Filba Blog

Para hacer bien el amor hay que venir al sur

abril 18, 2017

Filba Nacional Bariloche 2017, Lado B, Textos | Filba |

Tres autoras escribieron textos sobre la mística de Bariloche y los viajes de egresados. Experiencias propias, recuerdos inventados y narraciones que dejaron al público boquiabierto en la noche del sábado 8 de abril.

IMG-20170408-WA0172

Para hacer bien el amor hay que venir al Sur
Por Vera Giaconi

Ellos estaban felices. Excitados. Casi no querían hablar de ninguna otra cosa. Ellos coleccionaban anécdotas y recomendaciones, hacían planes y se dibujaban en situaciones que los dejaban al borde de la leyenda. Ellos estaban ansiosos, como un montón de caballos apretujados contra la cerca esperando que la abran para correr, al fin, como no lo habían hecho nunca. Ellos juntaban plata para comprar más alcohol, juntaban recetas para combatir la resaca, hacían listas de todo lo que no habían hecho jamás y que iban a hacer esos diez días, cuando llegaran a Bariloche. Ellos sabían que en ese tiempo tendrían que reunir anécdotas que pudieran durarles toda la vida, como si ya no fueran a tener otra oportunidad.


Como si de alguna forma después de ese par de semanas sólo pudieran volver al cerco del que acababan de salir. Y veían los folletos de las excursiones, de los boliches a los que iban a ir, de las fiestas que se iban a organizar, y sentían que cada cosa se iba a hacer por primera vez y sólo para ellos.

Ellos eran jóvenes, y un poco estúpidos, y hermosos. Ellos no le tenían miedo a nada.
Yo les tenía miedo a ellos.

Porque eran una fuerza que me estaba arrastrando y que nunca se fijaba en lo único que me parecía indispensable: el viaje en sí. No el destino, no los planes, no el desborde feliz de moverse por fuera del radar y la vigilancia, no, el viaje, es decir, el traslado. Ir de un punto al otro y llegar sano y salvo. Romperse después podía ser una elección, una válida, incluso, pero antes había 24 horas de viaje en micro. Y eso, para mí, significaba 24 horas de tiempo y mil formas de no llegar a ninguna parte.

Ellos, tan interesados por las excursiones, la gente con la que iban a coger, los tragos que se iban a tomar, las delicias del culipatín en el cerro, de las cabalgatas y los atracones de chocolate, eran imparables. Y yo necesitaba parar un momento, sólo un par de segundos cada vez que salía el tema, y repasar cuestiones que estaban relacionadas con las únicas preguntas que no estaban haciendo y que yo necesitaba resolver. Pero confieso: tampoco podía frenar todo y preguntar por mí misma, lo que necesitaba era infiltrar mis dudas para que se volvieran parte de lo que ellos querían saber y encontrar así mis respuestas.
Preguntar yo era romper el hechizo y perder para siempre mi fachada de chica recia, de rockerita audaz, de temeraria que corre de la policía en una marcha o se mete en medio del pogo más grande del mundo y grita “no lo soñé-e-ee-e”. El viaje a Bariloche, o mejor, las angustias que necesitaba atender para poder pensar en subir al micro con todos ellos y viajar, eran lo mismo que quedarme sin mi disfraz (y nadie puede sobrevivir a los dieciocho años sin un disfraz).

Infiltrar mis preguntas fue imposible: en ese momento ellos eran impermeables al miedo, a cualquier miedo.

