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La ciencia de la escritura: cruce epistolar

abril 19, 2017

Filba Nacional Bariloche 2017, Textos | Filba |

Por Esteban Castromán & Guillermo Abramson

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Carta 1 – 16 de marzo de 1917

De Esteban a Guillermo

Querido Guillermo,

Antes que nada, quería comentarte algo peculiar: en cierta coordenada espacial somos compañeros de trabajo. ¿O debería decir “seríamos”? ¿O, tal vez, “habríamos sido”? Esto que parece una simple elección de términos, en verdad tiene que ver con la intersección de dos variables: mi infancia y los universos paralelos.

Variable uno: mi infancia.

A los diez años leí el primer libro que me marcó para siempre: una enciclopedia de Física básica de los años 50. Avanzaba en sus páginas encandilado con descripciones misteriosas e ilustraciones mágicas que parecían desocultar el animismo técnico de los artefactos cotidianos. También encapsulaba un universo de sentido que al poco tiempo se transformaría en obsesión por las máquinas y, más tarde, en imaginario de ciencia ficción.

“Ingeniero maquinólogo”, repetía mamá que iba a ser de grande mientras me veía bocetar planos y desarmar heladeras, minicomponentes y licuadoras en el patio de mi casa. Una vez que terminaba el artefacto, lo unía mediante cables a un mapa del continente africano con división política sobre el cual anotaba en lápiz negro “Pirámides de Egipto – 5000 años A.C.”, convencido de que, en algún momento, mi máquina del tiempo funcionaría.

Pero no, nunca me llevó más allá del patio. Una puerta metálica daba a la cocina, donde mi abuela y mi hermana menor espiaban agazapadas, luego de abrazarlas fuerte tras decirles que estaba por viajar hacia un lugar y un tiempo lejanos, porque realmente creía en la eficacia del experimento.

Y me pregunté si acaso las películas y series que miraba estaban traicionándome, mentían acerca de lo posible.

Realidad, fantasía, mitos, ciencia, imaginación: una ensalada de conceptos tomaba forma más allá de la frustración causada por los múltiples intentos fallidos.

En esa época creía vislumbrar cómo sería mi carrera profesional: técnico, ingeniero, físico nuclear (así, sin escalas). A la distancia me sorprende tal pensamiento calculador, ingenieril, bastante extraño para mi yo del presente. Pero lo cierto es que en el año ochenta y cinco, aún era un niño que soñaba con ser Físico Nuclear en un lugar extravagante llamado Instituto Balseiro, ubicado en una ciudad lejana llamada Bariloche.

Variable dos: los universos paralelos.

Nuestro tiempo está atravesado por una resonancia conceptual que, si bien se origina en la Física, su atmósfera también responde a otras influencias: revistas de divulgación científica, charlas de café, fiestas pioneras de música electrónica, juegos de rol, la perspectiva abierta e interdisciplinaria de los “Sistemas Complejos”, la música noise, ciertos proyectos arquitectónicos, algunas drogas mansas o alucinógenas bien administradas, libros y películas y series de ciencia ficción, la anarquía informacional que desborda Internet, entre tantas otras cosas.

Si bien la posibilidad de que existan universos paralelos podría estimular formas de razonamiento confabulatorias y algo paranoicas, considero que es algo positivo, porque solo al mezclar tales lógicas con la inercia rupturista y el germen transformador es posible disparar lo nuevo.

Toda innovación tiene un origen paranoico.

Ahora bien, ¿cómo interviene cada decisión que tomamos en nuestro devenir de espacio-tiempo, en el trazado del andarivel narrativo por donde transcurre la vida? ¿Qué pasa con todos aquellos relatos que podrían haber sido de una manera, pero fueron de otra debido a decisiones particulares? ¿Es científicamente posible que todos esos bloques de existencia omitidos sigan ocurriendo en frecuencias subterráneas o en múltiples universos paralelos? ¿O todo ese resabio de potencial muerto al final drena en una gran papelera de reciclaje cuántica donde se van acumulando las experiencias que no fueron, que no son, que no serán?

