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Zoología Fantástica

abril 19, 2017

Filba Nacional Bariloche 2017, Textos | Filba |

¿Te quedaste con ganas de leer lo que escribieron Rosario Bléfari​, Diego Erlan​ y Josefina Licitra​ en la mesa de Zoología Fantástica? Te compartimos los textos que escribieron en el festival, mientras Pablo Bernasconi los ilustraba.

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UNA NOCHE PERFECTA
Por Josefina Licitra

Hace siete años que el Gallego tiene esta casa. Le dijeron que la Patagonia era una buena inversión y compró un terreno gigante frente al lago. Al principio había apenas una cabaña maltrecha a la que vinimos a parar con Julián y Sebi cuando Julián perdió el trabajo. Mi marido la acondicionó para que pudiéramos vivir durante la obra. Después, cuando ya estuvo todo construido, el Gallego, que vive en España, ofreció dejarnos como cuidadores.
Yo me encargo de limpiar el caserón y la pileta climatizada, y Julián se ocupa de cortar el pasto y, con la llegada de la primavera, vigilar que los turistas del camping de al lado no se metan en el lote. Como la costa es pública, la gente pasa caminando por el borde y a veces se tienta y se escabulle entre los árboles del parque. Llegué a encontrar cajas de pizza o de vino detrás de los pinos. Algunas mañanas también junto cosas asquerosas.


Cuando viene el Gallego, normalmente una semana en el verano, él mismo se encarga de correr a las personas que circulan por la costa. No le importa qué diga la ley: da unos gritos y devuelve a todo el mundo al camping, que es un lío de mantas, ojotas, arena y termos para el mate. Yo trato de mirar poco porque en esa playa están los amigos de Sebi. No podemos invitarlos para no armar confusiones: si viniera uno solo, todos en el pueblo querrían venir también, y perderíamos la casa y el trabajo.
En la zona dicen que el Gallego es garca. Les cae mal que sea extranjero y que haya comprado tierras, pero a mí que sea de afuera no me importa tanto. Los ricos son siempre extranjeros: viven en un país que no es el mismo que el nuestro. Si pudiera elegir, además, volvería a quedarme con él porque es bastante agradable. Cuando viene muchas veces come con nosotros o le pide a Julián que le haga asados en la playa. Y hace cinco años, cuando tuvo a su hijo, le puso Nahuel, como el lago.
A Sebi le gustaba que el Gallego viniera con su esposa y con Nahuel. No le dimos hermanos, así que pasar unos días con un bebé –Sebi le lleva seis años— lo hacía sentir el mayor de su especie. Se notaba cada vez que el Gallego sacaba la moto de agua del galpón. Sebi dejaba a Nahuel en el piso, le decía no sé qué cosa de que él era chiquito, y se iba con el tipo. Siempre era una única vuelta porque pronto los ambientalistas hacían la denuncia a Prefectura y el Gallego tenía que pagar y guardarse hasta el año siguiente. Pero esa salida, antes de la multa, era inolvidable. Vistos de lejos parecían uno de esos dibujitos japoneses, parte persona y parte máquina, corcoveando sobre el agua helada.