Desde muy chica, mi relación con los viajes fue una colección de despedidas sin retorno. La familia que quedó en Uruguay cuando mis viejos se exiliaron en la Argentina, los tíos y primos postizos con los que me crié en Argentina y que se volvieron a Uruguay con el regreso de la democracia, el abuelo que se despidió en el puerto y murió poco después de cruzar el río, el amigo de la familia que se despidió en un aeropuerto rumbo a Suecia y de quien no volví a ver ni una foto… No sé cuándo empezó a ser así, pero en algún momento, para mí viajar y morir se fueron pareciendo hasta que la imaginación se encargó de asociarlos definitivamente con una frondosa variedad de peripecias y ningún final feliz. Me recuerdo a los siete o nueve años, cruzando el río en Aliscafo rumbo a Montevideo e imaginando el naufragio y las pirañas (alguien me había dicho que en el Río de la Plata había pirañas y me pareció tan lógico que jamás intenté chequear el dato) rodeando a los náufragos para devorarnos por turnos, el agua marrón volviéndose rojo sangre. Me sentaba muy quieta en alguna de las butacas y miraba a los pasajeros calculando a cuál se comerían primero. Los más gordos eran mis víctimas principales, porque son lentos y tienen más comida para ofrecer. Pero enseguida estábamos los más chicos, que éramos bocaditos tierno y fáciles. Cuando viajábamos en auto, no había una sola vez en que, mientras estábamos cruzando el gran puente, no imaginara que mi viejo perdía el control del Taunus y terminábamos todos volando por el aire y muertos al caer. Si alguien querido se subía a un avión, catástrofe. Hasta que no recibía la noticia de que había llegado bien para mí estaba en el limbo de todas las muertes que le iba creando con el paso de los minutos.

Veinticuatro horas de viaje en un micro cargado con todos ellos, que estaban eufóricos, era lo mismo que imaginarme en lo más alto de una gigantesca rueda de la fortuna compartiendo el carrito con un gorila nervioso. Y todo sin haber podido hacer mis preguntas, las que harían caer mi disfraz, las de la ancianita vieja y temerosa que vivía adentro de la adolescente perpleja que yo era: ¿el micro es bueno? ¿tiene baño? ¿hacen paradas para bajar y tomar aire? ¿los choferes se turnan para descansar? ¿la ruta es segura, está bien señalizada? ¿cuál es la estadística de accidentes en ese recorrido?

Hay juegos que se juegan mucho tiempo. Con algunos amigos de la infancia era el de los superhéroes. Y mientras ellos probaban poderes como volar, atravesar paredes de una piña o ser invisibles, el mío siempre era el mismo: teletrasportación. Si hubiera podido teletrasportarme a la terminal de Bariloche para esperar ahí el micro donde todos ellos viajaban y recibirlos con un abrazo que sería el inicio de todo lo demás, las cosas habrían sido diferentes.

En cambio, me quedé en casa. Yo no viajé. Sí pagué el viaje, diecisiete cuotas que tenían su propio ritual: el de ir en grupo hasta la agencia para dejar la plata y pasar las siguientes horas de ese día en la calle, fumando y haciendo planes. Porque era buena para sumar emoción a lo que ellos planeaban, incluso cuando en mi cabeza se iba a asentando la idea de que nunca íbamos a llegar a enteros a ninguna parte. Y no encontré la forma de decírselo a ellos, pero sí encontré las palabras para, la misma mañana en que ellos se empujaban para subir primero al micro, anunciarles a mis viejos: yo no viajo, y encerrarme en mi cuarto hasta que ya no hubo posibilidad de arrepentimiento, o no hubo salida, o no hubo algo, no sé exactamente qué.

Por eso hoy cambiaría el poder de mi superhéroe y por una vez le daría el de viajar en el tiempo. Me sentaría delante de esa chica con sus ojos siempre delineados de negro, y le diría: dejá de tenerle tanto miedo a morirte y subite al micro, sacate la foto grupal al pie del cerro, tomá hasta desmayarte, cogete a alguien que no sea ese novio que tenés desde los quince y que no la ve ni cuadrada, tirate en culipatín y abrazalos a todos ellos, aunque estén disfrazados para la fiesta del mariposón, que te parece lo más imbécil del mundo, porque así de hermosos y algo estúpidos brillan más, y no van a brillar así por mucho tiempo. Sin embargo, sé que esa chica me habría dicho lo que respondía siempre a los buenos consejos: no entendés nada.

