Filba Blog

Escrito en el Cuerpo

octubre 11, 2016

Filba Internacional 2016, Textos | Filba |

El Filba Internacional comenzó con el panel de lecturas “Mi cuerpo”.  La temática abarcó todo el festival, pero comenzó con unos escritos ineludibles. Seis escritores se enfrentaron a lo único que realmente poseen y escribieron un texto sobre el cuerpo propio. Acá se los compartimos.

Filba 2016 - 28-9 Foto- Rodrigo Ruiz Ciancia-4845

La señora vieja
Rae Armantrout

Hay muchas palabras en inglés que se refieren específicamente a las mujeres viejas: arpía,  vieja bruja, viuda, vieja gruñona, vieja gaga o urraca, vieja o viejita. No hay tantos términos para los hombres viejos. Todas estas palabras tienen una connotación negativa o, al menos, despectiva. Todas -y esto es un lugar común-  sirven para diferenciar “a las mujeres de cierta edad”  y convertirnos en una especie aparte.

Para esta discusión, se nos ha pedido que escribiéramos sobre nuestros cuerpos. Pero, ¿Poseemos nuestros cuerpos? ¿Son nuestros? (El Inglés hace trucos extraños con el verbo poseer). Definitivamente, nuestros cuerpos hacen cosas más allá de nuestra voluntad. Sangran. Envejecen (y dejan de sangrar). El poeta George Oppen escribió, “El viejo / nuevo a la edad como los jóvenes / a la juventud”. Es verdad. La edad es un país extraño en el que nos encontramos viviendo de forma inesperada, Sin importar cuánto hayamos pensado en llegar. Como cualquier cosa que desconocemos, puede ser aterrador, pero también interesante. Soy vieja desde hace algunos años, eso creo. Pase los 60. ¿Debo esperar hasta cumplir 70 para decir que estoy vieja? Algunos lo hacen. Yo decidí no esquivar las palabras nunca más.

Entendí que era vieja no por cómo me sentía sino por cómo me trataban. La mayoría parecía no verme en absoluto. Aquellos con los que me relacionaba, mozos o barmans, me llamaban de forma condescendiente “señorita”, como si eso me gustara.  Tal vez podría gustarme, si fuera tan loca como ellos creen. Otras veces me llamaban “querida”. Si los cuestionaba, y claro que lo hacía, contestaban que solo trataban de ser amables.  Lo voy a creer cuando se lo digan a alguien de 30. Pero claro, no nunca se atreverían, el cliente podría pensar que están coqueteando y ofenderse.  Que te llamen querida es lo mismo que te digan linda.  Los chicos son lindos, pero los chicos tienen futuro aún.  Una vieja es el epítome de lo inútil.  Es incluso vista como más inútil que un viejo. Tal vez, se deba a su corta vida reproductiva y tal vez porque no se espera de ellas nada demasiado importante, menos aún en su madurez. ¿Qué deberíamos hacer o cómo deberíamos sentirnos ahora que nos percatamos de nuestra inutilidad? Celebrarla, tal vez. Las viejas son inútiles como los poetas también lo son. Soy doblemente inútil, entonces. Estamos a la vanguardia del descubrimiento de nuestra propia inutilidad. ¿Pero, no somos todos en realidad inútiles? ¿Quién necesita a la especie humana? Claramente, no otras especies, ni siquiera el universo.

¿Por qué la gente tiene la necesidad, apenas nos ven, de referirse indirectamente a nuestra diferencia, a nuestra edad? Porque eso los hace sentir incómodos. Les recordamos la muerte y el cambio, todas las cosas que no pueden controlar. Somos emisarios de otro país, un lugar al que le tienen miedo pero por el que no pueden dejar de sentir curiosidad, un lugar donde finalmente van a vivir. ¿Deberíamos decirles lo que se siente? No nos creerían. Los viejos, incluso las viejas, todavía tienen esperanzas, ambiciones, pasiones, deseos. No sé si eso es bueno o malo. Algunos de nosotros, los que hemos aceptado nuestra inutilidad, podemos tomar con pinzas esos deseos y ambiciones.