Sebi volvía del paseo fascinado. Entonces yo le preguntaba si había visto al Nahuelito: si había divisado las escamas oscuras moviéndose en el fondo. Él cada año respondía algo distinto. Que había visto un animal violeta, con bigotes largos y duros como pedazos de escoba. O que el bicho era igual que un dinosaurio, o que tenía ojos grandes como un tanque australiano, o que había abierto la boca y en el fondo se intuía el brillo del Eolo: un globo aerostático que una vez cayó al agua y desapareció para siempre. Me alegraban los cuentos de Sebi: el que sabe fantasear algún día quiere viajar; y a mí me gustaría que mi hijo salga al mundo. Siempre, en algún lugar de mi cabeza, lo imaginé como un Cristóbal Colón conquistando tierras remotas.
O al menos así fue hasta hoy. Porque hoy pasó algo que me dejó sin ideas.
Hace pocos días, como todos los veranos, el Gallego llegó con su familia. Y esta mañana, cuando fue a buscar la moto, Sebi se preparó siguiendo el ritual de costumbre: dejó a Nahuel, que ya tiene seis años. Se puso el chaleco salvavidas. Y empezó a caminar en dirección a la playa.
Pero ahí el Gallego estiró un brazo y mostró la palma de la mano.
—Momento —dijo.
Le hizo señas a su hijo para que se acercara. Yo estaba barriendo la galería y vi todo: lo vi a Sebi decir que Nahuel era chico, y lo vi a Nahuel darse vuelta como un gladiador del tamaño de un Playmóbil y decir:
—Pero la moto es mía.
Sebi giró la cabeza y me miró con desconcierto. Le respondí alzando los hombros, con una sonrisa que armé como pude, y seguí sacando polvo. Al fin y al cabo el chico tiene razón, pensé. Pero con el paso del rato, cuando veía al nene dando vueltas en el agua y veía a Sebi sentado sobre una piedra mirando cómo se le escapaba su viaje, algo me empezó a tomar el cuello.
Y yo sé qué pasa cuando el cuello me crece.
Esa noche, por pedido del Gallego y su esposa, comimos un asado hecho por Julián. Había luna llena y el lago parecía un espectro, y la mujer aplaudía como si estuviera en un tablón de flamenco o en un circo.
—Qué bonito –repetía—. Pero qué bonito.
Por momentos el silencio era tan grande que parecía un cielo. Entonces —habrá sido el vino— mi boca habló.
—Es una noche perfecta para que salga el Nahuelito —dije.
Julián sacó la vista del fuego y señaló con la mirada al nene, ocupado en comer un choripán con huevo frito encima (el nene es un poco gordo, pero ese es otro tema). Sebi también me miró, pero en su cara no había reprobación: algo en él, como en mí, se estaba haciendo fuerte.
—¿Qué Nabhuelito? —dijo el nene, con la boca llena de comida.
—Hablan de tí, cariño —se apuró la señora, y le tocó la cabeza con un gesto nervioso—. ¿Es que acaso no le han visto, comiendo su choricito? —siguió. Después me apuntó con los ojos como si me estuviera dando una orden, y Julián me pidió que fuera a buscar más gaseosa. Pero Sebi sonreía, y mi boca volvió a hablar.
—No, yo decía el monstruo —miré al nene—. Acá en el lago dicen que hay un monstruo que se llama como vos, ¿lo viste?
El chico endureció la mandíbula, como si el chorizo que tenía en la boca se hubiera hecho piedra, y miró a sus padres sin mover la cabeza, y finalmente contestó:
—Creo que no.
De ahí en más, los gallegos se esforzaron por contar historias felices: la de un viaje a Disney, la de unas tortugas grandes en una playa que ni sé dónde queda. Pero Nahuel sólo miraba el lago, liso como un espejo, y agrandaba los ojos como si fueran dos tanques australianos, y se dejaba arrastrar por algo: ojalá no haya sido el espanto.
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El cuchivilu o el sentido de los monstruos