Hoy, por suerte, esa adolescente terca y desconfiada en algún traslado entre un punto y algún otro punto de cierto mapa se murió de verdad, y aunque ella no pudo ser algo estúpida y hermosa con todos ellos en esta ciudad, yo lo fui después con algunos otros en otras ciudades, y hoy estoy acá, sola, sin haber preguntado antes si me iban a traer en micro, en avión, o teletrasportada. Porque ya no importa, hay un montón de cosas que ya no me importan más.

 

Bambalinas de la ciudad del desenfreno
Por Melissa Bendersky

(Se me hizo difícil escribir sobre este tema, porque los locales no vivimos la ilusión que sí tiene el resto de los argentinos respecto al viaje de egresados a Bariloche. A nosotros el viaje nos entusiasma como a todo el mundo, pero no hay un “Bariloche” al que viajar. Vivimos en el escenario donde sucede el viaje de egresados de todos los demás)

Todos y cada uno de los adolescentes que vienen en viaje de egresados, y sus familias, creen que han vivido algo mágico, único e irrepetible. Cuando la colimba era obligatoria, los conscriptos tenían la misma ilusión, pero los cabos y capitanes en cada cuartel del país, bailaron a sus soldados con los mismos métodos.

Hace tres o cuatro paradigmas atrás, eran los 90.
Las calles del centro estaban vacías. No casualmente vacías, sino que era la norma. No venían turistas. Sólo turismo estudiantil, Bariloche sobrevivía boqueando como un pez fuera del agua, “gracias” al turismo estudiantil. Fantasías adolescentes hechas realidad, Bariloche te espera, la ciudad donde todo es posible. Sin límites, sin reglas.

En esa época, los 90, las empresas cebaban a los grupos de estudiantes que traían para que compitieran entre sí.
Eran los 90 y en Mitre y Villegas yo miraba sentada en un escalón. Venía bajando por Villegas un grupo cuyo coordinador arengaba como si se tratara de un pelotón de soldados yanquis, ese tipo de canciones: ¡Trechabus es la mejor! ¡De Rosario soy campeón! ¡Al que venga a pelear! ¡Se la vamos a encajar!… ponele (no recuerdo el cantito en sí).
Por Mitre avanzaba otro grupo, cuyo coordinador los traía al grito de ¡Más fuerte! ¡No oigo!, armando una palabra con el clásico “dame la o”. “¡Te doy la o!” contesta la masa en estado medusario, “dame la r”, “¡te doy la r!” replica el coro, “dame la t”, “¡te doy la t!”, “¡dame la o!”, “¡te doy la o!”, “¿qué quedó?”, “¡or-to!”. “¿Qué quedó!?”

En Mitre y Villegas se encontraron las dos bandas, una de una empresa y otra de otra. ¿Qué problema tenían los adolescentes entre sí? Ninguno.  ¿Qué problema tenían?
Los grupos de estudiantes, que venían de viaje y a pasarla bomba –lo vi todo desde mi escalón y mi tristeza sin fin de adolescente- se empezaron a agredir, primero de palabra, vociferaciones, gritos; después a empujones, tironeos de ropa, y -obvio- terminaron a las piñas, patadas, mordiscones. Lloraban las chicas por los mechones de pelo perdidos, lloraban por las cachetadas recibidas -no las dadas-, el collar arrancado extraviado entre las piernas de los otros. Putear, putear. Corrían los varones, como perros midiéndose, sangraban algunos, se lamentaban por los rasguños, la ropa rota.

¿Cómo parar a 120 sacos de hormonas en pleno agite? Imposible. Los coordinadores disimularon la escapada y la gresca terminó como había empezado, absurda.
Desde mi escalón la tristeza ganó la partida.