A veces, de hecho, es un alivio ser invisible. Pero, por otro lado, si quiero ser un emisario de esta tierra extraña, debo aparecer. Y, como poeta, debo hablar. ¿Siempre tengo que decirles cómo es? No ¿Por qué cargar con ese peso? Debemos recordar la ventaja que tenemos sobre los jóvenes.  Nos recordamos jóvenes, ellos en cambio no pueden imaginarse viejos.

En mis poemas obviamente puedo ensayar distintos roles, elegir qué voz usar. Puedo imponer autoridad, o un tono de autoridad, ese que nunca me dejaron usar. Entonces, puedo alterar la autoridad desde su interior. En un poema puedo ser alegre, provocadora, sexy o sarcástica -formas que nadie asocia con la vieja, la vieja gruñona, o puedo ser directa y confrontativa.  Este próximo  poema mío “El lamento de una vieja en otoño” hace alguna de estas cosas. Es una especie de caricatura (o imitación satírica) del poema de Williams Carlos Williams “Lamento de una viuda en primavera”. En su poema una mujer no encuentra razón para seguir viviendo luego de la muerte de su esposo. Ella piensa ahogarse en un estanque. Williams es uno de mis poetas favoritos, pero este poema me molesta. Empieza así “el dolor es mi jardín”. Voy a leer mi poema basado en el suyo. Es bastante corto y termina conmigo apropiándome de la palabra vieja

EL LAMENTO DE LA VIEJA EN OTOÑO

para WCW

El dolor es el negocio de la esquina

Donde los globos de halloween

se colocan con el último helio

El mostrador es dorado

Con bolsas numeradas

De caramelos Werthers

Nadie es Werther

Ayer por la noche un periodista

Mencionó a una “víctima anciana”

No me llames así

Soy vieja

Y obstinada.

Soy una canción
Paula Marull

A veces pienso que no soporto tener dos manos. Cuando hace frío tengo frío en las dos manos. Las llevo retorcidas en los bolsillos, llego a tu casa, me desabrigo y ocupo un poco del sillón. El sillón se hace cada semana más grande y ahora es como un mundo, como una noche de insomnio.

Vos estas lejos, detrás de la mesita llena de cosas. Siempre estas detrás de algo. De un plato de comida, de un par de anteojos, de un chiste, de un gesto.

Me pregunto por qué sigo acá sentada. Pienso en el sillón verde que había en mi casa. En como se le podían hacer agujeritos en los apoyabrazos con la birome cuando me aburría. En el misterioso origen de las cosas de mi casa. En cómo para mí, simplemente estaban ahí desde siempre. Pienso en dónde estarán los sillones que no elegí. Quién los estará usando. Quién estará ahí sentada ahora.

Mi mano se enreda y se desenreda en mi pelo. No en todo mi pelo. En un mechón acostumbrado a este juego. No puedo evitarlo. Vos me hablás. Me hablas mientras acomodas las hojas del diario. Hablas y no me miras. No te gusta mirarme y otras veces no te gusta hablarme. Rara vez se dan las dos cosas, mirarme y hablarme, al mismo tiempo. Yo a veces tampoco puedo escucharte. Prefiero tocarme el pelo.

Si no me tocara tanto el pelo haría mas llamados, doblaría la ropa, haría limpieza del cajón de la mesa de luz, arreglaría el portero eléctrico, pondría un disyuntor, me haría chequeos médicos, visitaría a mi abuela, le cambiaría los elásticos a algunos joggins, compraría La gotita y pegaría todo lo que esta cachado, ordenaría la bijouteri, tiraría los aros que no tienen pareja ni tuerquita, también los que tienen las piedras saltadas, copiaría la agenda del celular a un cuaderno por si me roban el teléfono, mandaría a imprimir las fotos, leería el manual de la cámara de fotos, de la filmadora, de la computadora, del lavarropas, del contestador, aprendería instrumentos, idiomas, danzas, cultura general

Seguramente no tendrías que decirme ¿Cuánto hace que estas sentada acá? ¿Qué hiciste en todo el día? ¿Y? hoy qué haces?

