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Jugar de nuevo

noviembre 30, 2015

Filba Internacional 2015 | Filba |

Luego de Philippe Lechermeier y de Inés Garland, llega el turno de Márgara Averbach, otra de las autoras que leyó durante #Filbita2015.

Espacio Cultural del Sur VIERNES - Foto- Rodrigo Ruiz Ciancia-30

Por Márgara Averbach.

Mamá me contó que la palabra “jugar” fue la primera que dije, algo así como “uga”. Me llama la atención que fuera el verbo “jugar” y no el sustantivo. Porque la verdad es que “juego” nunca fue una de mis palabras favoritas. Y por eso, cuando me hablaron de esta charla, me preocupé un poco. Pero por suerte, escribir obliga a pensar (a mí, por lo menos). Y, ¿la verdad?, no falla nunca: acabo de sentarme a escribir sobre “juegos” y ya entendí. Iba a empezar por “A mí, no me gustaban los juegos” pero no sería cierto.

Este es el problema: hasta hace unos minutos, para mí, las dos sílabas de “jue-go” significaban siempre ritos organizados, partidos, una ceremonia con reglas, una competencia. Y esos “juegos” no me gustaron nunca. Ni esos ni los peligrosos. La adrenalina, que otros aman, a mí me produce una sensación absolutamente desagradable. La competencia no me atrae. ¿Juegos físicos? Menos que menos. No me gusta moverme. En los días de gimnasia, yo bailaba la danza de la lluvia. Así que no, vóley, básquet, todo eso, no, gracias. El fútbol me atraía un poco más y eso dice mucho de mí. Yo jugaba muy mal, claro, pero eran partidos mixtos, chicas y varones y eso lo hacía diferente porque yo jugaba protegida por el género: en mis tiempos, nadie esperaba que una chica entendiera de fútbol. Todo estaba perdonado de antemano. Hasta aplaudían si una hacía algo bueno por casualidad… Mi espíritu feminista de hoy se retuerce de rabia cuando lo pienso un poco pero, en esos días, la burbuja injusta del prejuicio (contra la que escribo siempre) me ayudaba mucho.

Vóley, básquet, fútbol, eso quería decir “juego” hasta ahora. Así que hace dos segundos hubiera dicho que no hubo “juegos” en mi infancia. Que los esquivé. Pero no sería cierto: mi hermano Joaquín y yo jugábamos mucho. El asunto es que nunca, nunca llamábamos “juego” a lo que hacíamos. Por alguna razón, usábamos el verbo. “¿Vamos a jugar? ¿A qué jugamos?”

Yo le llevo un año y meses a mi hermano menor. Crecimos juntos. Jugábamos a los animalitos de plástico. Teníamos de todos los tamaños y todos los continentes. No sé adónde fueron a parar. Los recuerdo hasta mis diez, doce años…, después, dejé de mirarlos y ellos me abandonaron. Me encantaría volver a verlos. De vez en cuando, hay uno que me llama desde la vidriera de una juguetería y yo me lo llevo a casa. Tengo dos caballos bellísimos: uno moro, uno zaino.

Entre los cinco y los diez, los animales fueron mi “jugar” preferido en Banfield. No había reglas fijas. Cuando nos sentábamos, ni Joaquín ni yo sabíamos qué íbamos a hacer. Una tarde, los animales caminaron en una larga caravana hacia las montañas, fabricadas con almohadones. Huían de una inundación, como las que habíamos visto en Santa Fe. Otra, los reunimos en varias rondas y organizamos una Asamblea general para ver qué hacer con la sequía. Una mañana de calor, los pusimos en pareja y los casamos: la cebra con la jirafa, el león con el lobo, una enorme fiesta en el “bosque”. Nos llevó un tiempo saber que no todos esos animales conocían el “bosque” y que no había matrimonios de ese tipo en la naturaleza. Nunca poníamos humanos, ni uno. Tal vez, Joaquín y yo entendíamos ya entonces que el “bosque” pierde si llegan los humanos.

En los veranos, cuando íbamos a Ezeiza, “jugar” era otra cosa. En un rincón del parque había un redondel irregular de hiedra debajo de un roble con ramas muy bajas. Lo llamábamos el “refugio” y era mágico. Cuando queríamos, se transformaba en barco y entonces, nos trepábamos al roble, que ahora era un mástil, recogíamos las velas imaginadas, gritábamos órdenes que no entendíamos y veíamos venir playas, islas y tormentas. Si era día de vaqueros, al “refugio” le crecían paredes y un techo, y los dos, desde la barra de un tronco caído, atendíamos un puesto donde paraban las diligencias. Por más que quiero acordarme, no sé si las historias se seguían de un día a otro o las abandonábamos cada noche. Me inclino por lo segundo…

En eso, el “jugar” en el refugio y mi otro “jugar”, el solitario, eran muy diferentes. Y ahí estamos de nuevo con las palabras: ¿era “jugar” lo que yo hacía de noche? No sé pero ahora se me ocurre que mi folletín nocturno tenía mucho en común con las escenas de los animales y las aventuras del roble. Yo lo llamaba “la historia” y era mi método para quedarme dormida. No es fácil dormir para mí. Mi viejo era insomne, y yo, que no llego a tanto, tengo la misma dificultad que él para dejarme ir hacia la oscuridad y el mismo sueño liviano que me abandona apenas pasa una ráfaga de viento o cruje una madera. Así que, para ayudarme, me contaba “la historia” todas las noches. Yo era la protagonista. El mundo era el de algún libro que estuviera leyendo, modificado para mi orgullo. Recuerdo dos, sé que hubo más: la serie de Dumas sobre los tres mosqueteros que eran cuatro, y la serie sobre Thowra (Toura, decía yo entonces), el caballo salvaje de la australiana Elyne Mitchell.

“La historia” seguía de noche en noche. En algún momento, yo me cansaba de ella y empezaba otra pero todas duraban meses. Como ahora, cuando miro series (jamás las miraría todas juntas, como los jóvenes), yo amaba la historia pero también amaba la espera de la historia. Y era la espera la que hacía que la oscuridad fuera menos terrible para mí. Creo que me conté “la historia” hasta bien entrada la adolescencia, tal vez hasta los dieciocho…

Escribir sirve para pensar, dije al principio. Ahora que recuerdo mis “jugares”, me doy cuenta de que lo que yo iba a ser más adelante estaba en mí desde el principio. Yo siempre fui más o menos la misma. Algo en mis primeros años, tal vez el hecho de que estuvieran tan llenos de Alegría, me empecinó en mis gustos. Todavía me empecino. Por ejemplo: me prometieron que algún día iba a gustarme el alcohol. Se equivocaron: la cerveza y el champán siguen pareciéndome remedios; solamente me gustan la sidra y los licores dulces y esos me gustaron desde la primera vez. Con los “jugares”, también es así. ¿Juegos competitivos, físicos? No los jugaba entonces, no lo hago ahora. Pero si abrimos un poco la definición y “juego” es también “jugar”, “jugar a los animales”, “al refugio”, entonces, a mis cincuenta y ocho, yo sigo jugando. Y mi “jugar” es siempre el mismo: todos mis “juegos” (¿me animo a llamarlos así?) siembran una historia y la miran crecer. Cada vez que me siento con un cuaderno y una birome y empiezo un libro, estoy “jugando” de nuevo.

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