Tres o cuatro paradigmas atrás.
En los 90 se decía que había llegado el fin de las ideologías, que Entel, Gas del Estado, Aerolíneas Argentinas, YPF, el Correo Argentino y los trenes, daban pérdida; que la soja era igual -respecto a aportes proteicos-, que la carne y la leche de vaca, y por eso, en las escuelas dejaron de darles la copa de leche a los pibes, para remplazarla con el benéfico y natural juguito Ades. El país se pobló de ciudades fantasmas a donde antes se llegaba y se vivía básicamente en torno al tren. Los pueblos petroleros se llenaron de kioscos y canchas de paddle que pusieron todos los despedidos con sus indemnizaciones, comieron golosinas y jugaron a  la paleta hasta que no se pudo más y cayeron redondos de hambre y desesperación en el asfalto. Y ahí prendieron hogueras. Fuegos de supervivencia. Si los habían borrado de la historia, ellos debían volver, era eso o morir.

Y también, hace tres o cuatro paradigmas atrás, en la literatura empezaba a crecer una poesía de ruptura, narrativa, con lenguaje de calle e historias de la vida cotidiana, de gente común. Entró en la poesía un darle vuelta la cara a la literatura encaramada allá, lejos de lo cotidiano. En los 90, nos adormecían, nos silenciaban desde el poder y los medios, y las voces encontraron otros caminos para hacerse escuchar.

Surgió la llamada poesía de los 90, que muchos tildan de individualista, sin observar que la fuerza poética generada impulsó movimientos, y acciones colectivas. Eran temáticas individuales, pero usadas para concilios colectivos, masivos, anónimos. Las plazas y las calles, las ferias, los recitales de rock, las obras de teatro, eran escenario para las lecturas, las impresoras domésticas empezaron a escupir libros de poesía, muchos poetas se transformaron en artistas multitalento -especie de estrellas performáticas-, los escritores aprendieron el oficio del editor y en las pequeñas imprentas barriales corrieron los versos.
Aquí surgieron encuentros que incluían estudios de la obra de un poeta, talleres, lecturas masivas con micrófono abierto, cuelgas de poemas, lecturas callejeras. Una excusa para encontrarse, para dejar de ser en soledad y ser con otros. Una forma de resistencia.
En esa época, tres o cuatro paradigmas atrás, las calles de Bariloche estaban desiertas, apenas si nos alimentaba con cuentagotas, este turismo estudiantil embrutecido, cuerpos sexuados al extremo, intoxicados por todo lo que puede intoxicar. Las calles desiertas, las panzas con hambre, los negocios crueles del fin de las ideologías, del fin de los derechos. El Alto, donde vivíamos casi todos los laburantes y los hijos de los laburantes, era patrullado por la policía.

Había (y sigue habiendo) una frontera invisible, los del Alto no pueden “bajar” al centro. Y si alguno osa ese desafío, paradigma reactualizado: patrullero, tortura, calabozo, tortura. Una buena meada a un pibe en el piso, después de 24 horas de apriete, lección comprendida.
Pero igual, los del Alto, algunos, sobre todo las mujeres, nos animábamos. Abajo en el centro estaba la joda, la diversión, la vida, la salvación.

En grisú podías encontrar al príncipe azul recién llegado de viaje de egresados, podía pasar, no todas las publicidades mienten…

“…entregá el marrón, entregá el marrón, entregalo de una vez”1 y todas coreábamos y nos contoneábamos delante de los hipotéticos príncipes, locales y foráneos, creyendo que si la letra sonaba en un boliche de primera línea, no debía ser tan mala, no podía en realidad estar diciendo lo que decía. En los 90, tres o cuatro paradigmas atrás, a nadie se le hubiera ocurrido denunciar una violación en masa por parte de sus compañeros, porque ¿era una joda, no? Al fin y al cabo, para eso habían venido. Para divertirse. Las pibas se subían a los parlantes a mostrarles el culo a los compañeros, por lo que -cualquier cosa que pasara- bueno, “florecita rockera tú te lo buscaste”2 ¿no?

Después de la denuncia de algunos caso de coma etílico, incendios en habitaciones, disturbios varios y agresiones con objetos contundentes desde las ventanas de los hoteles hacia los transeúntes, y frente a la perspectiva de perder esas gotas de turismo que todavía alimentaban a Bariloche, las empresas se pusieron las pilas, reglaron el asunto, adiestraron a sus coordinadores, pusieron médicos, micros para llevar y traer a los adolescentes excitados de y hacia las discos, y así. La cosa mejoró, o la disimularon para que no la viéramos.