Por eso al principio te decía, algo en chiste, algo en serio, que en cierta coordenada espacial somos compañeros de trabajo. Como verás, tengo más dudas que certezas. Pero también, me gustaría conocer tus universos paralelos. No hay nada más lindo que lo potencial.

Un abrazo y muchas gracias,

E

PD: en la catarata de hipervínculos, me llamó la atención este fragmento que leí en Wikipedia/ Teoría de las Supercuerdas: “La mente humana tiene dificultad visualizando dimensiones mayores porque solo es posible moverse en 3 dimensiones espaciales. Una manera de tratar con esta limitación es no intentando visualizar dimensiones mayores del todo sino simplemente pensando, al momento de realizar ecuaciones que describan un fenómeno, que se deben realizar más ecuaciones de las acostumbradas. Esto abre las interrogantes de que estos ‘números extra’ pueden ser investigados directamente en cualquier experimento (donde se mostrarían resultados en 1, 2, 2+1 dimensiones a científicos humanos). Así, a su vez, aparece la pregunta de si este tipo de modelos que se investigan en este modelado abstracto (y aparatos experimentales potencialmente imposibles) puedan ser considerados ‘científicos’”.

Entonces, para cerrar, dejo abierta una reflexión: la literatura como dispositivo ideal para “ensayar” ecuaciones científicas complejas, ya que permite la construcción de escenarios artificiales donde testear cualquier tipo de experimento, según diferentes modelos abstractos, incluso los que involucran espacio, tiempo, personas, materia, cálculo, fotosíntesis, uñas, ideas, tallos, aromas, microchips, la letra “o”, mapas, sangre, vidrio, la primera edición del Manifiesto Comunista, un telescopio, todo aquello que el telescopio promete se verá a través suyo, todo aquello que en verdad puede verse a través del telescopio, esa diferencia entre la promesa y lo real, la transformación de esa diferencia en porcentaje, ese número que antecede al signo “%”, la correspondencia de ese número en la tabla de sueños que suelen utilizar los comercios de quiniela y lotería para alentar e inspirar a los ludópatas, el estilo de ilustraciones en la tabla de sueños y su vínculo con la estética de calesitas barriales, las calesitas barriales como sistema estético en sí, el morbo de la melancolía, la tristeza, estrategias químicas para disolver el aburrimiento, el término “responsive” para explicar que un sitio web se puede navegar sin dificultad tanto en la computadora como en el celular, personas que gritan cuando hablar por celular, revistas de negocios, suplementos económicos de diarios importantes, columnas de opinión en suplementos económicos de diarios importantes, fotos en primer plano de los autores de columnas de opinión en suplementos económicos de diarios importantes, seis huevos de campo en dos filas de tres recubiertos con el papel de un diario importante, hombres de traje y chicas de vestidito elegante leyendo diarios en bares con nombres en inglés o francés, un cartel de chapa algo despintado donde se lee: “Bienvenidos a Buenos Aires”, y mientras tanto el sistema solar, el oxígeno, la gravedad, la Ley del Ohm, miles de nociones exageradas acerca del electromagnetismo, los gérmenes, los papers académicos, los despachos de abogados, los miedos, los terremotos, las escaleras, la tarjeta SUBE, la gilada, la cultura rock, los libros sobre rock, el Samovar de Rasputín en La Boca, la fantasía de teletransportación, los punteos de guitarra en canciones de blues, las botellas de cerveza vacías, el olor a porro, el eco de sirenas policíacas a lo lejos pero no tanto, la persecuta sin fundamento, una sensación de culpa por las dudas, la sospecha de estar siendo víctima de algo impreciso, carteles de neón que dicen: KIOSCO, el estribillo de una canción de Tom Waits, un ensayo sobre el Big Bang, la noción de muerte, el mundo, otros mundos, la imaginación, un cementerio lunar de máquinas fallidas, niños que sueñan con ser físicos nucleares en el Balseiro para luego dedicarse al oficio de la escritura, alienígenas que aman escribir listados inagotables como este.