Por Diego Erlan

 

Nunca hasta ahora había escuchado hablar sobre el Cuchivilu. No es un insecto. No es un malestar estomacal. No es una forma de la resaca. Se trata de un animal monstruoso, un ser mitológico de la patagonia chilena proveniente de las islas del Pacífico Sur. Entre los pueblos huilliches circulaba la leyenda que el cuchivilu emitía un extraño grito, una suerte de mantra que decía: “cru cru cru” y aquel que lo escuchara estaba destinado a morir en poco tiempo. Mitad chancho y mitad culebra, este producto surgido de la afiebrada mente del demonio, es un ser degenerado, contrario a la naturaleza, que vive en cuevas cerca de los pantanos y se arrastra por la costa destruyendo las trampas de los pescadores para comerse los peces y contaminar las aguas. El nombre proviene de dos voces mapuches diferentes que, como el ser en sí, une dos naturalezas distintas para crear algo horroroso, inconcebible. Sabemos que el cristianismo tenía al puerco como un animal inmundo mientras que la serpiente era la representación de satanás, un animal condenado a arrastrarse de por vida y lamer el polvo. Los pueblos donde circuló este mito del cuchivilu necesitaban encontrar las causas de ciertas fatalidades y esta figura las sintetizaba. Como entiende Evaristo Molina Herrera en un trabajo sobre la mitología chilota, los huilliches tenían espíritu aventurero y carácter fatalista, siempre tendiente a admitir lo inevitable con resignación. Para ellos la naturaleza era algo vivo lleno de magia, misterio y horror. El archipiélago de Chiloé, donde circuló la leyenda del cuchivilu, tiene características volcánicas y sísmicas y está rodeado de un mar que oscila entre la calma y la hostilidad.
Las misiones jesuíticas llegaron a la zona hacia fines de 1595. Cuarenta años antes ya circulaban por Europa los bestiarios de monstruos y prodigios con ilustraciones de animales reales o imaginarios que tenían un objetivo moralizante: cada figura estaba relacionada con significados relativos a la formación de virtudes y denuncia de vicios. Esas mismas láminas llegaron con la evangelización y funcionaron de la misma manera pero se aplicó en ellas un proceso de traducción por parte de las culturas nativas. Desde hace años me pregunto cómo exponer esa traducción. Uno de los casos más interesantes fue el de la Trinidad. Evangelizar un dogma que plantea que Dios es uno y trino resulta de una complejidad absoluta. Una de las formas encontradas para representar esa idea delirante fue el de un cuerpo con tres cabezas o, más extraño aún, la de una cabeza con tres rostros. Se puede rastrear la existencia de esta figura, conocida en la historia del arte como la Trinidad Monstruosa, hasta en algunas catacumbas romanas, pero más bien proviene de la tradición hermética del siglo XVI y del gusto del Barroco por las imágenes deformes. Llegó a ser prohibida por el Concilio de Trento. Incluso está el caso de una pintura de Gregorio Vásquez Arce y Ceballos, un pintor de la Nueva Granada, que había compuesto una de esas extrañas representaciones de la Trinidad en la forma de una cabeza con tres rostros. Al enterarse de la prohibición tuvo que disfrazarla y pintar encima de ella la figura de un Cristo Pantocrator, que todavía puede verse en Bogotá.
Las órdenes religiosas no concibieron la evangelización de los pueblos originarios del mismo modo. Franciscanos y dominicos, por ejemplo, eran partidarios de hacer tabla rasa con todo culto religioso de origen precolombino, interpretándolo a la luz de la demonología europea. En cambio, los agustinos y los jesuitas prefirieron sacar provecho de las historias de dioses paganos y mitos culturales. Los huilliches, los chonos o los payos, pueblos mapuches del archipiélago de Chiloé, estaban rodeados de una presencia imponente, impredecible, fuente de alimento y vía de comunicación: el mar. Debía haber una razón para que las trampas con las que atrapaban los mariscos o los peces algunas veces aparecieran destruidas. Atribuían la desgracia a algo o a alguien que la hubiera provocado: un ser mitológico, un espíritu maligno o simplemente un brujo. Esas eran sus creencias y ese es el sentido del mito. Otro tema es el carácter monstruoso del ser. Históricamente los monstruos fueron una presencia necesaria para echarles la culpa de los males. Así fue en 1512, por ejemplo, con el Monstruo de Rávena. Aldrovandi, en 1642, lo supo describir con alas de murciélago, genitales hermafroditas y garras. A medida que pasó el tiempo fue mutando. Se le atribuía la culpa de la guerra entre Maximiliano de Alemania y Luis XII de Francia por controlar la República Veneciana. Suele suceder que llamamos monstruos a lo que no podemos entender, a lo inconcebible, a lo impensable. Y quizás, como ocurrió con el monstruo de Rávena, sólo se tratara de un bebé recién nacido aquejado seguramente con el Síndrome de Roberts, malformación genética que recién empezó a estudiarse a fines del siglo XIX. Volvamos a las islas. El cuchivilu fue un monstruo alimentado por la imaginación de los isleños para tratar de darle nombre a lo incomprensible pero de ese modo lo ubicamos en otro plano, en uno que no podemos enfrentar, propio del carácter fatalista de estos pueblos. Otro aspecto que resulta interesante analizar sería la cantidad de seres mitológicos (o monstruosos) que utilizan alguna característica porcina en su constitución. La Cuyancúa, en la zona de El Salvador, también es mitad cerdo y mitad serpiente, pero su presencia anuncia la lluvia. El sonido que emite la Chancha con cadenas en las vías del ferrocarril produce demencia al escucharlo. Wilcock tiene un cuento que habla de los donguis, unos seres que parecen un lechón transparente, una especie de agua viva, como si fueran gusanos con forma de lechón, ciegos, sordos, que viven en la oscuridad y habitan en las vías muertas del subterráneo. Dice Wilcock que en la estación de Constitución está lleno. Expectantes. Con esas bocas en forma de cilindro cubierta de dientes córneos en todo su interior para triturar a sus presas. Los donguis también emiten un sonido. Wilcock no lo describe pero lo imagino monstruoso. Como una risa. Como ese croar deforme que repite: “cru cru cru”. Pienso que podría ser una traducción urbana del cuchivilu. Pienso también que esos monstruos tienen cierta belleza y que los peores monstruos no son esos sino los que se parecen a nosotros, los que no tienen ninguna forma espantosa, los que viven en el interior de nuestros pantanos.

