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NyC: Nacidos y Criados

abril 19, 2017

Filba Nacional Bariloche 2017, Textos | Filba |

Graciela Cros, Vera Giaconi y Sylvia Molloy armaron textos para el Filba Nacional sobre la influencia del territorio y el contexto en la escritura. Compartimos las lecturas de Cros y Giaconi.

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Irse para escribir

Graciela Cros

Viendo la propuesta de esta mesa y la cuestión de irse o quedarse para escribir, debo decir que yo me fui para escribir. Al menos eso creo.

Creo que decidí partir, irme del territorio familiar, de la infancia, para escribir.

De alguna manera confusa y sumergida supe que tenía que hacerlo. Irme para escribir.
La pregunta es si me fui para escribir o me fui y después escribí para justificar lo hecho. No tengo una respuesta.

Sé que mi infancia no propició el interés por la lectura ni por los libros. En mi casa no existía el hábito de la lectura. No había biblioteca ni había lectores. Se leía sólo el diario y algunas revistas de vez en cuando.

Fui yo quien introdujo los libros en la familia, quien, siendo muy chica, comencé a pedirlos.
Recuerdo la primera biblioteca que vi en casa de una compañera de escuela. Caí en éxtasis. Supe que ese era mi país. Mi tierra prometida. Ahí tenía que estar porque esos estantes guardaban el sentido de todas las cosas. Y comencé a dar los primeros pasos en esa dirección.

Me hice socia de una biblioteca pública y de ahí llevé los primeros libros para leer en mi casa. Creo que tenía 10, u 11 años, muy chica. Como no sabía qué pedir, me acercaba a la mesa donde atendía la bibliotecaria y los lectores dejaban libros en devolución. Tomaba uno, al azar, cualquiera, con cara de entendida (¡a los 11 años!) y preguntaba si me lo podía llevar.

La bibliotecaria siempre me dijo que sí. Bendita sea, aún me siento agradecida por eso. De ese modo yo regresaba a casa con mi tesoro, podía ser Crimen y castigo, por ejemplo, o Madame Bovary. Claro está que no entendía nada, o muy poco de lo que leía pero leerlo me hacía feliz.

Entrar a esas otras realidades se convirtió en un motor que día a día me impulsaba y a la vez me distanciaba, me volvía diferente. Así, yo inventé mi propio exilio dentro de la casa familiar. La lectura era mi exilio voluntario.

Luego con la venida al Sur, a Bariloche, pareció que seguía en esa misma línea existencial de ir hacia lo nuevo, lo distinto, lo desconocido. De romper con lo heredado y salir a descubrir otro mundo. Sin embargo, aquí, me quedé. Y me instalé, esto fue en el año 71.
Sin pensar en el mañana o en cuánto tiempo duraría ese plan de vivir en el Sur, lejos de la familia, los amigos, lejos de todo lo que había sido parte de mí y lejos también de una Buenos Aires, que ya amenazaba, y hacía que uno mirara por encima del hombro al andar por la calle.

Ya había vivido La Noche de los Bastones Largos en la facultad de Filosofía y Letras, ya sabía lo que era correr desde Independencia y Urquiza hasta “La Perla del Once”. El clima se enrarecía y con los amigos nos movíamos con cautela. Con temor. Publicábamos una revista de cine y literatura y aunque cueste creerlo, lo hacíamos en la clandestinidad. Una revista de cine y literatura en la que habíamos publicado una nota sobre Pier Paolo Passolini, y eso había sido suficiente para que nos pusieran en una lista.

Desde esos primeros años de exilio, tengo el recuerdo de lo que era ser una NYC porque, claramente, yo no lo era. En aquel tiempo se escuchaba más hablar de los Nacidos y Criados, que ahora. Nosotros, los que veníamos de Buenos Aires, éramos recibidos por los NYC con cierta frialdad y recelo no exento de sospecha.

Fueron incontables las veces que me hicieron esta pregunta: “Y vos, qué hacés acá? ¿Por qué viniste?”, sin trabajo, sin vivienda, sin familia, sin amigos, con todo por hacer, con todo por conseguir. Y de a poco, año a año, esos interrogantes se fueron espaciando.
Ahora sigo sin ser NYC pero no es un tema que me importe, peor aún, a veces reacciono como si lo fuera.