En los 90 nosotros, es decir, los que no nos íbamos de viaje de egresados, los que para el resto de los adolescentes del país vivíamos en viaje de egresados, los barilochenses; nosotros, resistíamos. La ciudad semi fantasma en la que habitábamos, sumida en la depresión desesperanzadora de la falta de trabajo, tenía también sus guetos.
Ahí, en el lado oscuro de la ciudad, bullía la vida local, en los bordes de la luz que proyectaban las discos, en subsuelos, antros, en la calle, en los kilómetros. Los locales masticamos realidad desde temprano, casi nadie llegó a la noche barilochense con la ilusión de enamorarse en un boliche, dar “la prueba de amor” a cambio de amor, o pensando que en la noche se podían hacer cosas que de día no.

Los barilochenses, desclasados del sueño de juventud que vendían en Feliz Domingo, armábamos la noche y la fiesta en cualquier lado. Bailábamos sin música en el anfiteatro, nos emborrachábamos a orillas del Nahuel, subíamos a refugios con las mochilas llenas de alcohol y allá arriba colgábamos de las piedras sin más resguardo que la suerte.
Las noches terminaban en sexo. Sexo malo casi siempre, eso sí en locaciones fantásticas, la costa de algún lago, un bosque de pinos, la vera de un arroyo.

Para hacer bien el amor, en el Norte o en el Sur, creo que hay que empezar por tratarnos con amor.

1: Canción de Los Auténticos Decadentes.
2: Canción de Aterciopelados.

 

El viaje de Barcela

Por Agustina Paz Frontera

No tuve sexo en el viaje de egresados. En rigor, tuve sexo conmigo misma y con las cosas. Me masturbaba a toda hora. Ya en el micro debajo de la manta me descubrí masajeándome el montecito. No es que me faltaran propuestas, no me interesaba el sexo con personas, en lo más mínimo, demasiado cuerpo para mi deseo saltarín. Tenía un novio, se llamaba Anselmo, era el más alto de la división, sus padres le habían regalado una caja de Prime para el viaje a Bariloche, tenía 50 unidades, antes de subir al micro me metió la cabeza adentro de su mochila para mostrarme el tesoro, me solté a los golpes. Con Anselmo habíamos cogido con ropa desde los 12, una sola vez me había metido la mano, entonces entendí todo lo que vino después acerca del sexo entre personas: que hay personas. Cuando me tocó esa vez estábamos en la casa de sus viejos mirando películas en video. Empezamos a transar y me abrió el jean, como yo lo usaba muy ajustado por la moda la mano tenía que hacer mucho trabajo para entrar más cerca de mi concha, de alguna manera la mano de Anselmo estaba atrapada entre el interior que no lo dejaba salir y el exterior que le gritaba que metiera la mano hasta el fondo, la mano de Anselmo era como el perro que mira el botín en la vidriera de una carnicería: el deseo no lo deja irse de ahí, y el miedo al carnicero no lo deja atacar.

¡Ay, Anselmo! bajame el pantalón, no seas bruto.

Me bajó el jean a tironeos, mi cuerpo se revoleaba como una almohada en plena guerra.