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Argentinosaurus
Rosario Bléfari 

Un día subí al monte y de pronto, justo cuando terminaba otro refugio entrelazando ramas como mostraba aquél libro, la tierra tembló y se escuchó como si alguien hiciera gárgaras con piedras gigantes. Es posible que pensara en el Tronador en ese momento, siendo una hormiga en un montículo, es casi seguro que pensara en la amenaza superior y desconocida de un volcán que todos suponen dormido. Pero no podía localizar el origen del estruendo, ¿venía de abajo, o de adentro? ¿O era algo lejano que resuena y llega desde los fondos de las nubes?
Es difícil distinguir arriba y abajo en lo profundo. Corrí monte abajo, rodé monte abajo, lastimándome rodillas y codos, sintiendo el ramalazo de las mosquetas en la cara y llenándome de abrojos la ropa y el pelo. Confundí la ladera con las hendiduras del lecho de la vertiente y sentí el fin del mundo pisándome la sombra.

Millones de años atrás el retrato imposible de la vida se adultera. El tiempo brumoso que nunca vamos a recordar. Ese lugar sin humanos, el mundo inaccesible como el de nuestros padres sin hijos.

Llegué al pié del cerro y ya no se escuchaba nada. El día estaba tranquilo, empezaba la tarde despacio como si pudiéramos demorarnos un rato más afuera, sin levantar nada, ni mangueras ni carretillas, ni el hacha que siempre está esperando al lado de la leña. Que no se mojen las astillas, que no las agarre la humedad cuando atardece. El lago con olitas suaves sin reflejos.

Quién nos asegura que no hay algo parecido a un eco que anda rebotando entre los árboles, un temblor en las raíces o una brasa. Si existieron corazones enormes que bombeaban cataratas de sangre desde la punta de la cola hasta la cima de un cuello tan largo que la boca no la vemos y se abre. Y corta. Qué sonidos sin periferia, sin registro fósil todavía. Esas marcas concéntricas vibrando, ¿no están escritas en alguna materia perdurable? ¿A todo nos lleva el viento?

El bosque entero, no hay gigante entre titanes, voy hasta el presente hecho del puro despliegue extraído a partir del hueso roído por el mismo viento. No puedo sentir el miedo pero imagino también mío el terremoto de esos pasos. De punta a punta ¿cuál es cola y cuál cabeza? Terrible lagarto. Las copas te observaron. Copas como brotes jóvenes desapareciendo entre las campanas tubulares de los dientes largos que trozan y destrozan y resuenan. Quién podría asegurar si no fueron tus pasos los que se escucharon el otro día y tus pinos enteros que supiste devorar los que cayeron en el fondo del lago helado. Yo los vi y me contaron. Y aunque no era este tu vecindario vi el abismo que devora en lo profundo donde están cabeza abajo mostrando las raíces. Los arrancados, los caídos, los volados. Hundiéndose, lento, debajo de esa roca que del otro lado del agua también se fuga hacia un oscuro insondable. No sabemos nada de ese abajo. Sin embargo todo es todo eso que ocurre ahora y ocurrió antes donde se concentra en óleo vivo y se bombea como sangre negra de los que están enterrados hace millones de años. Quién podría asegurar la inexistencia de fósiles de sonido en el aire si no sabemos todavía adonde llega el fondo oscuro de los universos. Vibra en lo vivo, dibuja en el aire, piedra y pluma y lo presumo incontable.

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