Tu boca habla como si tus manos hubieran construido o destruido algo. Algo inmenso.

¿Qué hiciste vos con tus manos mientras yo me tocaba el pelo? No pregunto, sigo acá, sobre este living que se agranda. Dentro de tu sillón que en el invierno va a ser como un volquete. Y tu casa como una plaza de noche, conmigo aburrida de enterrar vasos de plástico, colgando de un pasamanos. Ahí, aguantando colgada, hasta sentir que se me desgarran las muñecas, que caigo en el arenero con los brazos chorreando sangre como un suicida. Pienso que algunos  suicidas no quieren morir, solo necesitan sacarse las manos.

Nunca tuve fuerza en las manos. Nunca. Ni ritmo. Solo frío. Ningún instrumento se toca con una sola mano. Si mis manos  hubieran aprendido a generar algún sonido, hubiera sido el de la guitarra. Para poder tener las uñas de una mano corta y de la otra larga, una que rasgue mientras la otra empuña, que sería como diferenciar una mano de otra, una manera de no tener dos manos.

Yo sé que sentís cuando agarras mi mano, lo sé porque cuando me despierto a la noche con el brazo dormido, me toco la mano que hormiguea para saber que se siente. Sentís que soy quebradiza y maleable. Que podrías con tus manos darle otra forma a mi mano, o separarla de mi cuerpo retorciendo la muñeca como si fuera un bollo o un chorizo de masa. Que podes romperme sin hacer ruido ni daño. Sentís que con mis manos podrías hacerte un almohadoncito para ver televisión.

Yo sin embargo cuando me agarras la mano siento que mi cuerpo se calienta, que tu sangre empieza a circular por mis venas, que sos suero, que no quiero que me sueltes nunca más, que  no quiero ser yo nunca más, que mi mano en realidad es de tu brazo, que yo soy una imperfección de tu brazo y que cuando me sueltes me voy a morir.

A veces cuando llego y estas con la mirada rara siento que te pusiste las manos de otro.

Una mano ajena, la mano de un extraño, como la que me arranco del agua y me embutió en este mundo chorreada de sangre, obligándome a tragar el aire.

Tendría hijos solo para que me ocupen las manos, para que me las llenen de baba y las muerdan y las dibujen y las usen todo el tiempo, para que las lleven y las traigan y las tironeen y  me las arranquen y las guarden en su cuarto, después de despedazarlas, y las tengan ahí con el resto de los juguetes rotos entre piernas de muñeca, ruedas de camiones, pedazos de pelota, cabezas de soldados. Me canse de ordenar, me canse de ensuciar, lavar, enjugar, secar, doblar, ensuciar, lavar. De sacarle las migas al mantel, los pelos al sillón, los pulgones a laurel.

Necesito otras manos. Unas que pueda meterme adentro. Necesito tocar mis órganos, desenterrarlos de mi cuerpo y ponerlos debajo de un chorro de agua que tenga mucha fuerza y dejarlos ahí un rato y secarlos con el secador y volvérmelos a poner y hacer reposo para cicatrizarme hasta que el aire que consumo no me haga arder.

Necesito tirarme al sol y abrir la boca hasta que mi estomago se ilumine. Toda esta piel que me rodea me hace sombra, necesito que mis poros se dilaten hasta que pase la luz.

Todos los orificios de mi cuerpo son pequeños, necesito hacerme una perforacion mayor.

Necesito unas manos que me ayuden a hablar. Quiero decirte palabras poderosas; amor, verdad, dolor, vida, muerte, perdón, y se me acaban. ¿Cuántas palabras hay para nombrar cosas enormes? ¿Seis? ¿siete? Las digo todas. Nada sucede. ¿De qué hablamos cuando hablamos? Me pregunto, pero me callo.

Voy a ponerme de pie, me digo. Tengo piernas, recuerdo. Dos. Para mí. Las dos.