 

 

Carta 2, 17 de marzo 2017

De Guillermo Abramson a Esteban Castroman

Querido Esteban:

Bueno, esto es una sorpresa. Realmente, aunque no nos conocemos, aunque nunca había leído tu nombre hasta que FILBA nos puso en contacto, parece que nuestras líneas de mundo se cruzaran una y otra vez en un universo paralelo.

Vista allá en el fondo del Túnel del Tiempo, la propia infancia parece un universo paralelo, ¿no? Varios, de hecho, varios mundos, donde uno era (es) un arqueólogo subido a una cornisa en las ruinas de Nínive, tripulante de una balsa cruzando el Pacífico, inventor o corresponsal de guerra. O es como Pasteur, Ramón y Cajal o María Curie, cuyas biografías leí una y otra vez apenas pude leer de corrido.

A los 12 años me compré un libro de Platón: hay gente que dedica su vida a pensar. Vi Lawrence de Arabia: hay gente que dedica su vida a luchar. Leí El hombre ilustrado: hay gente que escribe cosas extraordinarias. Eran los años 70, eran tiempos extraordinarios.

Recuerdo nítidamente leer, en los quinchos del club Muni un domingo de 1977, una nota en la primera página de La Prensa, ilustrada con una foto borrosa: la partida del Voyager 2 en su exploración de los planetas gigantes del sistema solar. Hacía un par de años dos robots habían aterrizado en Marte y un puñado de hombres había caminado y trabajado en la Luna. La Luna, los planetas, el universo, no eran luces en el cielo sino lugares, lugares a donde se podía ir; parecidos al Mundo, y a la vez distintos. Estas cosas, naturalmente, capturaban mi imaginación. Y aunque no lo supe entonces, pero lo sé ahora, otra noticia en el diario señalaba cuál de todas las hebras iba a perdurar.

El título decía: “La Luna ocultará a Júpiter a fin de mes”. Fenómeno, algo lindo de ver. Pero lo que me fascinó no era el espectáculo astronómico sino algo más abstracto: “¿CÓMO LO SABEN?”.

Tal vez la infancia se acaba cuando todas esas hebras se deshilachan, van quedando cada vez menos hasta que queda sólo una, a la que uno se aferra para no perderse en las dimensiones del mundo real, como un Teseo adolescente, y la convierte en una carrera para ir remontando el Laberinto. Al mismo tiempo, al desvanecerse esas hebras de sueños infantiles, se vislumbran las hebras de los demás, formando el vasto tejido de la cultura alrededor nuestro. Y en este tejido se destaca la literatura. La literatura encarna todos esos mundos paralelos, invisibles, intangibles, pero de algún modo visitables, que por un momento pareció que estaban desapareciendo al final de la infancia.

En la literatura vamos de uno a otro, vivimos esas otras vidas. ¿No te pasa que visitás una casa donde NO HAY NI UN SOLO LIBRO?, y te preguntás, ¿cómo vive esta gente en un solo mundo?

Veo en el Aleph vertiginoso del final de tu mensaje una representación de eso: la multiplicidad de la trama del mundo, del imaginario de cada uno hirviendo en la cabeza, entrando y saliendo de los libros, de la Web. Requiere un esfuerzo de resignación para no caer en la desesperanza de lo que no se alcanza a leer, a escribir.

Bueno, ¿y cómo lo saben? A los 13 vislumbré el camino en un libro que me prestó mi profesora de matemática de primer año, cuando vio que me interesaba la ciencia (no dejo de preguntarme qué habrá visto exactamente). Era un libro de divulgación de George Gamow (se pronuncia “gamóf”), un físico famoso, aunque yo no lo sabía entonces.

El título era tan sencillo como atrapante: Uno, dos, tres, infinito. No era el primer libro “para grandes” que leía (¡un año antes me había tragado La República!) Pero creo que fue el primer libro de ciencia para adultos que leí. “Acá está la papa” debo haber pensado: números imaginarios, cubos de cuatro dimensiones, infinitos más grandes que otros, la topología, la cosmología, la relatividad, la genética, la física nuclear… todo explicado y demostrado con un rigor inusual.

