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Una noche en lo de Tinelli

octubre 7, 2015

Bitácoras 2015, Filba Internacional 2015 | Filba |

Como parte de la sección #bitácoras, los invitados del #FilbaInt Andrés Burgos y Patricia Kolesnicov presenciaron el popular show de Marcelo Tinelli. Y esto es lo que escribieron después.

LECTURA BITACORA DEL FILBA-6

“Nos gusta más mover el culo que hacernos preguntas incómodas”

Por Andrés Burgos.

Empieza el programa Showmatch Bailando, conducido por Marcelo Tinelli. Estoy entre el público porque he sido traído como parte de las actividades del Filba. Se trata de una inmersión para que escriba mis impresiones personales, que ya de entrada se amontonan desordenadamente porque la avalancha de estímulos es inconmensurable.

Siento que una simple enumeración de lo que me invade por ojos y oídos bastaría para cumplir con la tarea. Hay luces ubicuas, hay música atronadora, hay gritos y cánticos de parte de un grupo de adolescentes de provincia, hay argentinas con el pelo teñido de un rubio más rubio que el que podría ostentar la más rubia de las suecas. Hay guardaespaldas de traje y corbata que miran al público con audífonos en sus oídos y actitud de estar cuidando a un mandatario. Están las divas del jurado, llenas de años, colágeno y cirugías. Nacha tiene más de 70 y usa minifalda. Moria no debe ser mucho menor y carga un perro chihuahua que mira a todos los lados con la misma expresión de aturdimiento que debo tener yo en estos instantes. Está Tinelli, que desde el inicio arranca a hablar y no para jamás. Hay chistes cruzados. Entiendo la mitad de lo que dicen, pero me arrebatan varias risas, todo hay que decirlo.

Hay mucho, hay demasiado. Enumerar resultaría suficiente. Pero voy a ir más allá. Todo esto me ha puesto a pensar. Seguramente somos pocos a quienes Tinelli pone a pensar. Debo ser un tipo raro. Tal vez me distraigo porque estoy asistiendo a un programa de televisión como si oyera radio. No se requiere más hasta el momento y tengo la libertad de quien no necesita más que un sentido para seguir el hilo de una historia. Había fijado mis expectativas en escribir algo a partir de la metáfora de la danza, pero van quince minutos y no hay baile. Todos hablan y hablan. Y cuando no hablan, están tomando impulso hablar. Quizás tuve falsas esperanzas al suponer que en algo llamado “Bailando” iban a bailar.

El caso es cuento con el tiempo para analizar el carácter de esta invitación. Me pregunto si en Colombia harían algo así con un escritor invitado a un evento. No lo creo. Seguramente el destino habría sido un lugar turístico o un emprendimiento ejemplarizante. Allá no se permitirían un ruta ambivalente para un visitante. Me alivia que acá haya resultado diferente. Algo ejemplarizante habría sido increíblemente aburrido.

Y ahora no me aburro ni de casualidad. No importa que el primer acto de baile hubiera llegado casi a la media hora de programa, consistiera en una coreografía aparatosa de no más de dos minutos y en un abrir y cerrar de ojos estuvieran de nuevo hablando sin parar. Esto me deja espacio para seguir cavilando.

Sigo dándole vueltas a la misma idea. No veo posible que en Colombia permitieran llevar a un escritor extranjero a uno de nuestros programas televisivos circenses como parte de su paso por un festival literario. Se opondrían en el departamento comunicaciones. El agregado cultural pondría un grito en el cielo. Alguien encargado de las relaciones públicas se infartaría. Un él o una ella. Da lo mismo. Serían iguales. Bienintencionados, sonrientes, carentes de humor, llenos de preconcepciones y dictatoriales en la eficiencia cordial.

Así somos un poco también los colombianos, si de generalizar se trata. Es una cuestión de autoestima, concluyo mientras Tinelli habla, la enana Feudale habla, hablan los participantes, hablan los jurados y nadie parece acordarse de bailar. En mi país nos esforzamos demasiado por gustar a los demás, queremos que nos visiten, que piensen bien de nosotros, que nos palien las inseguridades. Las cicatrices de una historia turbulenta, los traumas de haber sido parias y señalados nos empujan a menudo a ser obsequiosos, a esforzarnos en la expiación de culpas que a veces no nos están endilgando o que no van a aliviarse o a empeorar porque tengamos programas de televisión con luces que causan convulsiones, flacas equinas con el culo al aire, futbolistas retirados que capotean los chistes de doble sentido del presentador y una transexual que canta “yo soy la gata, miau, miau, miau”.