Pienso en mis piernas. En lo poco que las miro. En como uno se olvida de lo que no duele. Pienso en todo lo que olvidé. Pienso en todo lo que no duele. Pienso que todo lo que no duele tendría que punzar, asfixiar, o golpear, tendría que hacerse notar de alguna manera inevitable como lo hace el dolor. Pienso que el “no dolor” también tendría que poder ser algo serio y agudo.

Pienso que las manos solo alzanzan para contar hasta diez. Y eso me alivia. Me hace  pensar que algo tiene que ser mas fácil.

Ser yo, tiene que ser mas fácil.

Cuando era chica yo era mi pieza. El poster que me aprendía de memoria cuando no

podía dormir. El ruido de la radio que llegaba de la cocina a la mañana. Las Barbies que desnudaba. Las Barbies que destrozaba. Las Barbies que ponía en remojo.

Pienso que sí, que tiene que ser mas fácil.

Pienso en la nuez que mi abuela le ponía a la torta despues de bañarla en chocolate. Esa mitad de nuez bien en el centro. En ese detalle. En esa mano que hacía eso.

Voy a hacer el esfuerzo de levantarme, te digo. Es más fácil hablarte cuando me podés escuchar.

Yo tampoco estaría conmigo si pudiera dejarme, te respondo.

Las palabras fluyen cuando no estás. No es verdad que no tengo nada.

Sí, Tener una pena también es tener algo.

Sí. Tengo fuerzas para odiarte.

Sí. Pienso mientras me levanto.

Soy un sillón de un cuerpo y un cuerpo, Soy la fuerza de mis piernas, soy el día que aprendí a ndadar, soy el canasto de la ropa sucia, soy los insectos que maté, soy la fisura de la pared, soy los sombreros que no me animé a usar, soy un Aloe Vera, soy el Ariel Futur, soy los moldes que enhariné, soy la Barbie veterinaria, soy el punto Santa Clara, soy las Melbas que convidé, soy el cajón de las medias, soy los agujeritos del sillón, soy las camas que estiré,  soy el cumpleaños feliz, soy todas las veces que dije no, soy la nuez de la torta de chocolate, soy un dolor, soy las plantas que regué, soy un tratamiento de conduto, soy la cuota del filtro PSA, soy el agua corriente, soy el Río Paraná, soy el barco Ciudad de Rosario, soy el pastito de los Reyes Magos, soy el Ratón Perez, soy Papa Noel, Soy los Reyes Magos, soy la fuerza de mis piernas, soy mis manos. Soy los instrumentos que no toco. Soy las cosas que no digo. Soy una canción.