Aquella llanura de la primera infancia está en mí de un modo remoto, se ha vuelto un espacio mítico al que mi memoria y los recuerdos suelen visitar. La Patagonia y todas sus versiones, que sabemos existen, y son muchas, se ha convertido en mi lugar de enunciación como poeta, como escritora.

Escribir desde el margen, este margen sui generis, fecundo me gusta decir, escribir desde la periferia, hacer de la periferia nuestro centro, aceptar que todos somos periferia de algo alguna vez, escribir extra-muros, lejos del poder editorial, lejos del gran mercado de libro, lejos de las capillas literarias, de las modas, como lo llamemos, se ha convertido en un sello de agua, una marca en el orillo, si es que debiera señalar alguna, una suerte de preciosa libertad.

En cuanto a cómo influye el contexto en el proceso creativo, me gustaría recordar que hace 10 años lancé –no sin audacia o inconsciencia- “La Ley del Coirón”. En un encuentro de escritores en Puerto Madryn -algunos de los presentes lo recordarán- hablé de vetar la llamada “Ley del Coirón”, –coirón es el pasto que tapiza la Patagonia- simplemente, una ley producto de mi imaginación, y se armó un gran revuelo.

Yo proponía “vetarla”. ¿Vetar qué? ¿Qué era esto? Se trataba, simplemente, de una metáfora que incluí en aquella ponencia y que recogieron con entusiasmo unos cuantos escritores patagónicos.

Hablaba de eliminar la idea de “obligatoriedad” del paisaje en nuestra obra. Yo, decía, “no necesito plantar un coirón –el pasto que tapiza la Patagonia- en mi poema para pertenecer a la literatura que se escribe aquí”.

En el paisaje escribo pero no necesariamente debe aparecer en mi trabajo. Y creo que esa es la sensibilidad que genera en mí este medio ambiente tan magnífico, pisar el freno ante el paisaje que de tan imponente puede operar como distracción o como factor enmudecedor ante la posibilidad de escribir, porque ¿qué decir con palabras frente a la majestuosa mole del Cerro López? O al contemplar el lago cuando está planchado y es un espejo perfecto? O frente a las mudanzas cromáticas del bosque ahora, en estos días de otoño?

¿Cómo quedarse en casa escribiendo cuando el tiempo está bueno y los barilochenses tenemos la obligación moral de salir al aire libre, al sol, a la playa, la montaña, porque mañana, nunca sabés, por ahí nieva… ¿Qué decir? Nada que no sea caer en aquello que, creo, rehuimos, el lugar común del paisajismo, la trajinada postal.

Me conmueve, cada día, ver el lago y las montañas pero no adhiero a la “pura naturaleza, puro paisaje” en mi obra.
Lo urbano aquí, en esta ciudad, pesa, y mucho. Y de eso da cuenta precisamente el libro que acabo de presentar, “Pampa de Huenuleo”.

Admito sí, que al tratarse de mi territorio existencial, aquí donde transcurre mi vida, este es mi lugar de enunciación, el lugar desde donde escribo, y la contundencia de la naturaleza se filtra como puede pero inevitablemente en lo que escribo; por último, para cerrar, diría que: huí de donde era, para escribir, y elegí este paisaje para hacerlo, pero no para mostrarlo especialmente en lo que escribo.
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Por Vera Giaconi