Entonces me tocó un poquito, tanteó a ciegas. El mundo todo en su totalidad más aberrante y desgarradora empezó a oler a mi montecito. Lo que se siente entonces es vergüenza. Pero Anselmo acabó y yo llegué a sentir algo. Otra vez, tuvimos sexo con contacto genital mediado por un profiláctico. Yo estaba tan seca que el forro hacía ruido a globo que se frota contra una cabeza para electrizar los cabellos finos. Entonces sentí cómo una parte de mi piel interna se separaba del resto de mi cavidad vaginal y se perdía para siempre: no estoy hablando de la pérdida de la inocencia, estoy diciendo que el pene engomado de mi novio me rompió la pared interna de una de mis poquísimas cavidades. Un desastre, el sexo con personas era un desastre. En cambio, masturbarme. Eso sí que era brillante y misterioso, mío y de las cosas. Me masturbé con un ventilador, con un desodorante, con agua de manguera, de bidé, de ducha, de hidromasaje, de río, de mar, con una zanahoria tallada: ¿qué invasión ha colonizado mi mente para que yo, que rehuía del contacto físico con penes, tallara en mi zanahoria la forma de una pija erecta? Estaba caliente todo el tiempo, pero no caliente como decimos ahora, no, era una persona caliente, me seducía a mí misma, miraba mi forma desbordada en cada vidrio, besaba mi boca en los espejos salpicados de cualquier cosa, y me amaba en la clandestinidad de mis deseos adolescentes. Deseos que todos ustedes mataron. Pobre Anselmo, mucho después entiendo, no todo fue culpa de su torpeza.

¡Pobre Anselmo!

Aprovecharé esta ocasión para escribirle acá no solo mis disculpas sino para solicitarle las suyas y para contarle bien, todo lo bien que me permite la mirada histórica, como fueron mis sensaciones.
Buenos aires, 30 de marzo de 2017

Anselmo, chubi, fotosensible:

Soy Barcela, espero que te acuerdes de mí. Obvio que te acordás, fuimos respectivamente los primeros novios y primeros encuentros sexuales dentro de la norma. Digo dentro de la norma porque ahora me acuerdo que me contaste que en jardín o en la primaria te tocaste con un amiguito tuyo, si eso cuenta como sexo es sexo fuera de la norma, nosotros en cambio, novios, ya de cierta edad, teníamos derechos y hasta obligación de “hacer sexo”, como le decíamos, ¿te acordás?. Bueno, fue todo un desastre. Me da vergüenza, estoy intentando recordar el viaje de egresados, se supone que todos garchan mucho ahí, y nosotros nos juntábamos a leer con el pito parado: vos leías con la pija dura, siempre lo supe, yo, en cambio, te quería decir, estaba re caliente pero no estaba caliente por vos, para vos o por los libros para adultos que nos prestaba tu mamá, estaba caliente porque me encontraba a mí misma muy bien. Vos eras lindo, sí, parecías Iván de Pineda por momentos, pero ni tus besos, ni tu aliento, ni los intentos de tus manos, ni la promesa de sentir un cuerpo caliente sobre bajo dentro mío, me calentaba. Hice todo mal, Anselmo, hicimos todo mal, no teníamos que coger en 1999. Por ahí si lo intentabas antes, a los 13, yo estaba más desprevenida, más descontrolada, pero a los 17 yo ya había entendido todo, perdón, y “todo” era que conmigo bastaba. No sé para qué cogimos, me rompiste toda la concha, sos un tarado, no servís para nada.
No voy a mandar esta carta, ahora es un perfecto desconocido, tiene hijas, dos nenas rubias que parecen niñas desaparecidas en Europa. No fue su culpa, yo estaba en otra, era buena para el autoerotismo y para nada más, no fue su mala educación sexual, no fue la presión de sus padres, yo sólo era buena para encontrar cómo escabullirme y tocarme. Las cosas me resultaban más sensuales y funcionales que las personas. No es que en el viaje me hayan faltado propuestas sexuales, algunas muy claras, como la de Falavella, que en medio de una excursión a un cerro se acercó hasta donde estaba yo, siempre mirando en dirección a nada, y me hizo el chiste de taparme los ojos y preguntar “¿quién soy?”, “alguien que no me importa”, dije yo, y no mentía. Se río, se puso colorado, hizo un trastabille programado para lucir tierno y me agarró la mano, no discutí, me abrió dedo por dedo de la mano hasta que quedara al hueco de la palma dispuesto como línea de Nazca que señala dónde deben aterrizar los marcianos: “esto, esto es para vos, dejá a ese bala de Anselmo, te merecés un tipo como yo”, dijo y puso una cadenita con un dije con forma de corazón que parecía hecho con el material de los imanes. Yo ya era un estorbo para el romanticismo. Ya era la vaca amarga en la que te convierte el nihilismo. Pero acepté su corazón. Fuimos con Falavella atrás de una casilla rodante y chapamos fuerte con lengua. La lengua de Falavella me agitó y me ahogó, era larga y ancha como pocas cosas conocí tiempo después, era una extensión monstruosa de su interior, un tren ruso que salía a toda velocidad de su cuerpo, traía su saliva, su potencia, la lengua más ancha que sentí, “Falavella”, le grité, “¿qué hacés?”, Falavella no me soltó, su corazón de imán era eso: la mano ahorcándome, su lengua metiéndose en mi tráquea, en mi nariz, en mi oreja, su olor a barniz, la hebilla de su cinturón lastimándome la panza. Estaba enamorado de mí.