Mario el Mutante
Mario Bellatin

Durante muchos años, en medio de la oscuridad comunicacional en la que desarrolló mi familia – se trataba en realidad de un extraño grupo donde todos preferían callar quizá con el fin de que la vergüenza en la que mis padres habían decretado como símbolo familiar pasara lo más inadvertido posible, me pregunté por qué soy un niño de un solo brazo. En  el claroscuro de frases no dichas del todo oí acerca de la existencia de un medicamento: la Talidomida, que había causado estragos en infinidad de recién nacidos precisamente en la época en que mi madre me dio a luz. Recuerdo que durante la infancia, mi madre seguía los avatares del juicio penal -fue algo público que dio la vuelta al mundo- que hicieron los afectados contra los laboratorios. De pronto le escuché decir, a una de las mujeres indígenas que mantenía en su casa, que esa era la medicina que había tomado, y la razón por la cual yo era un niño de un solo brazo. Cuando años después se lo pregunté a mi madre de manera directa, nunca recibí una respuesta clara al respecto. A veces afirmaba que, en efecto, su médico le había recetado algo para lo cual no recordaba con precisión su utilidad. Otras, que no había tomado nada y juraba que siempre había llevado una vida sana. Siempre dudó. Hasta ahora. Me doy cuenta que quizá era una manera de sostener una culpa absurda, porque entiendo que no debió -y no debe- ser fácil ser madre de un niño, fuera de orden, dentro de un núcleo manejado por ideas de corte fascista que eran las ideas que primaban en mi casa familiar. No me quiero detener en las distintas estrategias que a lo largo de su vida fue ideando mi madre para sostener la posible vergüenza.  Recuerdo que, desde siempre, quise escapar a un entorno familiar semejante. Sin embargo, era tan férreo el orden que una familia de ese corte imponía -más aún a un minusválido jugando debajo del cuadro del Duce Mussolini pegado a la pared, líder de quienes eran devotos- que se me hacía casi imposible escapar de semejante entorno. Hasta que, de pronto, encontré una estratagema para lograrlo. A pesar de haber pasado el tema a un segundo plano, yo continuaba pensando en el famoso juicio de la Talidomida y, sobre todo, en la compensación económica que los laboratorios Grunewald -bosque verde- entregaron a las víctimas. Los ecos del juicio aquel volvieron a escucharse cuando en el año 89 cayó el Muro de Berlín. Se abriría la causa para las víctimas que no habían recompensadas por haberse hallado dentro del bloque socialista. Era precisamente la época perfecta para huir de manera definitiva. Por ser alguien de un brazo no contaba con muchas oportunidades de empleo. Hace poco, con motivo de una querella de orden judicial que debí llevar a cabo, advertí que con mi nacimiento se me cerraba el 98% de acceso al mercado laboral. Fue de ese modo cómo elaboré la estratagema de viajar a Alemania -país de origen de los famosos laboratorios- para reclamar ser una posible víctima de una droga semejante y, por lo tanto, acreedor a una indemnización. En realidad, efectuar un viaje de ese orden  era un pretexto para alejarme de la sociedad donde vivía. Luego de una serie de averiguaciones descubrí que, curiosamente, los dos únicos peritos autorizados por el gobierno para declarar un  nuevo caso eran nada menos que el inventor de la Talimoda como el científico que, años después, descubrió que era la causante de los horrores aparecidos en los recién nacidos. Elegí ser examinado por el inventor, el Doktor Zumfelde, quien atendía precisamente en la Universidad de Münster. Hasta allá me dirigí y me llamó la atención la agresividad mostrada por la enfermera del consultorio. Me dijo que, en efecto, habían sido aprobados algunos afectados provenientes de Alemania Oriental, pero el número había sido muy bajo. Cuando pasé con el médico empezó a revisarme sin establecer ningún contacto previo con mi persona, y mientras efectuaba el examen hablaba con una grabadora que se pegaba de manera excesiva a la boca. Finalmente oí que daba su veredicto: Mutanten. Talidominen nein. La enfermera procedió entonces a extenderme un Certificado Oficial de Mutante otorgado por la República Federal

de Alemania. Fue extraña la sensación experimentada entonces. Mutante. Oficialmente un Mutante. En ese momento entendí los comentarios indirectos de mi madre. Su no acordarse de nada de lo sucedido durante su embarazo. Entendí que el entusiasmo puesto en los periódicos de la época, donde se hablaba del juicio contra los laboratorios, era una forma más de la excusa. Siempre había sabido la verdad, pero imagino que no estaba preparada para aceptarla. Mientras mi certificado de mutante era sellado de manera oficial, la enfermera me confesó que ya eran muy pocos los sobrevivientes a semejante síndrome. Que si bien es cierto no se le había dado publicidad al tema -se había mantenido oculto para la opinión pública- con el tiempo se había descubierto que aquella fórmula no sólo causaba graves estragos físicos en los recién nacidos sino que su esperanza de vida era bastante limitada. A lo sumo sobrevivían 25 o 30 años. Es por eso, me lo siguió diciendo la secretaria, que las oficinas del Doktor Zumfelde lucían desoladas la mayor parte del tiempo. Cuarenta años después de los sucesos, los pocos que fueron acreditados como Talidomídicos eran unos verdaderos ancianos, parecían cadáveres vivientes a pesar de la edad que realmente poseían. Mario Bellatin: SER MUTANTE AVALADO POR LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA ALEMANA. ¿Mi ser mutante será capaz de llevarme por caminos inexplorados, me pregunto cada vez que leo el certificado que mandé enmarcar y mantengo en una de las paredes de mi estudio.

