

Un día hurgo en el bolso de Nieves, hay muchísimos atados. Me animo y le saco uno. A las dos semanas vuelvo a meter mano. Nieves no se va a dar cuenta si saco otro, hay tantos…  Agarro dos y los escondo en mi ropero.

Este desprecio por las ciencias exactas me cuesta caro. Esa misma noche, cuando estamos todos sentados a la mesa, mi madre, mirándome fijamente, informa que a  Nieves le vienen faltando cigarrillos y que en mi ropero han aparecido tres atados: dos intactos y uno abierto.

Me quedo muda. Mamá se levanta y me arranca de la silla:

– Contestá ¡Decí algo por lo menos!

Yo sigo muda. Entonces me da una cachetada

Siento que voy a llorar. No quiero no quiero no quiero.

– Así que además de fumar, robás – es el comentario de papá.

Quiero irme, pero mamá me obliga a quedarme allí, de pie contra la pared, porque no merezco sentarme a la mesa junto a mi hermano mayor y mis hermanas.

Los veo comer brumosamente disueltos entre mis lágrimas y odio a mis padres. A él, porque mamá me ha pegado y él no lo ha impedido. A ella por haberme descubierto, por la humillación a que me somete y porque tiene razón: soy una ladrona, un ser despreciable, la vergüenza de la familia.

Tarde en la noche me despierto. Oigo un murmullo de voces. Me levanto de la cama y los escucho discutir en su cuarto:

– No ganás nada con pegarle.

– No pude contenerme, me siento mal ¿por qué nos hace ésto? ¿qué le pasa?

Devuelvo los dos atados sin abrir (mis padres pagan el otro) y le pido perdón a Nieves. Ella me habla y me sonríe como siempre,  pero yo me muero de vergüenza.

Mamá me hace ir a la iglesia a confesarme, papá no interviene, para él “la religión es cosa de mujeres”. Espero nerviosa, arrodillada en un banco. Cuando llega mi turno no me animo a hablar.

 Escondido en el confesionario, el cura, viejo y sordo, me pregunta a los gritos:

– Has mentido?

– Sí – pronuncio con voz inaudible.

– ¿Has robado?

– No – digo, y siento que mi voz resuena en toda la capilla.

– Tres avemarías.

Le mentí. Si comulgo tengo sacrilegio. Además de una ladrona despreciable soy sacrílega. Al día siguiente recorro uno por uno los quioscos en que he robado y devuelvo la plata diciendo:

– Yo le quedé debiendo esto, señor.

Los quiosqueros aceptan las monedas sin entender nada.

Mi madre, que nunca se enteró de los robos de libros y golosinas, piensa que el “hermindachedecosta” y su alicaída mansión en Santa Fé y Bulnes, donde curso primer año, es el culpable del robo de los cigarrillos. Y como todo tiene que tener una explicación, ella piensa que ese instituto es demasiado libre para mí. Que puede ser una mala influencia. Evalúa cambiarme y habla con papá.

Finalmente desiste. No es la escuela, reconoce. Pobre madre. Estuvo mal al pegarme un bife, como le reprochó mi padre. Pero lo hizo por desesperación. La psicopedagogía no era un recurso que se utilizara en los años ’50. Pobres. Tienen preocupaciones y cometen errores que solo comprendí mucho después. Y agradezco haber tenido los padres que tuve. Porque en este tema fueron terminantes: No robarás. Punto. Y lo cierto es que nunca más robé.

Lo que no se les ocurre pensar es que estoy a la deriva. Somos cinco hermanos, un varón y cuatro mujeres. Yo soy “la del medio” y no me destaco especialmente por nada. Y hace rato que estoy a la deriva. Necesito que mis padres se fijen en mí, que se ocupen.

Pero mi padre y mi madre no se llevan bien. Cada tanto, cuando la tensión es insoportable, papá se manda a mudar a un campo que administra en Santa Fé y se queda meses allí. Yo no lo extraño, se respira como un alivio en la casa cuando él se va.

Por otra parte, desde mis ocho años toda la atención familiar se concentró, y con razón, en otros hechos angustiosos: en una de mis hermanas que contrajo poliomielitis el mismo año en que nació mi hermana menor. Y en mi madre. Ella se recuperó muy lentamente de las secuelas de ese último parto, que la tuvo al borde de la muerte.

Recuerdo que cuando volvió de la clínica, pedí:

– Quiero ir con mamá.

Entonces me dijeron que estaba enferma, que tenía que portarme bien y no hacer ruido. Después me dejaron entrar en puntas de pie a la habitación en penumbras. Mamá parecía dormida, pero cuando la besé abrió los ojos y me miró en forma rara.