Antes de traerme al programa de Tinelli, todos los argentinos involucrados en mi visita juraron no verlo. Sin embargo, hacían gala de una sospechosa claridad sobre su dinámica y el historial de sus protagonistas. Aparte de una risita nerviosa en la contextualización de rigor, no hubo mayor tono de disculpa. A nadie se le ocurrió explicarme que no todos los argentinos son así. Una desprevención que parecerá lógica pero que me encantaría encontrar más a menudo en mis compatriotas al hablar de nuestras cosas. Mi hipótesis es que los colombianos nos escudamos en los cómodos clichés para obviar ángulos que condensan mucho de nuestro verdadero sex appeal. Parte de la culpa la tiene el dolor, pero no toda.

Los recuerdos más significativos que me llevo de los lugares que visito suelen rehuir la postal. Y aunque pueda sonar absurdo, la visita a este programa de habladores duchos y bailarines precarios es uno de ellos. No lo digo por demagogia. No soy un colombiano desesperado por complacer. Sucede que con esa invitación al fondo de un corredor de la argentinidad me sentí como cuando tu anfitrión te da licencia para que abrás la heladera y te sirvás vos mismo, no importa que veás allí un queso podrido y un recipiente con una sopa prehistórica, porque en el gesto va implícita la aseveración de que esta también es tu casa. Y todos tenemos quesos podridos y sopas prehistóricas en la heladera. La eliminación del protocolo es una forma de abrazo cálido.

Además, el fisgoneo terminó siendo un motivo para cuestionarme sobre la identidad. Y lo agradezco, porque es un ejercicio que no me resulta sencillo ni suele salirme naturalmente. Algo tendrá que ver que soy colombiano. Siempre he sostenido que pueblo que perrea no se sicoanaliza. Y en Colombia abunda el reguetón. Nos gusta más mover el culo que hacernos preguntas incómodas. Así que conviene aprovechar las oportunidades que haya para pensar, para hablar, entre baile y baile, aunque sea bajo la improbable mayéutica que habita detrás de los diálogos de Tinelli.

Y en cuanto a su vocación para el baile, mi querida gente argentina, por favor, síganse sicoanalizando.

El postre con el que nos vamos a la cama los argentinos

Por Patricia Kolesnicov

Pertenecer –se sabe- tiene sus privilegios. Hace un rato oscureció acá, en Chacarita y la flaca le insiste al gorila de la entrada que sí, que sí, que el productor -¿cuál?- le dijo que viniera hoy. No está en la lista. Se puso el jean como una lamida sobre el cuerpo, tiene la panza al aire, el push up a todo lo que da, pero no hay mérito que valga: la morochita no está en la lista y el gorila –amablemente, hay que decirlo- la devuelve a la soledad de la calle Olleros. “Debe haber sido una promesa nocturna”, ironiza el que sigue, ya metido en el espíritu del programa. Atrás venimos nosotros. Estamos en la lista. Pertenecer.

Como la fama, Showmatch cuesta y es aquí donde empezás a pagarlo. Pasamos el primer control, caminamos entre barandas, el sendero nos deja en una puerta con detector de metales y a abrirse de carteras. Un paso más, separar las piernas, los brazos extendidos: otro comando antiterrorista te escanea con una especie de bate de cricket y severo, como un bulldog satisfecho, te da el ok. Provisoriamente admitidos. Atentos, que habrá más instrucciones.
En el piso en declive de un garaje esperamos más de una hora, sin un pobre banquito a la vista. Hemos sido tan puntuales que delante nuestro sólo hay un grupito de tres. Uno –no es un niño- viene de bermudas amarillos y guarda un cartel. No se ve qué dice, pero cogoteando lo desciframos. Viene a tentar a una de las participantes, a ofrecerle su paraíso: “Mi luna de miel con Candela Ruggeri será en Villa Gesell”.

Pregunto si es parte del show, claro que es parte del show, igual que nosotros, pero yo pregunto si es parte-parte porque, aclaro, “nunca vi el show”. “Ahh, por supuesto, nadie lo vio”, se burla Andrés. “Los argentinos son todos tan sofisticados, ninguno lo vio”. Andrés es colombiano. Me siento una tarada, pero finjo.

