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Encuentro para docentes en #FilbaNac San Rafael 2016

marzo 2, 2016

Filba Nacional San Rafael 2016, Uncategorized | Filba | Comments (0)

El 8 de abril, en el marco del Filba Nacional en San Rafael, se llevará a cabo un encuentro especial para docentes en el Auditorio de la Universidad de Cuyo. La invitación es a participar de diálogos y talleres con escritores y mediadores de la lectura que piensan el quehacer cotidiano del docente y la forma en que la lectura atraviesa la vida diaria en el aula. La entrada es libre, gratuita y para participar debes completar el siguiente formulario

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Papa noel duerme en casa

diciembre 24, 2015

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Por Samanta Schweblin

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La navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

-Se la enviamos a Papá Noel -y le pasó el sobre.
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Un cuento navideño (segunda parte)

diciembre 23, 2015

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(viene de acá)

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De todos los ingredientes que utilizamos para hacer nuestras tartas de frutas no hay ninguno tan caro como el whisky, que, además, es el más difícil de comprar: su venta está prohibida por el Estado. Pero todo el mundo sabe que se le puede comprar una botella a Mr. Jajá Jones. Y al día siguiente, después de haber terminado nuestras compras más prosaicas, nos encaminamos al bar de Mr. Jajá, un “pecaminoso” (por citar la opinión pública) bar de pescado frito y baile que está a la orilla del río. No es la primera vez que vamos allí, y con el mismo propósito; pero los años anteriores hemos hecho tratos con la mujer de Jajá, una india de piel negra como la tintura de yodo, brillante cabello oxigenado, y apariencia de muerta de cansancio. De hecho, jamás hemos visto a su marido, aunque hemos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de cuchillazos en las mejillas. Le llaman Jajá por lo serio, nunca se ríe. Cuando nos acercamos al bar (una amplia cabaña de troncos, adornada por dentro y por fuera con guirnaldas de lamparitas desnudas pintadas de colores vivos, y situada en la embarrada orilla del río, a la sombra de unos árboles por entre cuyas ramas crece el musgo como niebla gris) detenemos nuestro paso. Incluso Queenie deja de brincar y permanece cerca de nosotros. Ha habido asesinatos en el bar de Jajá. Gente descuartizada. Descalabrada. El mes próximo irá al juzgado uno de los casos. Naturalmente, esta clase de cosas suceden por la noche, cuando suena el tocadiscos y las lamparitas pintadas proyectan demenciales sombras. De día, el local de Jajá es destartalado y está desierto. Llamo a la puerta, ladra Queenie, grita mi amiga:

– ¡Mrs. Jajá! ¡Eh, señora ¿Hay alguien en casa?
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Un cuento navideño (primera parte)

diciembre 22, 2015

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Por Truman Capote.

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Imaginen una mañana a fines de noviembre. Una mañana al comienzo del invierno, hace más de veinte años. Piensen en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su característica principal es una estufa negra enorme; pero tiene también una mesa redonda muy grande y una chimenea con un par de mecedoras, frente a ella. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.

Una mujer de gastado pelo blanco está de pie junto a la ventana de la cocina. Tiene puestas unas zapatillas de tenis y un pulóver gris muy deformado sobre un veraniego vestido de algodón. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero tiene los hombros horriblemente encorvados, debido a una prolongada enfermedad juvenil. Su rostro es notable, semejante al de Lincoln, igual de marcado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.

-¡Dios mío! -exclama, y su aliento empaña el cristal-. ¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!

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