Muchas gracias

El enemigo cómplice
Mercedes Estramil

Todo pasó en una noche, de repente, como las muertes y las malas noticias. Quité primero el espejo cuadrado del comedor, de un metro por noventa centímetros, una reliquia de familia en el que me miré durante décadas y que hoy, ya muertos mis padres, empezó a perder el azogue. Como no tengo mucho lugar donde guardar un espejo y no me gusta duplicar las sombras, lo tiré al lado del contenedor para que algún pichi se lo llevara. Paró un Volkswagen, chapa NAR9664, bajó un individuo flaco y canoso, se miró, y se lo llevó. NAR es una chapa de Flores, pero a mí me suena al comienzo de Narnia, una tierra de fantasía como todas las demás. Comer se me iba a hacer más tranquilo, sin esa compulsión de estarme mirando por si se me quedaba algo en los labios o no mantenía la postura erguida que se supone que hay que tener para indicar que todo está donde tiene que estar. Me quedé pensando un rato en la familia para la que iría ese espejo, como si se llevara parte de mi imagen y los pudiera contaminar.

El de la cocina era oval y más chico, con un marco de cobre con volutas, comprado en un remate. Tapaba una grieta en la pared. Ese me había reflejado haciendo flanes e islas flotantes para tipos que llegaban con hambre y se iban saciados. Lo descolgué con cuidado pero a lo mejor tenía grasa pegada o fue que en ese momento sonó el celular y pensé que acaso era el mensaje que esperaba, el caso es que se resbaló  y se deshizo. Siete años. Ni bajé: lo tiré por la ventana justo cuando salía la abuela del undécimo, con la que ya he tenido varios problemas. No vio de dónde le caía pero puteó y lloriqueó varios minutos y el taxi que la esperaba, conducido por un pelirrojo que sonreía, se fue sin ella. La llamada era un aviso institucional, de esos que te piden colaboración para causas nobles, como la donación de órganos o la lucha contra el maltrato infantil. De un tiempo para acá todas las mujeres mayores de ochenta me recuerdan a mi madre. Es injusto, porque la mayoría no se le parecen ni tienen su encanto, ni mucho de lo recatadamente obsceno que tenía. Dicen que me parezco a ella, lo cual también dista de ser cierto y de ser erróneo.

Comí atún de lata jugando un solitario spider. Iba a ir a bailar, con los últimos jeans, pero se me ocurrió leer el libro de un francés y me terminé durmiendo. Eran las tres cuando empezaron a sonar las campanas de la iglesia como si fuera domingo de resurrección. Quién habrá muerto o quién habrá resucitado. Es lo malo de vivir en el centro; los oídos no descansan.  Tenía un martillo en la mano derecha y estaba en mi dormitorio, de pie, frente al espejo grande. Me gustaba verme de cuerpo entero (acompañada mejor). Pero ese espejo ya no era amistoso ni fiel, sino el amante jodido que en el mejor momento de la relación te abandona con una excusa banal, pidiendo disculpas por los años robados. Me pareció ver a otra ahí, más tersa y menos sumisa, pero también me pareció ver praderas, una casa de tejas, trenzas gruesas y oscuras, un merengado pastel de bodas. Puesta a inventar pasados, cualquiera sirve.

Me envolví la cabeza en una funda, más para no verme que para no lastimarme.