Era la puerta de entrada ideal a un mundo nuevo, el de la matemática más allá de las operaciones elementales, el de la matemática como una herramienta de la imaginación. ¿Es difícil visualizar más de tres dimensiones? Sí. Pero no importa: tenemos la matemática. ¿Es imposible visitar esos mundos paralelos? Sí. Pero tenemos la literatura.

Abrazo y hasta pronto,

Guillermo

 

 

Carta 3, 29 de marzo 2017

De Esteban a Guillermo

Hola Guillermo,

Desconozco si se trata del pragmatismo de la ciencia versus el rodeo de la literatura, sin ánimo de generar un antagonismo de velocidades, pero lo cierto es que vos respondiste a las pocas horas de haber recibido mi correo y yo tardé más de 12 días en volver a escribir. La tuya fue una respuesta admirable y con pulso eléctrico; la mía, esta misma respuesta, se tardó por burocracia especulativa en la aduana del pensar.

Sucede que algunos fragmentos de tu carta reverberaron sin parar: “la propia infancia parece un universo paralelo”, “la literatura encarna todos esos mundos paralelos (…) que estaban desapareciendo al final de la infancia”, “¿cómo vive esta gente en un solo mundo?”, “la matemática como una herramienta de la imaginación”, “¿cómo lo saben?”, “¿cómo lo saben?”, “¿cómo lo saben?”.

Y me preguntaba por su materialidad, ese algo extraño que les permitía multiplicarse en mi cabeza, si acaso tendrían alguna forma específica o una representación inicial perceptible por el sentido de la vista. Pero no. Tenían más que ver con la propagación de ondas mecánicas y su fluir a través de mi cuerpo. Eran fonemas auditivos, remanentes sonoros que viajaban en circuito cerrado.

Digamos que tales vibraciones eran ruido, y como para mí el ruido es música, tales vibraciones eran (y son) música. Pienso que la música lo es todo. Incluso la ciencia debería tener estribillos. Pienso que la música es el modo absoluto de habitar este mundo. Y digo este mundo para acordonar mi afirmación dentro de parámetros culturales conocidos.

No me animaría a especular cómo sonaría la cultura rock en otros planetas, ni cuáles ni cómo serían las canciones más populares en el resto de las galaxias, ni si cada estrella tendrá su propia banda de sonido durante las explosiones nucleares de rutina.

Pero, seguro afirmar que la música lo es todo, sea una exageración. Porque quizá nada sea todo. Porque tampoco sería posible perpetuar la experiencia de la música si no fuera por la literatura que elabora sus mitos. Y mucho menos si no existieran leyes físicas y fenómenos calculables a partir de la matemática que otorguen condiciones necesarias (quizá no suficientes, pero esta sería una discusión que transciende el presente intercambio) para la subsistencia de la Humanidad en su entorno.

Confieso, Guillermo, que no fue mi intención bajar línea respecto a la importancia de la música por sobre el resto de las dimensiones ni que haya influido estar releyendo Silencio de John Cage por quinta vez. Tan solo se trató de un exabrupto de pasión frente al teclado y la pantalla: no te rías, pero creéme que a pesar de la imagen fosilizada que esto sugiere, por dentro me sentía como frontman de grupo hardcore que se tira desde el escenario haciendo mosh sobre su público en un barcito donde tocan mil bandas por noche.

Pensándolo bien, en verdad, la pasión lo es todo. Porque si todo tiene que ver con darle sentido al mundo, ¿acaso existe peor cosa que vivir en este mundo sin pasión, sin cualquier tipo de entusiasmo erótico? Ojo: no me refiero (solamente) al erotismo sexual, sino a los pinchazos microvoltáicos que nuestro universo íntimo descarga en situaciones de adrenalina, vértigo, incertidumbre, desdoblamiento.

Me gustó tu frase “la matemática como una herramienta de la imaginación” porque nos aleja y cuida de los talibanes de la unidad mínima: somos mucho más que conjuntos de átomos que naufragan por ahí.

Mejor la pasión y su musicalidad, ¿no?