Otro día me dejan estar en su habitación y me recuesto junto a ella en la cama. Recuerdo que se quejaba. Decía que le dolía mucho la cabeza. De pronto se puso pálida, rígida y empezó a gritar hundiéndose entre las sábanas. Todavía tengo la imagen: antes de que me saquen del cuarto alcanzo a ver como la cabeza de mamá se sacude sin control y sus rasgos se desfiguran en una mueca.

Tromboflebitis. Nunca me voy a olvidar de esta palabra.

– Tuvo una flebitis y se formó un coágulo que fue al cerebro – escucho que una de mis tías le explica a alguien por teléfono – no se acuerda que ha tenido una bebita.

– ¿Cuándo se va a curar? – preguntaba yo. Entonces me  acariciaban la cabeza, y decían “pobrecita”.

En el colegio no podía concentrarme, me olvidaba los útiles y en mi cuaderno aparecían trazos desmañados, agresivos. La maestra decía que iba a repetir. Yo lo único que quería era que mamá no se muriera. Mi casa parecía un hospital, venían médicos y kinesiólogos para mi hermana con polio y médicos clínicos y neurólogos para mamá. Y había que ocuparse de la beba recién nacida. Papá, desbordado, contrató  a una enfermera.

        Pero mamá no termina de curarse, está muy débil y tiene una extrema sensibilidad en la piel. Sumergirse en el agua es una tortura para ella.

      – Es como si me clavaran alfileres en todo el cuerpo – le dice a la enfermera.

      – El neurólogo dice que de a poco se te va a pasar – la tranquiliza papá – y que tuviste mucha suerte.

        – El año pasado atendí a otra señora que estaba igual y no se repuso – dijo la enfermera, que tenía cara de amargada.

         – A esta mujer le duele sonreír – murmuró papá.

A mis ocho años interpreté la frase al pie de la letra. Imaginé que alguna enfermedad, tal vez más grave que la de mi madre, le negaba a la enfermera  el gesto mágico y ascendente de la felicidad.

Mamá tardó más de un año en recuperarse y la trombosis le dejó secuelas. Emergió milagrosamente de las convulsiones y la fiebre y  poco a poco fue mejorando. Pero desde entonces yo me quedé con la sensación de que si mi madre podía morirse, cualquier cosa podía pasar. Con esa sensación crecí. Y así llegué a la época de los robos de libros, de caramelos y de cigarrillos.

A los quince años ingresé a la Escuela Superior de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”, otro vetusto palacete en la calle Las Heras. Allí cursé solo el primer año porque me fui a examen en todas las materias.¿Por qué me sucedió esto? Porque seguía a la deriva. En “la Pueyrredón” no daba pie con bola y no me animaba a decirlo. Incomunicación total. Resultado: no pude reincorporarme.

Mi padre fue directo:

–  Muy bien, si no querés estudiar, trabajá.

Y empecé a laburar como recepcionista en oficinas y consultorios. Era un trabajo que me daba tiempo para leer cuanto libro caía en mis manos. Eso fue una bendición.

Por aquel tiempo empecé a escribir.

En un libro que justamente tituló “Escribir”, Marguerite Duras dice algo que me conmueve: “Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.”

Porque, finalmente, a mí me salvó la escritura.
Escribir me ayuda a ver.
A descubrir esa que fui.
A seguir descubriendo quién soy.

Montañas- Apertura AR-6

¡Salve, montaña!
Julián López

Hace algunos años, después de más de una hora y media de subir una ladera completamente sembrada de pehuenes, unos árboles imponentes, de hojas triangulares que aparecen como ápices en varas rígidas, pude disfrutar de una tarde asombrosa. Habíamos salido en auto desde Buenos Aires con dos amigos y el contrato era así: manejábamos los tres, de a turnos medidos con ecuanimidad y no negociables, teníamos prohibidos los campings y cada uno se comprometía a mantener sus excesos emocionales a raya o en la estricta intimidad de su neurosis. Íbamos a ir lo más al Sur que llegáramos en un viaje de algo un mes y medio a la Patagonia y queríamos estar lo más lejos posible de la idea del turismo. Llevábamos carpa, el plan era acampar ahí donde quisiéramos, ahí donde no diéramos más de cansancio, donde los ojos se nos quedaran prendados del paisaje, ahí donde el radiador se incinerara y la sed nos hiciera alucinar castillos hechos de las botellas de agua con las que los devotos honran a la Difunta Correa.