Cuerpo
Ariadna Castellarnau

Vengo de una familia de mujeres que no sonríen, que casi no hablan, que no se inmiscuyen en ninguna pasión humana por miedo a arrugarse. Y sin embargo, a mi no me mueve la coquetería, sino una fuerza mayor. Una necesidad de resistirme, un desprecio hacia este mundo escurridizo, una pasión por el detalle que permanece más allá del tiempo. Dicen que de la antigua dinastía de los Romanov, la más rica y poderosa de la Rusia zarista, solo ha quedado un cuchillo para untar paté. Pues bien, yo quiero ser ese cuchillo de untar paté. El último objeto de este ciclo que languidece. La reliquia en la que en un futuro mis sucesores podrán depositar toda su nostalgia por el pasado.
Todo esto tiene una relación directa con lo que voy a contaros a continuación. Hace un año me encargaron una nota sobre la extinción del Homo sapiens. Se trataba de un artículo de relleno para el suplemento de domingo. Bastaba con que levantara dos o tres citas textuales de científicos de referencia con visiones contrapuestas. Fácil. La tesis, sin embargo, me resultaba deprimente: el Homo sapiens, en un futuro muy próximo, sería borrado por la tecnología. Nada permanece. Cualquiera sabe eso. Pero esta nueva constatación, aunque fuese teórica, me abatía profundamente. Si según el calendario cósmico ideado por Carl Sagan -en el que los quince mil millones de años de vida del universo se comprimen en un año terráqueo- los más primitivos Homo sapiens aparecen diez minutos antes de la medianoche del último día del año, mi existencia, nuestra existencia, ni tan siquiera merece la pena ser registrada. Jamás ha sucedido ni sucederá.
Hice una búsqueda rápida por Internet. Aparecieron dos nombres: Jaim Harari, de la universidad de Jerusalem, y Dionisio Weizmann, de la Universidad de Buenos Aires.
Soy extranjera. Este dato es relevante, aunque no os lo parezca. Desde 2009, que fe cuando llegué a Buenos Aires, vivo con temor a evaporarme en el limbo de mi propia extranjería. Me horroriza que me olvide mi familia y, por otro lado, no ser capaz de dejar ninguna huella en este país. Diréis que tengo muchas pretensiones. Pero los monoambientes de esta ciudad están llenos de extranjeros que se enferman, que mueren solos y los encuentran cuando ya huelen y nadie dice nada. Solía hablar con mi madre por Skype. Mi madre me observaba con atención, siempre sin sonreír. Y con un dedo, evitando en todo lo posible abrir la boca para no afectar la tersura de su cutis, me señalaba con un dedo mis canas o mi ceño fruncido. Envejeces, me dijo un día. Ya no te reconozco.
Dionisio Weiszmann tenía sesenta años y las manos hinchadas por la gota. Me reuní con él en su despacho de la Facultad de filosofía y letras y casi se ofendió cuando le planteé el asunto que me había llevado hasta ahí. Supongo que le molestó mi falta de exactitud y de rigor científico, que no supiera con precisión cuándo los humanos se dividieron de los neardentales y de los denisovanos. “Hace 571.000 años, 571.500 años”, me gritó. Yo quería ir al foco de la cuestión. Los datos podía buscarlos en wikipedia. Le pregunté si veía posible que en un futuro el ser humano viviese como un cyborg o incluso como un ser digital dentro de estructuras artificiales. Se echó a reír. Por supuesto que sí. Era una posibilidad más y también una discusión vieja. Mi artículo apestaba, mi hizo saber. “Hay que ir al fondo y más atrás. El hilo, hay que ver el hilo del asunto”. Este último disparate lo dijo mientras sacudía enfático sus manos infladas como las de un cadáver.
Jaim Harari me fue de más utilidad. Había escrito un libro de divulgación hacía unos años, traducido en español como El homo sapiens al desnudo, que se convirtió en un best seller. Harari dibujaba al Homo sapiens como un genocida responsable de la exterminación de las demás especies de homínidos. Lo llamé por teléfono a la universidad de Jerusalem. Su charla fue rápida y clara. El homo tecnológico iba a sustuir al homo sapiens y no había más que hablar. Harari era un optimista y en varias ocasiones asoció evolución con progreso.