Cuando tenía nueve meses, le pasaron el dato a mi viejo de que lo andaban buscando y se vino escapado a Buenos Aires, sin saber que huía de una dictadura para meterse en otra. Mi mamá lo siguió pocos días después. Eran dos chicos de veintipocos años, y decidieron que para resolver más rápido cuestiones como conseguir casa y trabajo, lo mejor era dejarme. Por un tiempo (la discusión sobre si fueron semanas o meses sigue dando coletazos), viví con mis abuelos maternos en Mercedes, el pueblito donde se había criado mamá y de donde se llevarían, poco después, a mi tío, que fue un preso político por más de seis años en la cárcel Libertad.
Cuando mi mamá volvió a buscarme, yo ya hablaba. Era una bebé parlante.
A veces me pasa, cuando estoy en una reunión, en un bar o en la calle, y veo a un bebé al que le calculo unos diez meses, con ese aspecto de muñecos que tienen antes de empezar a parecerse a personas en miniatura, y me los imagino hablando, diciendo palabras y frases, me parece terrorífico. Ningún chico debería hablar antes de que le crezca el pelo, de que se le deshinchen un poco las mejillas, de que pueda caminar y usar ropa como la de los adultos. Un bebé que habla da susto.
Y yo fui un pequeño monstruo, que se agarró del lenguaje antes de tiempo porque demasiado pronto necesitó decir con claridad alguna cosa. Qué cosa, no lo sé, aunque lo imagino. Lo que sí sé es que, desde entonces, mi relación con la palabra fue no sólo precoz, sino intensa y de una atención exagerada.
Al principio fue hablar, hablar y hablar. Está lleno de relatos donde lo que causa gracia, orgullo o perplejidad, es que yo hablara tanto. Y entonces empezaron a aparecer las cartas, es decir, la palabra escrita. Las cartas que llegaban de Uruguay y las que se mandaban al otro lado del río. Las que permitieron ir construyendo vínculos hechos de pequeñas informaciones y mucho amor con los que estaban lejos.
Aprendí a leer y a escribir con ansiedad. No quería dictar mis cartas a otro sino escribirlas yo misma, también quería leer cada frase que estaba dedicada a mí en las cartas que me tenían de destinataria y en las que recibían mis padres. Es que las cartas fueron para mí la primera forma de leer y de contar historias. Porque ¿quién dice la verdad en una carta, cuando la función que se espera que cumplan, al menos en aquella época y en ese contexto, es la de dejar a todos tranquilos, la de aliviar las tristezas de la distancia, la de construir un mundo y una vida que no se comparten pero que se desea compartir?
Las cartas eran cuentos con principios y finales felices, todas.
Pero cada una, además, si se leía con atención, mostraba el mundo verdadero de quien la había escrito, las preocupaciones reales que estaban detrás de la fachada de informativo optimista y la clase de vínculo que habríamos podido tener si hubiéramos vivido todos en el mismo tiempo y lugar.
Las de mi abuelo materno, por ejemplo, describían la rutina de un montón de animales que vivían en su ascensor (cuando al fin pudimos volver a Uruguay, descubrí sin rencor que vivía en un tercer piso por escalera). Las de mi abuela materna, que empezaba a sufrir de Alzheimer, eran retacitos de cariño en letra enrulada y fina, que se colaban en los márgenes de las largas parrafadas de su marido. Las de mi abuela paterna estaban llenas de preguntas por la escuela, la salud, y por la calidad de las bombachas, camisones o pañuelos que me había regalado en sus visitas. Las que les hacían escribir a mis primas tenían frases hechas que seguro les dictaba mi tía. Y las de mi tío preso describían paseos por la playa, asados y festejos que alguna vez podríamos compartir y siempre dedicaba un momento a repasar los cambios que había descubierto en las últimas fotos que le habían hecho llegar de mi hermano y de mí.

Si en un principio lo que me despertó al lenguaje fue un reflejo, una intuición de ese bebé-monstruo-parlante que necesitaba decir vaya uno a saber qué y por qué, lo que siguió fue deliberado. Porque la palabra escrita me resultó no sólo poderosa, sino casi mágica. Tiene aliados como la puntuación, que es su propia forma de respirar, no puede ser interrumpida ni alterada ni interpretada antes de tiempo, y a la vez puede ser completada con los deseos, intenciones o necesidades de quien lee, volviendo el diálogo más lento, sí, más complejo, pero también más intenso y profundo. Y cuando entendí esto, y pude ver cómo con papel y lápiz se podían construir realidades y personalidades, alimentar o raspar vínculos, abrir o romper un corazón, y en especial contar historias que perduran, quise conocer mejor y mejor a las palabras que lo hacen posible y quise aprender a usarlas.

Cuando empecé a escribir mis propias historias, ya sin un destinatario ni a la espera de meterlas en un sobre para hacerlas cruzar el río, encontré lo que me rescató de un dilema que no habría tenido solución: ¿de dónde soy? Extranjera en Uruguay por haberme criado en la Argentina, extranjera en la Argentina por haber nacido en Uruguay, la escritura fue mi territorio neutral. O mejor, fue y sigue siendo MI territorio. Un territorio escabroso, incómodo a veces, que me desborda o me llena de preocupaciones que no sé resolver, que me puede dejar muy sola o rodeada por las mejores compañías, confuso, pero el mío. Porque es el único lugar donde me hago preguntas sobre todo, pero no me hago demasiadas preguntas sobre mí.

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