Estábamos en la primera parte del viaje, en Neuquén, del lado de los bosques y de la cordillera, llegamos al Parque Nacional Laguna Blanca, un lugar encantado, mezcla de estepa volcánica con vergel, un vergel de traducción patagónica: todo era de una belleza ampulosa pero lejana y pedregosa, transparente y seca, acampamos al lado de un río que parecía de cristal líquido y nos quedamos largos ratos descubriendo a las truchas nadar sin posibilidad de esconderse de nuestra mirada.

Alguien nos recomendó escalar una montaña, era un volcán pero aún no lo sabíamos, después de una hora y media de ascender llegamos a la cumbre y nos asomamos a un paisaje fabuloso y hasta diría que perverso. La cima era una olla que contenía una laguna turquesa, una especie de Caribe con playas de arena fina y salamandras amigables al que se accedía después de una hora y media de trabajosa escalada por una ladera oscura. Llegamos poco después del mediodía y ahí pasamos la tarde, desnudos y en silencio, metiéndonos en el agua y buceando para ver, la transparencia era absoluta y deliciosa. En un momento me solté un poco de mis amigos y empecé a caminar aguas adentro, la laguna era poco profunda y pensé que podría cruzarla a pie y que desde la otra orilla sería fácil completar la visión de ese paisaje que de tan extraño parecía un set, un plató, una realidad artificial a lo Truman Show.

La tarde de verdad era increíble, perfecta, la compañía entre nosotros era noble y contundente pero autónoma, los tres amábamos a las palabras, tanto como para honrarlas con lapsos muy prolongados de silencio.

Yo caminaba por el agua, en un momento, bien entrada la marcha, unos metros delante de mí, el turquesa se oscurecía y a medida que me acercaba descubría que la mancha parecía no tener fondo: el negro era absoluto y el volcán mostraba su verdad dormida. La laguna cristalina también era una puerta que llevaba a las entrañas y mostraba la materialidad ominosa del planeta. Me detuve y emprendí la vuelta con suma tranquilidad pero huyendo despavorido del pozo al que había alcanzado a verle los bordes. Cuando llegué otra vez a la orilla en la que estábamos me eché en la arena para estar ahí, con todo eso; de pronto de atrás de los arbustos apareció una salamandra que se trepó a mi hombro con la cabeza apuntándome a la cara como para mirarme. Juro que esa especie de lagartija real, con el lomo cruzado de pintas rojas como charreteras, se quedó conmigo hasta que nos fuimos, dos horas por lo menos, hasta que tuve que bajarla para devolverla al lugar, honrado como nunca por el encuentro anfibio.

Sergio, Marcelo y yo descendimos la ladera concentrados porque era empinada y parecía una trama de pehuenes filosos que podían lastimarnos y porque queríamos hacer durar el bálsamo que había sido estar en la laguna de esa chimenea dormida, en una parte del mundo que cada tanto recuerda que la Tierra todavía está cruda.

Bueno, quería empezar mi relato por ahí, por esa luz fabulosa que apareció al final de lo escarpado, porque a mí en realidad las montañas me dan miedo. Temo y adoro a las montañas como si hubiese sido criado bajo la tutela de un monoteísmo topográfico, cruel y oscuro. La idea de una montaña me abruma, me llena de felicidad y me suspende en un estado de total incógnita. Las montañas me dan miedo, tal vez porque la fantasía de escalarlas sea proporcional a la resignación de no poder hacerlo.

Cuando era chico, en las madrugadas en las que el asma no me dejaba dormir, mi padre se levantaba de su sueño para alzarme y me contaba sus historias en la cordillera para que la distracción permitiera que el aire se hiciera liso y negociara con mi pulmones con facilidad. En 1946 había hecho el servicio militar obligatorio en el Regimiento de Infantería de Montaña Nº 16 Buenísimo, en Uspallata, Provincia de Mendoza, a más de 2000 metros sobre el nivel del mar. Yo escuchaba su relato como los cuentos de un Titán que se enfrentaba a cumbres apoteóticas y a nieve persistente con el espíritu de un caballero dispuesto a calmarme la angustia y a convencerme de que las montañas tenían voz y hablaban y que esa voz era amable y llegaba desde muy lejos.

Siempre sentí que el entusiasmo era una cumbre elevadísima para mí, una ladera demasiado empinada para siquiera intentar arremeterla, pero hace no mucho empecé a dudar y ahora pienso que tal vez me haya percibido a mí mismo de manera errada y tal vez sea cierto que uno teme mucho la potencia que lleva escondida para desplegar.

Yo no sé si en verdad soy un escalador, pero sé que la experiencia de un hombre es escarpada y puede ser noble. Y lo sé porque desde hace algunos meses mi padre me habla en secreto, con la solidez de un amor contundente y absoluto, con la voz de la montaña.

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