Terminé escribiendo un artículo donde vertía toda la angustia por mi propia decadencia corporal y por la irreversibilidad de mi espíritu analógico. Decía cosas como esta: “Es muy probable que si un día se me ocurre presentarme como voluntaria en un laboratorio clandestino donde experimentan los Mengeles de la evolución tecnológica, éstos terminen rechazándome por obsoleta e inútil a sus fines”. También me regocijaba en mi exclusividad de cetáceo prehistórico, contaba la anécdota del cuchillo de untar paté y me preguntaba si la escritura no sería la forma de convertirme en ese cuchillo. Por aquel entonces quería escribir una novela que me inmortalizara. Ahora no quiero nada. La nota no cumplía ninguna de las directrices ni sugerencias que me había dado el editor, pero me la publicaron igual. Weiszmann me llamó dos días después de que saliera en el diario. Temí lo peor. Una reprimenda por la cantidad de estupideces que había escrito, una disección en vivo de mi intelecto y capacidades donde al fin iba a quedar al descubierto delante de mis ojos algo que siempre he sabido pero me he negado a decirme en voz alta: soy un fraude. Weiszmann ni tan siquiera mencionó mi nota. Con tono apremiante me pidió que me reuniera con él en la Facultad de filosofía y letras en media hora. Le dije que no sabía si iba a poder llegar en tan poco tiempo, que el tráfico, que los bondis. “Venite como sea”, me dijo. Me puse un abrigo y salí.
Weiszmann me esperaba en la calle. “Ven, ven aquí”, me dijo tomándome del brazo y llevándome hasta su coche aparcado ahí cerca. Una vez dentro del vehículo y con el cinturón ajustado, me arrepentí de haber acudido a la cita. Traté de imaginarme en qué descampado, en qué orilla iban a terminar mis restos. ¿Era así como acababa? ¿despachada por un antropólogo loco? Pero Weiszmann me llevó hasta el Once, dejó el coche en un párquing y luego me arrastró por Pasteur o Lavalle, no recuerdo bien, pero se metió de lleno en el tráfico de personas, autos y colectivos. Yo siempre he detestado el Once, pero no por las razones lógicas (porque es ruidoso, porque hay demasiada gente, porque no puedes caminar por las veredas si no es saltando como un mono) sino porque cuando llegué a Buenos Aires, mi primera vivienda fue justamente un monoambiente en un primer piso sobre Sarmiento y durante el día, el bullicio absorbía hasta la última de mis energías y por la noche, el silencio de ciudad postapocalíptica que cae sobre el barrio cuando cierran los negocios me volvía loca y yo me apagaba en mi libertad vacía, indefinida e inutilizable.
“Es aquí”, dijo Weiszmann. Yo miré a izquierda y derecha, pero no vi nada particular, nada que pudiera ser un aquí. “Ni ingeniería biológica, ni ingeniería de cyborgs ni de vida inorgánica. Aquí tienes tu futuro”, me anunció antes de arrojarme contra un grupo heterogéneo de comerciantes y judíos ortodoxos. Me volví hacia él furiosa. Me sonrió. Entonces dijo algo más que hoy soy incapaz de reproducir de manera fiel. Algo que me hizo recordar -por la situación, por el momento- a lo que le dice Gaff a Deckard al final de Blade Runner. Y aunque Weiszmann no era Gaff (al que por cierto siempre recuerdo como un chino de ojos azules, aunque el actor que lo interpreta es de origen hispano, como dicen los norteamericanos) ni yo era Deckard, entendí lo que había querido transmitirme.
Le di la espalda y me dejé llevar por la marea de mujeres acompañadas de sus hijas quinceañeras, inmersas en la búsqueda de la tela para el vestido de su fiesta de quince, de madres agotadas y sobreexigidas por el mandato de conseguir los souvenirs adecuados para la fiesta de cumpleaños de sus hijos. Por la marea de oficinistas, vendedores, peones de carga y descarga. Por el gran tedio. Y comprendí, como antes lo había comprendido Weiszmann, la banalidad del porvenir. Voy a perderme, me dije. Me volveré transparente o de arena y ya no crearé nada. Por mi cara pasó un instante el reflejo de los mundos lejanos que ya no conocería; el destello de las páginas a las que ni alma ni mi cuerpo no tendrían acceso.

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