Como dije, durante el viaje de egresados no tuve sexo más que conmigo y con las cosas. Cuando fuimos a comprar chocolates para llevar a las familias, al día siguiente de lo que llamaremos y se llama la violación de Falavella, estaba caliente y pedí pasar al baño de la chocolatería, tenía en la mano un pedacito de chocolate amargo, duro, de un tamaño perfecto. El chocolate copiaba la temperatura de mi cuerpo, no era un objeto muerto, frío, era una de las cosas más orgánicas que había probado. No duré mucho en el baño, aunque estaba en silencio, mantenía algo de pudor por la mirada ajena. Acabé, pero todo el asunto no se trataba de acabar, sino de ser. Estar obligada a acabar vino después, esa misma noche, cuando Anselmo me pidió que le eyacule la cara. Salí de la tienda de chocolates y me esperaban todos en el colectivo, traía en la mano el pedacito de chocolate un poco transpirado pero entero, subí parca con un tiempo casi sólido cada uno de los inmensos escalones del micro, sin pensarlo a medida que lo hacía le extendía al chofer mi mano con mi regalo:
-por el tiempo que te hice perder, Rubén, comete este chocolate amargo.
Para ir a Fascineishon había que ser mayores de 18 años, yo tenía 17 pero el coordinador me dijo que si me ponía ropa de La Evelyn me dejaban pasar. Fui a lo de Evelyn, en el 2do piso del hotel, era una flaca ridícula que siempre vestía como señora en fiesta de pueblo porque su mamá tenía una tienda de ropa para mujeres. Evelyn no era amiga mía, ya no tenía amigas, pero me debía favores de la cantidad de veces que le había pasado respuestas en exámenes. Golpeé la puerta y abrió Evelyn en tetas.

La soltura de Elelyn para estar casi desnuda adelante mío fue algo, no fue nada. Fue algo. Mi reacción fue algo: me hice la canchera, como si hubiera visto tetas que no fueran las de mi mamá mil veces en mi vida. Evelyn se sentó en la cama cucheta, yo me senté en el piso debajo de una ventana que daba al pulmón, así podía fumar. Le ofrecí uno. Ella dijo que no con la cabeza. Las tetas de Evelyn parecían blandas, no eran tetas publicitarias, eran tetas caídas, blancas, con forma cónica y pezones enormes. Prendí mi pucho y del hueco del hotel venían las risotadas de millones de egresados de todo el país, pité, tosí y Evelyn se acostó en la cama, empezó a masajearse las tetas y dijo algo que nunca olvidaré, jamás:
-Si te sobás las tetas, te crecen más.
Nunca había escuchado la palabra sobar. Ni había visto tetas ajenas a mi familia ni tetas masajeadas en vivo ni había jamás reconocido que podía calentarme por una chica. Evelyn me dió un top bordó de tela aterciopelada, una mini blanca con botones adelante y unas plataformas plateadas. Esa noche entramos las dos a Fascineishon como viejas amigas, codeandonos, mirándonos, lo que luego entendí como “compinchear”, verbo básico de la vida nocturna atrevida y alegre. Nunca más hablamos. Nunca me masturbé pensando en ella, en rigor, nunca me masturbé pensando en nadie.
Volvimos al hotel temprano desde la óptica de una adolescente. Anselmo me vino a buscar a mi habitación, era como yo, no le gustaba desaprovechar la vida. Yo ya estaba desvestida, casi por entrar en la cama, mi compañera de cuarto, Carolina, se había puesto un producto facial para las arrugas y estaba ya postrada. Salimos con un sigilo mentiroso del hotel, nos dejaron escapar, estábamos solos en una ciudad en la que no estaban nuestros padres, era de noche, teníamos dinero, era sencillamente una película de europeos rebeldes. Carna y Patri vinieron con nosotros. A Carna le decíamos así por un tipo de le tele que representaba a una persona intragable, pero era nuestro amigo. Patri era monja, muy monja, y tenía un gusto musical ajeno a ella misma, se había quedado tarada con Nirvana y aunque era una menonita usaba remeras negras y cantaba esas canciones. Ahora es dentista. Entramos al primer bar que encontramos.
-Pedila vos, Barcela, dale, que parecés re grande.

