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Memoria nómada: la palabra como hogar.

noviembre 25, 2016

Filbita 2016, Textos | Filba |

Por Mar Benegas

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La guerra es un cráter lleno de hielo. Una guerra civil es una grieta, una fisura donde el blanco del abandono y el frío, donde el vértigo y el hambre, justo allá. Y aquella guerra, la que yo guardo donde todos los recuerdos que no son míos pero me pertenecen, fue la orfandad y el miedo de mis padres. Fue su madre. Desde entonces, y antes de nacer, yo soy nieta de una guerra.

Cuando estalla la guerra saltan por los aires los niños, caen a los caminos llenos de polvo o en medio del mar. Tragan tierra y agua y nadie los consuela. Cuando estalla una guerra se desploman los nidos que debían sostenerlos. El fuego y el abrigo, el calmo rumor del viento en la calle. La blanca blandura de una cama recién hecha. Se desploma el techo del afecto sobre ellos y se quedan solos. Como si nunca hubiera existido el olor a pan caliente.

Soy la nieta de una guerra y mis padres, hijos suyos, de sus pechos secos tomaron la leche del miedo y la vergüenza. Ni ojos, ni voz, ni manos que acarician. Ambos huérfanos, hijos de la guerra y del hambre.

Y tuvo que irse. Mi padre salió de su casa siendo un muchacho, un niño de 14 años. “A buscarme la vida” me decía. Y yo me preguntaba que si quien se busca la vida la encuentra alguna vez. Que cómo se pierde una vida y alguien puede seguir viviendo. Que por qué hay que buscarla. Que si la vida…, sí, todas esas cosas que luego entendí. Las pocas certezas que fui acumulando y de las que dudo cada minuto.
Huérfanos y hambrientos, abandonados en el nido sin haber alzado el vuelo. 4 hermanos, entre 14 y 17 años. Una madre déspota, la guerra y su posguerra, que los expulsó de su casa.
Guerra de hambre y orfandad, fue la que expulsó a mi padre, un niño todavía, un niño como el que habita mis días desde hace 14 años, mi hijo. 14 tenía mi padre entonces, como él, como mi hijo hoy, cuando tuvo que lanzarse al mundo. Cuatro hermanos intentando buscar la vida, esa que parecía lejana. Cuatro hermanos, con las suelas rotas, y los trajes rotos, y los pies doloridos. Cuatro niños, cuatro orfandades, y tantos caminos y noches como la guerra dejó cayendo.
De aquella época suya, de mi padre, yo guardo algunos recuerdos que no, tampoco son míos, pero me pertenecen. Ellos también me hicieron. Los recuerdos que mi padre me entregó, entre la fabulación y la realidad. Sé desde entonces, por ejemplo, del sabor de culebra asada en una hoguera.
Guerra de hambre y orfandad que hizo que mi madre trabajase con 7 años. Gracias a eso no pasé mucha hambre, me decía, mientras inventaba mil manera de hacerme comer. Mucho tiempo después entendí que su hambre mutó en amor y que por eso su modo de decir te quiero, porque no sabía que las palabras también alimentan, era entre los fogones. Alimentó nuestro estómago con su amor de madre. Cada plato, cada paso diminuto que daba en la cocina, era su manera de decirnos. Y el amor olía a desayuno. Y la ternura era un guiso a fuego lento. Y para decirme: no pasa nada, aquí está mamá, todo se arreglará, te quiero mi niña, me ofrecía sus manos tintadas con el gris de la alcachofa. Esa era su manera de saciar el hambre de su infancia, su amor de pan duro.
Poco fueron a la escuela, ellos, mis padres, y a nadie le preocupó. Y después, en esa posguerra que para ellos se hizo interminable, se encontraron sus abandonos, sus dos soledades. Orfandad más orfandad.
Y siguieron migrando. Y vivieron aquí y allá, y siguieron buscando esa vida que no terminaban de encontrar. Y nos trajeron al mundo, con ese miedo que ellos traían. Con esa soledad. Con ese nomadeo interminable. Esa necesidad de restaurar el daño, buscar un lugar que colmase esa caristía de afecto, ese abandono tan tierno, esa hambre de amor en el nido primero. La búsqueda de un hogar mejor, un lugar donde el pasado doliera menos.
De ese nomadeo del que tanto escuché hablar, del que fuimos cargando también los que llegamos luego, que también conformó mi memoria no vivida y mi identidad, heredé la necesidad de buscar más allá. Y, de esa memoria viva, mi falta de miedo a dejar todo atrás y comenzar de cero. Por eso, tal vez, yo también anduve migrando.