Detrás llega un malón adolescente, serán unos 100. Por el corte de pelo de los varones –franja central enhiesta- entiendo que representan a un estilista. “Escuela de danza”, tira Andrés. Negativo: parece que son de una empresa de viajes de egresados. El aire se empieza a entibiar.

Finalmente, por fin, de una puta vez, otro muchacho musculoso y adusto nos indica que pasemos al estudio. Una mujer trata de desviarse y escurrirse por otra puerta y recibe su correctivo. Luces del estudio: estamos en el ombligo de la televisión argentina. Es una especie de antialeph: no un lugar desde el que se ve todo sino el blanco donde van a hundirse millones de miradas. Lo último que ven millones de compatriotas antes de dormir o en vez de dormir. El sitio es chico, ha de ser muy denso, como un agujero negro.

Seguimos de pie, a morir como los árboles. Nos mandan a un costado, una especie de pasillo para el público al lado de la pista. Estamos apretados, incómodos. Nos tapan, además de otras cabezas, varios carteles y unas espaldas con mensajes de amor: “Ayuda al paciente en la lista de espera para transplante y transplantado”. Mi desventaja es definitiva: mido un metro y medio y no veo nada. No veo, no me ven, la cámara no me amará, nadie ansiará mi escote, los vecinos no me saludarán mañana en la verdulería, el carnicero no me regalará un churrasco, como le pasó a mi amiga escritora la vez que su foto salió a tres columnas en Clarín.

En la pista ensayan unas chicas, ya saben, en este escenario las chicas sólo entran casi desnudas así que ensayan chicas altas casi desnudas, es aburrido decirlo, dicho está. “No bailan nada, bueno, bailan como argentinos”, dice Andrés. Le pongo unas fichas a su bitácora.

El maloncito entra a la tribuna. Laburan bien: cantan, gritan, llaman a los famosos que se cruzan. Cinco minutos y aparece un tipo de vaqueros y auricular con micrófono. De espaldas al revoleo de las bailarinas, el tipo se para frente a la tribuna como el sargento negro de Reto al Destino. Viene a dejar las cosas claras: 1. No sacar fotos. 2. Baño: cuatro personas por vez; cuatro varones o cuatro mujeres, hacen rápido, salen. 3. Si cruzan el garaje no vuelven. 4. Cuando el jurado habla, silencio. Y: El que no cumple, vengo y lo saco. No quiero hacer eso.
Sube la música. El malón de Pavlov palmea.

El ensayo termina. Varios luchadores de sumo más, todos con microfonito, se despliegan a lo largo de las vallas que nos contienen “contienen” a nosotros, los civiles. A mi lado se entusiasma una señora que vino de Santa Cruz: la cuñada es amiga de una bailarina, por eso consiguió un lugar en la lista. Una sola noche en Buenos Aires tiene, logró venir acá, está feliz. Los luchadores se paran mirándonos y así seguirán hasta el final: ya me siento un poco peligrosa y esto todavía no empezó. Tendría que haber venido en zapatillas.

Una voz muy Gran Hermano llena el aire. “Un minuto de atención”, dice, “para las medidas de seguridad”. “Ante una emergencia/ mantenga la calma.” “Este estudio / dispone / de las siguientes salidas de emergencia”. Ajústense los cinturones, muchachos, faltan seis minutos y la tripulación, a sus puestos.

Así –ohhh ohhh ohhh- aparece Moria Casán que, como una supernova, mueve las caderas en 1986 y la tribuna recibe el reflejo de un baile sensual, su simulacro. A su lado viene, con el teléfono en la oreja, una mujer que tiene el pelo como un caniche; después dirán que es Nacha Guevara. Debajo de las cirugías, del maquillaje pesado, de los tacos y la ironía, Moria y Nacha están ahí cobrando regalías de una antigua belleza. O mostrándoles lo que les espera a las divas de hoy; será de eso que se ríen tanto.

Volumen al taco, aire y nuestros sesos se desparraman por el piso. Sobre ellos patinarán los bailarines, que ocuparán la pista –cronometra Andrés- durante dos minutos y medio por pareja. Cuatro parejas, diez minutos de baile. El resto del programa se irá en hacer muchas veces el mismo chiste: variaciones de “son todas putas” y su corolario “te hace cornudo”. El mismo chiste: una puesta en escena del discurso más viejo del mundo. Ese es el postre con el que nos vamos a la cama los argentinos. Muy sofisticados, Andrés.

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