-No, no jodas, ¿no vés que parezco de 12?

-Yo voy, no puedo más de ganas de tomar una cerveza.

-Yo no tomo.
Los cuatro nos colgamos de la barra. Nos dieron un vaso con un litro de cerveza. Nos fuimos a sentar a una mesa que parecía de camping, como de hobbits. Le dijimos a Patri que era un hobbit. Terminamos la cerveza y fui a pedir otra. Cuando me paré me acordé de las tetas de Evelyn, pero fue un microsegundo. Caminé con las piernas blandas, me sentí única, fuerte, me di cuenta que varios tipos me clavaban los ojos, no hice nada, solo dejé que mi cara se cayera sobre la palma de mi mano y dije:
-¿me das una birra?
A lado mío había un tipo que habíamos visto varias veces andando en camioneta de montaña y era igual a Axl Rose. Por un momento pensé que estaba sentado, pero no, ese era su tamaño real, debajo de la camioneta el faso Axl Rose medía un metro cincuenta. Le dije de inmediato a Patri que mire el falso Axl Rose y ella gritó tanto que el falso Axl vino a nuestra mesa y se nos hizo el amigo. De la nada, Anselmo le pidió cocaína: “disculpá, no quiero ser imprudente, ¿tendrás cocaína o sabés de alguien que tenga?”, le dijo. Si yo amaba a Anselmo era por eso, porque era un genio de las oportunidades. Axl se puso nervioso y después de dar algunos rodeos me pasó una bolsita por abajo de la mesa. Me la dio a mí porque era la que tenía más cara de rockera, pensaba yo, en verdad era la única con los brazos debajo de la mesa, siempre con las manos ocupadas en mi montecito. Fui al baño y desperdicié la mitad soplando sobre el montículo blanco. Volví, cedí la bolsa a Anselmo. La vista se me aclaró, conté partes del libro que estaba leyendo, sobre un coleccionista de arte con pasado de monje, todos parecían muy interesados, ahí mismo me sentí inteligente por primera vez en mi vida. Cuando tomé merca.

Anselmo volvió del baño y tomó birra como un sediento sin fondo, fumó un cigarrillo y me metió la mano en la bombacha, yo había salido con la pollera blanca de Evelyn. Era la mano de otra persona. No era una cosa, era una parte del cuerpo de una persona.

Volvimos al hotel en la camioneta de Axl.

Nos frotamos en el ascensor delante de Carna. La merca lo había puesto más carna que nunca, no quería dejar de mirar. Lo bajamos. Otra vez estábamos por imitar escenas de películas que ni siquiera habíamos visto. Anselmo detuvo el ascensor y apagó la luz. No hubo manera de poder hacer coincidir sus genitales con los míos. No encastraban. Fuimos a su habitación, piso 4to. Alguien dormía. Nos besamos como dibujitos animados, con la boca seca, nos frotamos, nos quisimos, nos amamos, éramos los espíritus de nuestra época y él, Anselmo, el amor de mi vida, me dijo, como si supiera de lo que hablaba:

acabame la cara.

 

 

COMPARTIR

Dejanos tu comentario