Durante casi 20 años, desde mis 18, cada año cambié de casa. Hice y deshice cajas, lloré y pinté paredes, desengrasé cocinas y armé estanterías que albergasen mis pocos libros. Hasta que un día, en el séptimo año de mi hijo, él nombró el miedo y deshizo nudo. Invocó, sin saberlo, a la libertad, con unas pocas palabras. Dijo: ¿ya nos toca cambiarnos de casa?
Y la fuerza del amor y del lenguaje fueron un conjuro. ¿Nos toca mudarnos? Y yo supe que no, que era otro el camino. Y por fin dejé de huir del lugar que yo realmente quería habitar. Un lugar donde las palabras nombrasen el dolor y también el miedo. Donde decir amor trajera olor a pan y fuera pan, sin necesidad de trigo. Dejé de huir del silencio y quise darle a mi hijo los verbos más tiernos y los más poderosos: aquellos que no tuvieron sus abuelos.
Terminó entonces la migración que mi padre me dejó en herencia y me entregué, por fin y enteramente, a la escritura, a la poesía, al lenguaje y a la infancia. Desde entonces habitamos, también, los mismos ladrillos y la misma chimenea.
Pero yo sigo, y lo hago en su memoria, recorriendo los caminos, sigo el rastro de mi padres llevando palabras como nidos, palabras con las que quitarme el miedo de su orfandad, palabras que sean aliento, que les devuelvan la ternura arrebatada.
Tengo una memoria migrante y nómada. La poesía se ha convertido en un hogar. Una casa o patria donde no existe la geografía, un no lugar donde son ajenas las fronteras. Es un lugar que no existe donde siempre puedo regresar.
Por eso escribir desde el dolor, desde la fuga, escribir para la infancia, con la necesidad de restaurarla de lo dañado. Para protegerla del dolor. Para sanar sus heridas, las que son, mías, las que no deberían ser, de ninguna infancia. Para que no se repitan. Nunca. Siempre.
Recoger la migración de mis padres, su posguerra y sus caminos de tierra. Y buscar mi hogar en el lenguaje. Mi lugar en el mundo, que sea también su morada, la morada de su hija y el hogar de su nieto. Un lugar en el mundo donde encontrarme con ellos, pero, sobre todo, donde ellos se encuentren. Este hogar, donde memoria e infancia pueden habitarse.
Porque la poesía es una diáspora de significados en la que habita el sentido de la memoria que trajimos, la que nos hizo. Cargamos con la memoria a través de la palabra que la nombró, aunque no sea nuestra, y también cargamos sus silencios silencios. Pero es posible nombrar para ser la gasa, la dulzura que colme y curar las heridas más antiguas.

Yo quise decir los deseos, los abandonos, la orfandad y encontrar lo que ellos no encontraron. Intento, a tientas, ofrecer esas pocas certezas al futuro, a la semilla corpórea que dejé en el mundo, libre y feliz: mi hijo.

Con la vocación curativa de la palabra, intentaba yo, sin saberlo, la sanación de una constelación familiar en perenne nomadeo. Ser migrante a través de la historia que me trajo su voz. Encontrar un lugar en el mundo, una habitación hecha de lenguaje a través del lenguaje.

Por eso ahora, me siento frente a los niños y les digo:
Miedo viejo, aquí te dejo
para que vivas, siempre lejos.
En esta caja, te quedarás
y ya nunca volverás.

Y con esas palabras al que dejo atrás es a tu miedo, padre, tu miedo de 14 años, por los caminos deshechos. Es ese miedo el que dejo dentro de la caja al nombrarlo. Ese miedo de tus 14 años recorriendo un país, sin padres ni consuelo. Dejo al niño de la guerra: huérfano y abandonado. Migrante en diáspora del hambre. Y cuando canto esas palabras a los niños, veo también los 14 años de mi hijo y le tejo un manto de verbos dulces. Un lugar donde él sí pueda sentirse protegido. Que sepa que ese miedo, el miedo que su abuelo debió sentir por los caminos, fue el que nos permitió a nosotros encontrar nuestro hogar.

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