Y, por supuesto mucho mejor que cualquier tipo de reduccionismo, la musicalidad propia de las cosas que nos hacen bien. Esto es musical, Guillermo, al menos yo lo pienso así. Me refiero a este Cruce Epistolar organizado por FILBA y curado por Diego Erlan, a quienes agradezco lo hayan hecho posible.

Diálogos telepáticos, viajes en el tiempo, zapada de ideas, libros fundacionales, imaginarios cruzados que ecualizan en el delirio coherente, preguntas, más preguntas, la memoria, este preciso momento en FILBA, el trampolín chiflado de la ficción, cumplir el sueño de los alquimistas que transmutan unos elementos en otros, nuestra distancia respecto a la estrella más cercana medida en años luz.

Miles de estrategias para no pensar en todo lo inevitable: así transcurre la vida. Ahí está: ¿no sería el estribillo perfecto de la ciencia uno que enseñara cómo evitar el miedo a la muerte?

Mientras tanto, disfrutemos del sol y de la próxima nieve.

Nos vemos pronto en Bariloche. Te llevo libros.

Abrazo enorme y gracias, E

 

 

Carta 4, 1 de abril de 2017

De Guillermo a Esteban

Hola, Esteban, qué tal. Me intriga y me alegra que mi carta haya reverberado de manera casi auditiva. No, claro, no creo que la música sea todo. Pero es una buena parte. Siempre me lamenté de no poder tocar ningún instrumento. Intenté tocar la guitarra, el piano… En el subte de París me compré una armónica que, cuando estoy solo en el laboratorio, soplo sin molestar a mis compañeros. Pero no se me da.

Por suerte la música es algo que se puede disfrutar, aunque uno no pueda hacerla. Igual que la literatura por supuesto, y el arte todo. Y yo estoy convencido de que también la ciencia. Si uno sabe contarla, la ciencia atrapa a cualquiera. Inclusive en un nivel más técnico, si se quiere: se puede disfrutar de una demostración matemática como si fuera de una pieza musical. Yo intento transmitir esto en mi blog y en mis libros, no sé con cuánto éxito.

Y, en realidad, no me refiero a disfrutar de un teorema como si fuera una sonata. Eso es algo que tal vez me pasa a mí y a otros no, y tal vez sea una exageración. En realidad, digo, lo que intento rescatar es el valor cultural de la ciencia. Me parece que estamos tan sumergidos en una civilización tecnológica que hemos terminado por asimilar la ciencia a la tecnología, perdiendo de vista su valor cultural. En cualquier municipalidad, el Secretario de Cultura está contento si puede organizar unos recitales y un concurso de pintura, pero nunca se le ocurre convocar a charlas de ciencia. La verdad que estoy encantado de la iniciativa de FILBA de ponernos en contacto para este evento, un escritor con sueños científicos, un científico que no para de escribir.

¿Qué estará esperando el público que venga a compartir con nosotros la fase final de este encuentro epistolar? ¿Qué estará pensando ahora, cuando se acerca el final de la parte leída? Me imagino que muchos están más cerca de la literatura que de la ciencia: es el FILBA, ¿no?

¿Les dará curiosidad saber cómo escribe el científico? ¿Cuándo y cómo le vienen las ideas, las palabras? Yo aprendí escribiendo mi obra científica que no tiene nada de malo empezar por el medio. Diría, inclusive, que HAY que empezar por el medio. Así que también cuando escribo en castellano trato de redactar fragmentos en mi mente en situaciones cotidianas: cuando me estoy duchando, o manejando, o en el gimnasio. Los repaso, los miro por alrededor, los perturbo a ver si son estables o inestables; a veces son unas pocas palabras que se me repiten. Estoy seguro de que a los compositores les pasa lo mismo. Con suerte, rara vez, doy con unas frases bien logradas, y me desespero porque no se me escapen, porque más de una vez, cuando me siento frente a la pantalla, andá a saber a dónde fueron a parar.

Ahora sí, seguro que los aburrí a todos.

La seguimos la semana que viene,

Guillermo

 

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